Capítulo 21
POV: Mila
El aire dentro de la capilla pesa.
No es solo el incienso. Es algo más denso, más oscuro. Como si cada respiración arrastrara un puñado de ceniza hacia mis pulmones.
Los vitrales filtran la luz de la tarde en manchas rojas y doradas que caen sobre el altar. Parece sangre derramada sobre piedra antigua.
Estoy frente a Erik.
Su mano rodea la mía.
No con ternura.
Con propiedad.
Sus dedos son firmes, seguros, como si estuviera sosteniendo algo que ya le pertenece. Como si este momento fuera simplemente la formalidad de reclamar lo que siempre supo que sería suyo.
Levanto la vista.
Erik me observa con esa sonrisa pulida que domina las portadas de revistas y los salones de gala. Pero en sus ojos no hay amor. Solo ese brillo frío… el de un coleccionista que acaba de adquirir una pieza única.
—Yo, Erik Vance, te tomo a ti, Mila, como mi esposa.
Su voz llena la capilla. Rebota en las paredes de piedra.
Firme. Perfecta. Impecable.
—En la salud y en la enfermedad… hasta que la muerte nos separe.
Las palabras suenan como una sentencia.
Siento que el mundo empieza a desdibujarse por los bordes.
Como si alguien hubiera bajado la saturación de la realidad.
Y entonces cometo el acto más estúpido que podría cometer.
Busco a Caleb.
Mis ojos se deslizan entre los invitados hasta encontrarlo en la primera fila.
Está allí.
De pie junto a Sofía.
Mi hermana luce radiante. Perfecta. Sonríe como si esta boda fuera exactamente lo que siempre quiso ver.
Pero Caleb…
Caleb tiene las manos enterradas en los bolsillos del pantalón.
Demasiado profundo.
Como si intentara ocultar algo.
El temblor.
La derrota.
El sacerdote me mira.
Es mi turno.
—Yo… Mila…
Mi voz sale tan fina que apenas me reconozco.
—Te tomo a ti, Erik, como mi esposo.
Las palabras saben a hierro.
Erik toma mi mano y desliza el anillo por mi dedo.
El metal está frío.
Demasiado frío.
No parece una alianza.
Parece un grillete.
Cuando el sacerdote pronuncia el “puede besar a la novia”, Erik inclina apenas la cabeza.
No hay pasión.
No hay ternura.
Solo un contacto seco y calculado.
Un sello.
Un contrato firmado.
Y así empieza mi nueva vida.
Mi nueva prisión.
La recepción en la mansión Vance es exactamente lo que uno esperaría de Erik.
Opulencia obscena.
Candelabros gigantes. Mármol pulido. Champán fluyendo como si el dinero fuera agua.
Los invitados ríen.
Brindan.
Celebran.
Pero cada burbuja del champán que alguien me ofrece hace que mi estómago se retuerza.
La orquesta empieza a tocar un vals lento.
Oscuro.
Erik apoya su mano en mi espalda y me guía hacia la pista con la elegancia de un depredador seguro de su presa.
Giramos.
Mi vestido blanco se abre a mi alrededor como una flor pesada.
A unos metros, Caleb observa.
Tiene una copa de whisky en la mano.
No habla con nadie.
No sonríe.
Sofía se inclina hacia él y le susurra algo al oído, colocando una mano en su pecho como una marca de territorio.
Pero él…
Él no la mira.
Sus ojos están en mí.
Siempre en mí.
Erik me acerca un poco más durante el giro.
Su mano desciende por mi espalda hasta la curva donde el vestido se ajusta.
Demasiado abajo.
Demasiado íntimo.
—Sonríe, Mila —susurra en mi oído.
Su aliento huele a menta y vino caro.
—Los fotógrafos están buscando una grieta en tu armadura.
Sus dedos presionan apenas mi espalda.
—Y créeme… no queremos que vean lo que hay debajo.
Mantengo la sonrisa.
La sonrisa perfecta.
La que me enseñaron a usar desde niña.
—Lo intento, Erik.
Mi espalda permanece rígida.
—Pero este vestido pesa más de lo que parece.
Entonces él pregunta algo que corta el aire como una cuchilla.
—¿Estás enamorada de tu cuñado, Mila?
El mundo se detiene un segundo.
Mi cuerpo se tensa.
Mis ojos suben al techo, a las molduras doradas, buscando una salida.
Cualquier salida.
—Por favor, Erik… —susurro— eso es ridículo.
Trago saliva.
—Es el esposo de mi hermana.
Erik suelta una pequeña risa.
Sin humor.
—No me mientas a mí, querida.
Sus ojos brillan con un interés peligroso.
—Veo el caos en tus ojos cada vez que se ven.
Su sonrisa se curva.
—Es una tormenta que amenaza con hundir este barco antes de que siquiera salga del puerto.
Mi corazón golpea contra mis costillas.
—Así que… —añade suavemente— te haré un favor.
Sus dedos se deslizan por mi brazo mientras me guía hacia otra parte de la pista.
—Vamos a jugar un poco.
Sofía y Caleb están cerca de la mesa principal cuando Erik se detiene frente a ellos.
Mi hermana tiene su mano en el brazo de Caleb.
Firme.
Poseída.
—Sofía, querida —dice Erik con una ligera inclinación de cabeza—. ¿Me concederías este baile?
Sofía parpadea.
Sabe exactamente lo que eso significa.
Dejarme sola con Caleb.
En medio del salón.
Frente a todos.
Durante un segundo veo el rechazo en su rostro.
Pero la élite del condado observa.
Las reglas sociales pesan.
Decir que no sería un escándalo.
Así que sonríe.
Esa sonrisa perfecta que heredamos de nuestra madre.
—Por supuesto, Erik.
Toma su mano.
Y se alejan.
Ahora Caleb y yo estamos frente a frente.
El silencio entre nosotros es ensordecedor.
Él extiende su mano.
La tomo.
El contacto es una descarga eléctrica que me recorre desde los dedos hasta la columna.
Empezamos a movernos con la música.
El espacio entre nuestros cuerpos es correcto.