Capítulo 23: Cenizas y Renacimiento
POV: Mila
El teléfono resbala de mis dedos y golpea la alfombra. Las palabras de Caleb —o lo que yo creo que es Caleb— son ácido puro recorriendo mis venas. Calentura. Desecho. Me das asco. Siento que el aire se ha solidificado en mis pulmones. Me desplomo en el suelo de la habitación de la casa de las afueras, rodeada de maletas a medio hacer y el rastro de una boda que ahora se siente como un funeral. Lloro con una violencia que me sacude el cuerpo, un llanto ronco, de alguien a quien le han arrancado el corazón sin anestesia.
—Si vas a estar así de depresiva, no me parece divertido.
La voz de Erik corta mi lamento como un bisturí. Está apoyado en el marco de la puerta, observándome con una curiosidad gélida, sin una gota de compasión.
—Quiero que incendiemos el condado, Mila, no verte consumir por el fuego —dice, dando un paso hacia el centro de la habitación—. No compré un juguete roto para verlo desintegrarse en el suelo.
Levanto la vista hacia él, con el rostro hinchado y el maquillaje emborronado. Siento que mi piel se ha vuelto transparente.
—He muerto hoy, Erik —susurro con la voz rota.
Erik camina hacia mí, se agacha y me toma de la mandíbula con una fuerza que me obliga a mirarlo. Sus ojos son dos pozos oscuros que no permiten la debilidad.
—Has nacido hoy —me corrige, y su voz es un decreto—. El dolor es el combustible, Mila. Úsalo. Ahora, levántate.
En ese momento, unos golpes secos en la puerta interrumpen el silencio. Es alguien del servicio.
—Señor Vance... la señora Sofía Blackwood está abajo. Insiste en hablar con su hermana.
Siento que el pulso se me detiene. Miro a Erik con pura súplica, mis ojos gritando que no puedo hacerlo, que no puedo verla ahora que sé que ella tiene al hombre que yo amo. Pero Erik no me concede el escape. Se pone de pie y me ofrece una mano que no es para consolarme, sino para empujarme al abismo.
—Ve y da la cara —dice él con una sonrisa perversa—. Te acostaste con su marido y, por lo visto, ya lo sabe. No la hagas esperar.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano. El dolor sigue ahí, pero la vergüenza empieza a transformarse en una rabia sorda. Me arreglo el cabello frente al espejo, ignoro el desastre de mis ojos y bajo las escaleras con las piernas temblando.
Sofía está en el vestíbulo. Se ve perfecta, impecable, la imagen misma de la victoria de los Blackwood. Cuando me ve llegar al último escalón, sus ojos se entrecierran.
—Vaya... te ves exactamente como lo que eres, Mila —suelta ella antes de que yo pueda abrir la boca.
Se acerca a mí con pasos rápidos y, antes de que pueda reaccionar, lanza su mano contra mi rostro. El golpe suena como un disparo en el vestíbulo vacío. Mi cabeza gira violentamente y el ardor en mi mejilla es instantáneo.
—¡Sofía! —logro exclamar, llevándome la mano a la cara.
No menciona Redford. No menciona el bar ni la noche antes de su boda. Pero el veneno en su mirada me dice que lo intuye todo. Me afofetea.
El ardor de la bofetada de Sofía todavía vibra en mi mejilla, pero es el frío en sus ojos lo que me paraliza. Sofía se acerca más, invadiendo mi espacio, su aliento rozando mi oído como un susurro letal. El perfume caro que emana me resulta asfixiante.
—¡Cállate! No quiero oír tus excusas de basura —me interrumpe, clavando sus dedos en mi brazo—. Mamá siempre supo lo que eras. Ella nunca tuvo dudas de tu falta de carácter. Pero, ¿qué pensará papá de su hija preferida cuando sepa con quién se acostó la noche antes de mi boda?
Siento un escalofrío que me recorre la columna. Mi padre. Su orgullo, su amor incondicional... si supiera esto, se le rompería el corazón.
—¿Y qué hay de Isaac? —continúa Sofía, disfrutando de mi palidez—. ¿Qué pensará de su pequeña hermana, a la que siempre ha protegido como si fuera de cristal, cuando descubra que es una traidora que se revolcó con el esposo de su otra hermana en un bar de Redford?
—¡No! —suplico, con las lágrimas volviendo a brotar—. No les digas nada, Sofía, por favor...
Sofía me sujeta con más fuerza, sus uñas hundiéndose en mi piel. Su rostro es una máscara de odio puro.
—Entonces escúchame bien, Mila. Si te vuelves a acercar a Caleb, haré que todos en esta familia te odien. Les contaré cada detalle, cada suciedad. Y no solo te destruiré a ti. Haré que también lo odien a él. Lo hundiré profesionalmente, le quitaré el apellido Blackwood y lo dejaré en la calle. Lo destruiré. Lo juro.
Me suelta con asco, como si tocarme la hubiera contaminado. Se alisa el vestido, recuperando su compostura de porcelana en un segundo.
—Ahora, vete con tu marido. Desaparece de mi vista antes de que decida que el placer de verte caer vale más que mi silencio.
Se da la vuelta y sale de la mansión Vance, dejándome rota en medio del vestíbulo. El silencio que queda es sepulcral, solo roto por el sonido de mis propios sollozos ahogados.
Siento una presencia detrás de mí. Erik ha estado observando todo desde las sombras de la escalera. Baja despacio, aplaudiendo suavemente con una ironía que me hiela la sangre.
—Vaya... —dice Erik, deteniéndose frente a mí—. Tu hermana tiene garras de acero. Te ha amenazado con lo único que te importa: tu pedestal en la familia.
Levanto la vista hacia él. Ya no hay rastro de la Mila que quería pedir perdón. El miedo se ha convertido en una piedra pesada en mi estómago.
—¿Vas a dejar que te gane, Mila? —pregunta Erik, acariciando mi mejilla golpeada—. ¿Vas a dejar que ella tenga el poder de destruirte para siempre?
—Ella tiene razón —susurro—. Soy basura.
Erik suelta una risa oscura y me toma de la barbilla, obligándome a mirarlo.
—Todos somos basura en este condado, querida. La diferencia es que algunos sabemos cómo usarla para construir imperios.
Erik me observa desde con una mezcla de aburrimiento y fascinación. Se acerca, pero no para consolarme.