Capítulo 26
POV: Caleb
Un mes después.
El salón de baile de los Blackwood resplandece con una opulencia que hoy me produce náuseas. He pasado treinta días siendo un espectro en mi propia casa, moviéndome entre las amenazas de Sofía y el vacío legal de un divorcio que no puedo firmar sin destruir a mi padre.
—Sonríe, Caleb —me susurra Sofía al oído, apretando mi brazo con sus dedos enguantados en encaje negro—. Los fotógrafos están buscando una grieta en tu armadura. No se la des.
—Estoy aquí, ¿no? —respondo entre dientes, sosteniendo una copa de champán que sabe a hiel—. Cumple tu parte y deja de asfixiarme.
De pronto, las luces del salón se atenúan. Una pantalla gigante desciende sobre el escenario principal. El murmullo de los invitados cesa de golpe. La conexión satelital con la Toscana se activa y, tras un breve parpadeo de estática, aparece ella.
Mila.
Está sentada en un sofá de terciopelo, con el paisaje de los viñedos italianos oscurecidos tras el ventanal. Se ve diferente. Hay una serenidad gélida en su rostro que nunca antes había visto. A su lado, Erik Vance luce una sonrisa de triunfo absoluto, con una mano posesiva descansando sobre el hombro de Mila.
—Buenas noches a todos en Redford —la voz de Mila suena firme, amplificada por los altavoces—. Siento no estar allí físicamente, pero la vida en Italia nos ha dado razones para quedarnos un poco más de lo previsto.
Miro la pantalla, hipnotizado, buscando en sus ojos un rastro de la mujer que besé bajo la lluvia. No encuentro nada. Solo hielo.
—Queríamos aprovechar esta gala benéfica —continúa Mila, y veo cómo Erik desliza su mano desde el hombro hasta el vientre de ella— para darles una noticia que cambia nuestro futuro y el de los Vance.
El corazón me da un vuelco violento. El aire se espesa.
—Erik y yo —dice Mila, mirando directamente a la cámara, como si pudiera verme a través de los kilómetros— estamos esperando nuestro primer hijo. El heredero de los Vance nacerá en primavera.
El salón estalla en aplausos y vítores. El sonido es ensordecedor, como mil martillazos golpeándome el cráneo. Siento que el suelo desaparece. Su hijo. El hijo de Erik. La imagen de ellos dos, la "familia perfecta", me quema la retina.
Mila no me mira con nostalgia. Me mira con una sentencia de muerte. Me ha borrado. Ha puesto el clavo final en nuestro ataúd.
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POV: Sofía
El color se ha drenado del rostro de Caleb. Se ve como un hombre que acaba de ver su propia ejecución. Cuando la videollamada termina con un brindis virtual, Caleb deja caer su copa al suelo. El cristal se hace añicos, un eco perfecto de su estado mental.
Él se da la vuelta para salir, abriéndose paso entre los invitados como un animal herido, pero lo alcanzo antes de que llegue a las puertas dobles. Le agarro el brazo con una fuerza que lo obliga a detenerse.
—Suéltame, Sofía —sisea, con los ojos inyectados en sangre y rabia—. Me largo de aquí.
—¿A dónde vas, Caleb? ¿A cruzar el océano para reclamar a una mujer que acaba de anunciar al mundo que lleva la sangre de tu enemigo? —me acerco a su oído, mi voz es un látigo de seda—. Mírala bien. Ya no eres nada para ella. Solo fuiste el error que cometió antes de convertirse en una verdadera Condesa.
—¡He dicho que me sueltes! —él intenta zafarse, pero no cedo.
—Necesitas quedarte —le ordeno, manteniendo la compostura frente a los invitados que empiezan a susurrar—. Necesitas quedarte aquí y sostener mi mano. La mano de la mujer que te ha apoyado siempre, la que ha salvado a tu familia de la ruina mientras tú perseguías fantasmas de establo.
Caleb me mira con un desprecio puro, un odio que me atraviesa, pero no me importa. El odio es una emoción que puedo controlar.
—No voy a quedarme ni un segundo más en esta farsa —dice él, dándome la espalda definitivamente.
—Estoy embarazada, Caleb.
Él se congela. Sus hombros se tensan tanto que parecen a punto de romperse. Se vuelve lentamente, mirándome como si acabara de decir la mayor blasfemia del mundo.
—Eso es patético, Sofía —suelta una risa seca, carente de cualquier rastro de humor—. ¿De verdad has caído tan bajo? ¿Un embarazo fingido para retenerme? Eres de lo más bajo que he conocido.
—Patético sería que abandonaras a tu propio hijo por ir tras el de Erik Vance —le respondo, manteniendo mi rostro impasible. Saco mi cartera de mano y extraigo una prueba de embarazo digital todavía sin usar—. ¿Crees que miento? Bien.
Lo guío hacia el pasillo de los baños privados, lejos de las miradas curiosas. Le pongo la prueba en la mano.
—Espera aquí afuera —le digo, con una frialdad absoluta—. No te muevas. En tres minutos tendrás tu resultado.
Entro al baño. No lloro, no tiemblo. Sigo las instrucciones con la precisión de un cirujano. Salgo pocos segundos después y me planto frente a él. La pequeña pantalla digital parpadea durante un instante eterno hasta que la palabra aparece con una claridad cruel: POSITIVO.
Se lo entrego. Caleb toma el dispositivo como si fuera una granada a punto de explotar. Sus manos tiemblan de verdad ahora.
—Elige bien, Caleb —le digo, dando un paso hacia el salón de baile—. Puedes irte tras una mujer que ya te olvidó y que espera el hijo de otro hombre... o puedes quedarte aquí y asegurar el futuro de tu propia sangre. Pero si sales por esa puerta hoy, te juro que este niño nunca sabrá que su padre existió.
Lo dejo solo en el pasillo, mirando ese plástico que acaba de encadenarlo a mí para siempre. El juego de Mila ha terminado, pero el mío... el mío acaba de empezar.
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POV: Mila
La pantalla se apaga y la habitación en la Toscana queda sumida en una penumbra elegante. Erik me suelta el hombro y camina hacia el bar para servirse una copa.
—Ha sido una actuación magistral, Condesa —dice él, levantando su vaso hacia mí—. Si Caleb no ha muerto de un infarto hoy, es que realmente no tiene corazón.