Infame

27.

Capítulo 27: El Veneno de la Traición

POV: Caleb

Los Cotswolds, Inglaterra.

El pasillo de mármol de la mansión se siente como un túnel sin salida. Tengo la prueba de embarazo en la mano, ese trozo de plástico blanco con una palabra que pesa más que todos los cimientos de los Blackwood.

POSITIVO.

Un mes. Solo ha pasado un mes desde que Mila se fue, y el destino me ha encadenado de la forma más retorcida posible. He pasado treinta días buscándola en cada sombra, en cada rincón de Redford, solo para verla hoy en esa pantalla, radiante y gélida, anunciando que espera el hijo de Erik Vance. Y ahora, Sofía me lanza esto a la cara.

—No me mires como si fuera un monstruo, Caleb —dice Sofía, saliendo del baño con una calma que me revuelve las entrañas—. Tú querías el poder. Querías salvar a tu padre y quedarte con el control de las acciones. Pues aquí tienes el precio. Un heredero para asegurar que este imperio nunca salga de nuestras manos.

—¿Cómo sé que es mío? —Mi voz suena ronca, extraña a mis propios oídos.

Sofía suelta una risa seca, un sonido que corta el aire como un bisturí.

—Porque, a diferencia de tu querida Mila, yo no he pasado las últimas semanas en la Toscana bajo el mismo techo que un Vance. Yo me he quedado aquí, haciendo el trabajo sucio mientras tú perseguías fantasmas de establo.

Me doy la vuelta y golpeo la pared con el puño. El dolor físico es un alivio momentáneo frente al incendio que tengo en el pecho. Mila está embarazada de Erik. Sofía está embarazada de mí. El mundo que construí por ambición se ha convertido en mi propia celda de castigo.

****

POV: Mila

Toscana, Italia. Horas después.

El silencio en la villa es absoluto. Erik se ha retirado a su despacho tras el brindis, dejándome sola con el sabor amargo del champán y el peso de las joyas sobre mi piel. Me desabrocho el collar de diamantes; cada piedra se siente como un grillete que yo misma acepté cerrar.

Tomo mi teléfono para revisar las repercusiones de nuestra transmisión. Los titulares de Redford ya están ardiendo, pero uno en particular hace que la sangre se me congele en las venas.

"Primicia: Los Blackwood anuncian que esperan a su primer hijo tras la gala benéfica."

Suelto una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humor que rebota en las paredes de mármol. Mi mano se aprieta contra mi propio vientre con una fuerza casi dolorosa.

—Un mes —susurro al aire denso de la biblioteca—. Solo te tomó un maldito mes, Caleb Thorne.

El asco me sube por la garganta como bilis. No es tristeza; es una repulsión física, visceral. Mientras yo lidiaba con el infierno de mi propia realidad en Italia, él ya estaba ocupado engendrando el futuro de los Blackwood. El gran amor de Redford, el hombre que juraba que yo era su norte, no ha tardado ni treinta días en buscar el calor de Sofía para asegurar su herencia y su maldito apellido de oro.

—Patético —siseo, lanzando el teléfono sobre el sofá de terciopelo—. Eres un hipócrita, Caleb.

Me acerco al ventanal. La Toscana es hermosa, pero esta noche me parece un cementerio de ilusiones. No sé qué espera ella. No sé si será un niño o una niña, pero el simple hecho de que ese bebé exista es la prueba de que Caleb nunca me amó; solo amaba la idea de tenerme mientras buscaba el poder.

—Disfruta de tu "familia perfecta", Caleb —digo hacia la oscuridad, con una frialdad que me desconoce—. Porque mientras tú construyes tu imperio de mentiras en Inglaterra, yo voy a criar a un hijo que te recordará, cada vez que lo mires a los ojos, todo lo que fuiste capaz de traicionar por un poco de estatus.

A partir de hoy, mi corazón está tan muerto como su lealtad. El juego de los Vance apenas está comenzando, y voy a asegurarme de que, cuando nuestros caminos se crucen de nuevo, él no pueda sostener la mirada de lo que realmente perdió.

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POV: Caleb

Ocho meses después. Los Cotswolds, Inglaterra.

El sonido del monitor fetal es una tortura rítmica en la suite privada de la clínica. Tun-tun, tun-tun. Es el sonido de una vida que no pidió nacer en medio de este campo de batalla, pero que ahora es el único ancla que me impide prenderle fuego a la mansión Blackwood y desaparecer.

Sofía descansa en la cama con una elegancia que incluso el octavo mes de embarazo no ha podido arrebatarle. Me mira con una satisfacción silenciosa mientras le alcanzo el vaso de agua. Sabe que la detesto. Sabe que cada vez que mis dedos rozan su vientre buscando una patada del bebé, se me revuelve el estómago de asco. Pero también sabe que soy un Thorne, y que aunque no tengo nada sin los Blackwoods, mi sentido del deber hacia mi propia sangre es mi mayor debilidad.

—Mírala, Caleb —dice ella, señalando la pantalla del ultrasonido donde una pequeña figura se mueve con calma—. Es perfecta. Tiene la nariz de los Blackwood. Será el orgullo de tu imperio.

—Será lo que tenga que ser, Sofía —respondo con la voz seca—. Pero no confundas mi compromiso con la niña con algo hacia ti. Estás aquí porque llevas a mi heredera. En el momento en que nazca, las paredes de esta habitación volverán a ser nuestra frontera.

Me levanto y camino hacia el ventanal. Redford está cubierto por una niebla espesa, la misma que nubla mi mente cada vez que pienso en Italia. Me pregunto si Mila también escucha un monitor fetal ahora mismo. Me pregunto si Erik Vance le sostiene la mano con la misma mezcla de posesión y frialdad con la que yo sostengo la de Sofía.

Sigo creyendo que me traicionó. Sigo viendo su rostro gélido en aquella pantalla de hace meses. Cada día es un ejercicio de supervivencia: me obligo a ser el hombre que mi hija necesita, mientras el hombre que amó a Mila se desvanece un poco más con cada amanecer.

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POV: Mila

Toscana, Italia. El mismo instante.




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