Infame

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CAPÍTULO 28: EL JUEGO DE LAS SOMBRAS

POV: ISAAC

He pasado cuatro años viendo a mi mejor amigo convertirse en una estatua de mármol. Caleb ya no vive, solo gestiona un imperio. Y yo... yo me he quedado aquí, siendo el soltero que custodia los secretos de una casa que se cae a pedazos por dentro. Las paredes de piedra caliza parecen absorber cualquier rastro de calidez, dejando solo el frío seco de los Cotswolds que se cuela por las rendijas de los ventanales. No he encontrado a nadie que valga la pena; supongo que ver el desastre del matrimonio de mi hermana Sofía me ha servido de vacuna contra el amor.

Pero hoy… hay algo distinto.

El aire está demasiado denso. Siento una presión en los oídos, como si las nubes cargadas de lluvia estuvieran aplastando el techo de la mansión.

Como antes de una tormenta.

Bianca juega distraída con el botón del saco de Caleb, ajena a todo. El roce metálico del botón contra la tela de lana es el único sonido que rompe la pesadez del ambiente. La observo y siento un nudo en el pecho. Ojalá pudiera sacarla de aquí antes de que todo estalle.

—¡Ya están aquí! —el grito de un mozo rompe el silencio del vestíbulo, haciendo eco en la cúpula de la entrada.

Me ajusto el saco. Siento la rigidez de la costura contra mis hombros.

Caleb está a mi lado, rígido, sosteniendo a la pequeña Bianca en sus brazos. Mi sobrina tiene cuatro años y un cabello azabache que brilla bajo las lámparas de cristal, una herencia visual que siempre me ha parecido un insulto silencioso a los Thorne. La luz de las arañas de cristal proyecta destellos afilados sobre el suelo de mármol.

Entonces, el rugido del motor italiano se detiene en la entrada. Es un estruendo que hace vibrar ligeramente los cristales de las vitrinas.

Lo sé.

Ya es tarde.

Las puertas dobles se abren… dejando entrar un golpe de aire gélido que agita las cortinas pesadas del vestíbulo.

Y el mundo se detiene.

Mila.

***

POV: MILA

Bajar de ese coche ha sido como recuperar el trono que me robaron. La humedad de la grava bajo mis botas me recuerda que ya no estoy en el suelo firme de la Toscana.

La Toscana me hizo de acero.

Alexander… me hizo invencible.

—Alexander, mano —le ordeno con suavidad.

El niño baja con elegancia natural, ajustándose su pequeño saco oscuro. Camina a mi lado con la barbilla en alto, ignorando los flashes de los fotógrafos que Erik contrató para “celebrar” nuestro regreso. El cielo plomizo de Inglaterra parece fundirse con el gris de las piedras de la mansión.

Doy un paso.

Y lo veo.

Caleb.

El hombre que me eligió… y luego decidió no hacerlo.

El que cambió mi nombre por un apellido.

El que me dejó… por poder.

Blackwood.

Siempre fue Blackwood antes que yo.

Pero no es él lo que me rompe.

Es la niña en sus brazos.

El mundo no se detiene.

Se deforma. Las sombras de las columnas parecen estirarse hacia mí, deformando la perspectiva del gran salón.

Porque ahora lo entiendo todo con una claridad cruel.

Él sí sabía construir una familia.

Solo que no conmigo.

Cuatro años criando sola a su hijo… mientras él levantaba un imperio con otra mujer. Mientras a mí… me vendían. Me empujaban fuera. Me convertían en un problema resuelto.

Mis dedos se tensan alrededor de la mano de Alexander, y por un segundo mis uñas se clavan en mi propia palma. Siento la pequeña mano de mi hijo, cálida y firme, el único ancla que me impide desmoronarme frente a estas paredes.

Míralo, pienso.

Mira bien a tu padre.

Pero no.

No voy a darle ese poder.

Levanto la barbilla. Siento el aire frío de la entrada recorriéndome la nuca como una advertencia.

Soy la condesa.

Soy la mujer que sobrevivió.

Soy la que volvió para arrasar.

Pero entonces…

Caleb levanta la vista.

Y me mira.

Y no hay indiferencia.

Hay algo peor.

Algo que reconozco.

Como si todavía me quisiera.

Como si no entendiera… que lo que queda entre nosotros ya no es amor.

Es deuda.

Es guerra.

Y aun así… algo dentro de mí se quiebra. Es una grieta invisible que recorre mi armadura de acero.

No por él.

Por lo que nunca fui para él.

***

POV: CALEB

El aire desaparece.

Porque es ella.

Mila.

La mujer que no elegí. No porque no la amara… sino porque elegí todo lo que no era ella. Un apellido. Un imperio. Un legado. Blackwood. Y creí que podía enterrarla bajo todo eso.

Me equivoqué.

Porque basta verla… y todo vuelve. La forma en que la luz se refleja en sus ojos, cortando la penumbra del vestíbulo como dos cuchillas.

La forma en que camina.

La manera en que me mira.

Dios.

La deseo.

El pensamiento me atraviesa, intacto, salvaje, como si el tiempo no hubiera pasado. Es un latigazo de adrenalina que me entumece las manos.

La amo.

Nunca dejé de hacerlo.

Solo aprendí a vivir sin ella.

Pero entonces…

lo veo.

El niño.

Y el mundo se rompe.

Es un Thorne. No hay duda. Es mío.

Mis dedos se tensan sobre el vestido de Bianca, clavándose en la tela mientras el suelo parece desaparecer bajo mis pies. Siento el peso de mi hija en los brazos volverse insoportable, como si la gravedad hubiera cambiado de repente.

Porque ese niño… es mi reflejo.

Mi forma de estar de pie.

Mi mirada.

Mi maldita esencia.

Es como verme a mí mismo… años atrás.

Y entonces llega.

No como recuerdo claro.

Como sensación.

La lluvia.

Su respiración contra mi piel.

Sus manos aferrándose a mí como si yo fuera lo único real.

Redford.

La noche antes de casarme con su hermana. Puedo sentir el escalofrío del granero y el calor de su piel grabado en mis palmas.

La noche en la que debí detenerme.




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