CAPÍTULO 24: EL LUGAR VACÍO
POV: Mila
Escucho los pasos de Erik alejarse hacia el exterior. El sonido de sus botas sobre el mármol es rítmico, seguro, cargado de esa arrogancia de quien sabe que acaba de ganar una partida que ni siquiera ha terminado de jugarse. Me quedo sola en el vestíbulo, envuelta en un silencio que zumba en mis oídos como un enjambre de avispas.
Levanto la mano y toco la mejilla que Sofía golpeó. Sigue caliente. Pero el calor ya no nace de la vergüenza, sino de una combustión interna que me está transformando las entrañas en algo sólido, algo irrompible.
Miro mi reflejo en el gran espejo de marco dorado frente a la escalera.
—Mírate —susurro para mí misma. Mi voz suena extraña, profunda, como si viniera de otro cuerpo—. Mírate bien, Mila Blackwood. O lo que queda de ti.
Bajo la mirada hacia mi vientre. Aclaro mis dedos sobre la tela, apretando con una fuerza que me hace temblar. No hay ternura en el gesto. Hay una promesa.
—Vas a nacer —le digo a la sombra que crece dentro de mí, en un susurro que parece un juramento ante un altar pagano—. Te voy a traer a este mundo de mierda solo para que seas su peor pesadilla. Y me aseguraré, te juro por mi vida, de que cada vez que Caleb te mire, se le pudra la sangre. Cada vez que vea tus ojos, que reconozca tus gestos, quiero que se pregunte si eres el hijo de su amor o el hijo de su "calentura". Quiero que esa duda le carcoma las noches hasta que no le quede nada de su preciado juicio.
Me enderezo, echando los hombros hacia atrás. Siento cómo la columna vertebral se me tensa, convirtiéndose en una vara de hierro.
—Y tú, Sofía... —mi mirada en el espejo se vuelve letal. Una sonrisa amarga y lenta curva mis labios—. Disfruta tu victoria de porcelana hoy. Disfruta tu casa limpia y tu marido encadenado. Me has llamado basura, me has llamado traidora... me has tratado como a un perro durante años solo por no ser tan falsa como tú.
Cierro los puños hasta que las uñas se me clavan en las palmas.
—Se acabó la compasión. Se acabó la hermana pequeña que pedía permiso para existir. Te voy a humillar de la misma forma que tú me has humillado. Voy a arrastrar tu apellido, tu orgullo y tu perfección por el mismo lodo en el que me dejaste tirada. Voy a hacer que este condado te mire con el mismo asco con el que me miras tú ahora.
Doy un paso hacia el espejo, casi tocando mi propio reflejo.
—No voy a llorar ni una sola lágrima más por Redford. No voy a mendigar un amor que me desprecia. Si soy un error, Sofía, voy a ser el error más caro que los Blackwood hayan cometido jamás.
Me giro y empiezo a subir las escaleras, peldaño a peldaño, con una lentitud ceremonial. El peso del vestido ya no me asfixia; ahora es mi armadura.
Ya no busco perdón. Busco justicia. Y en este condado, la justicia siempre empieza con un incendio
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POV Isaac
El tintineo de la plata contra la porcelana me resulta insoportable. Siempre he odiado el silencio de los desayunos en esta casa, pero hoy es diferente. Hoy el silencio tiene nombre y apellido, y se siente como un peso muerto sobre el mantel de lino.
Miro hacia el extremo de la mesa. El sitio de Mila está impecable, con el servicio de café puesto y la servilleta doblada con una precisión ofensiva. Pero ella no está. Ya no es una Blackwood. Ahora es la Condesa Vance, un título que suena a jaula de oro y que ha dejado este comedor sumido en una atmósfera fúnebre.
—La casa se siente vacía —suelto, dejando caer la cuchara dentro de mi tazón. El sonido resuena en las paredes como un disparo—. No hay música, no hay portazos, ni siquiera hay alguien quejándose del color de las flores. Se siente… muerta.
Oliver, mi padre, ni siquiera levanta la vista de su plato. Tiene un trozo de tostada frente a él que no ha tocado en veinte minutos. Sus manos, las manos que levantaron este imperio, parecen hoy más viejas, más nudosas. Sus ojos están fijos en la silla vacía de Mila, y juraría que ha envejecido diez años desde que la entregó ayer en el altar.
—¿Por qué las caras largas? —La voz de Beatrice corta el aire con una alegría artificial que me revuelve el estómago. Mi madre se sirve mermelada con una calma exasperante—. Mila está donde debe estar. Por fin somos libres del caos que ella generaba. Deberíamos brindar, no lamentarnos.
Sofía, sentada frente a Caleb, asiente mientras toma un sorbo de té. Se ve… diferente hoy. Hay un brillo extraño en su mirada, una satisfacción sombría que no logro descifrar. Tiene el cabello perfectamente recogido, ni un solo mechón fuera de lugar, como si anoche no hubiera pasado nada, como si su hermana no estuviera a kilómetros de aquí, encerrada con un psicópata.
—Mamá tiene razón —añade Sofía, dejando la taza sobre el plato con un clic seco—. Por fin la familia está como siempre debió estar. Sin ella. Sin sus dramas, sin sus escándalos y sin esa necesidad constante de ser el centro de atención. El orden ha vuelto a los Blackwood.
Caleb, a su lado, mantiene la vista baja. Está pálido, con las ojeras marcadas y una rigidez en los hombros que delata que la borrachera de anoche todavía le está cobrando factura. No dice nada. Parece un fantasma asistiendo a su propio banquete.
—Es un alivio —continúa Beatrice, ignorando el silencio de los hombres—. Ahora podemos enfocarnos en los negocios de Caleb y Sofía sin tener que apagar los incendios de Mila cada semana. Ella ya es problema de los Vance.
De repente, un golpe seco hace saltar las tazas.
Mi padre ha golpeado la mesa con la palma de la mano. El estruendo silencia a mi madre y a Sofía al instante. Oliver se pone de pie, y aunque su cuerpo parece frágil, su autoridad sigue siendo una fuerza de la naturaleza.
—Mila es una Blackwood —sentencia Oliver, y su voz vibra con una furia contenida que me pone los pelos de punta—. Y no quiero que nadie en esta casa piense que porque se casó con Erik Vance, ha dejado de ser su hogar.