CAPÍTULO 30: EL BANQUETE DE LAS VÍBORAS
POV: MILA
El comedor de la mansión Blackwood huele a cera de abejas, flores muertas y a una hipocresía que se puede cortar con el cuchillo de plata que sostengo. Beatrice, mi madre, preside la mesa con una rigidez que roza lo inhumano. Ni siquiera se ha dignado a mirar a Alexander a los ojos; para ella, mi hijo no es un niño, es una prueba del delito.
—Es fascinante —suelta Beatrice, dejando su copa de vino con una lentitud calculada—. Cómo la genética tiene formas tan perversas de manifestarse. Miras a ese niño y ves... una infamia que este apellido no merecía. Mila, naciste para insultar el linaje Blackwood, pero traer esto a mi mesa es un nuevo nivel de bajeza.
Siento que la sangre me hierve, pero antes de que pueda saltar, la voz de Erik corta el aire como un látigo.
—Te sorprenderías de la infamia que hay realmente en esta mesa, Beatrice —dice Erik, con una sonrisa que no llega a sus ojos. Mira fijamente a Sofía, quien palidece al instante—. A veces, los secretos más oscuros no son los que se traen de fuera, sino los que se cultivan en los graneros propios, ¿no es cierto, Sofía?
Sofía aprieta los cubiertos hasta que sus nudillos se vuelven blancos. —Madre, basta —interviene Sofía, con la voz temblorosa—. Es una cena. Deja que comamos en paz.
—Paz es lo que tiene tu padre ahora —bufa Beatrice—. Gracias a Dios, Oliver está en Francia. No tiene que presenciar cómo su hija pródiga arrastra el nombre de la familia por el fango con un Vance del brazo.
Miro a Isaac. Mi hermano evita mi mirada, concentrado en su plato con una intensidad sospechosa. Algo no encaja. —Isaac —lo llamo, y mi voz suena extrañamente hueca—. ¿Por qué está papá solo en Francia? Sabes que odia viajar sin su asistente personal. ¿Qué está haciendo allí realmente?
Isaac se aclara la garganta, se pone visiblemente nervioso y juguetea con su servilleta. —Bueno... ya sabes cómo es él, Mila. Negocios de viñedos. Decidió que necesitaba aire fresco. El médico se lo recomendó.
—Fue una decisión repentina, pero necesaria para su salud —añade Sofía rápidamente, tratando de sellar la grieta en la mentira—. Francia le está dando la calma que esta casa ya no posee.
En ese momento, Caleb se inclina hacia Alexander. Con una delicadeza que me desgarra el pecho, toma el cuchillo y comienza a cortarle la carne al niño. Alexander lo mira con curiosidad, reconociendo quizás algo en ese hombre que yo me niego a admitir. Me tenso tanto que el aire se me escapa de los pulmones. Erik, a mi lado, solo sonríe, disfrutando del espectáculo.
—¿Me la cortas a mí también, papi? —pide Bianca, estirando su plato hacia Caleb. —Claro, amor —responde Caleb, sin dejar de mirar de reojo a Alexander.
—Deberían marcharse —sentencia Beatrice, mirando a Erik y a mí con asco—. No hay lugar para ustedes aquí.
—¿Ah, no? —Erik arquea una ceja—. ¿No somos los Vance bienvenidos en la mesa? Supongo que eso significa que tampoco somos bienvenidos en los negocios de la próxima semana. ¿Es eso lo que quieres, Beatrice? ¿Romper la alianza comercial por un berrinche de etiqueta?
—Son bienvenidos —dice Caleb con voz ronca, dejando los cubiertos—. Es más, pienso que deberían quedarse. Tenemos mucho de qué hablar.
—Ni hablar —me levanto de golpe—. Alexander, de pie. Nos vamos ahora mismo. No voy a permitir que mi hijo pase un minuto más respirando este veneno.
—Yo creo que deberías pensarlo, amor —dice Erik, levantándose también. Se acerca a mí y me besa la sien con una sutileza posesiva.
Veo el puño de Caleb apretarse sobre el mantel hasta que la madera cruje. Isaac lo observa, temiendo un estallido.
—Sofía tiene razón —insisto—. Nora debe estar esperándonos en la mansión Vance. Saben bien que después de que no asistimos al funeral del viejo Vance, no está muy contenta con ninguno de nosotros.
Erik se queda helado por un segundo. —¿Desde cuándo son amigas Nora y tú, Sofía? —pregunta él, con un tono peligrosamente bajo. Sofía palidece aún más, si es que es posible. El silencio confirma que hay hilos moviéndose que yo aún no veo.
—Mila —la voz de Caleb me detiene. Se ha puesto de pie, imponente, ignorando las miradas de advertencia de Beatrice—. Creo que deberías quedarte. Tu padre no está en Francia.
Beatrice se levanta como si le hubieran dado un latigazo. —¡Tú no tienes derecho a decir nada, Caleb! —grita mi madre.
—Tengo todos los derechos —ruge Caleb—. Ustedes me han hecho un Blackwood, ¿no? Me pusieron al mando cuando él cayó. Pues el mando implica dejar de alimentar estas malditas mentiras.
Siento que el suelo desaparece bajo mis pies. Miro a Isaac, que se pasa la mano por la cabeza, derrotado. —¿Qué mierda está pasando? —le pregunto a mi hermano—. ¿Dónde está papá?
Isaac se levanta, me mira con una tristeza infinita y susurra: —Prométe que lo tomarás con calma, Mila. Por favor.
—¡Habla de una vez! —grito.
Caleb hace una seña al servicio. —Llévense a los niños. Ahora. Bianca, ve arriba con Alexander.
Erik se pone tenso, sus ojos saltan de Caleb a Isaac. La atmósfera es eléctrica. —¿Qué está pasando? —repite Erik, esta vez sin rastro de su sonrisa burlona.
Caleb camina hacia mí hasta que solo unos centímetros nos separan. Ya no hay odio en su mirada, solo una verdad cruda y dolorosa.
—Tu padre se está muriendo, Mila. No está en Francia. Está en la planta de arriba, en su habitación. Está conectado a máquinas... y ni siquiera sabe que estás aquí porque ellas —señala a Beatrice y Sofía— se han encargado de que nadie te avisara.
El comedor se queda en un silencio sepulcral. Siento un pitido en los oídos. Mi padre. Mi protector. El único que me amó de verdad en este infierno... está muriendo a unos metros de mí y me han tenido cenando frente a una silla vacía.