Infame

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CAPÍTULO 31: CENIZAS Y PECADOS

POV: ISAAC

El aire en el pasillo se ha vuelto estática pura, un zumbido que me nubla la vista. Miro a Caleb y ya no veo al hombre que caminó a mi lado durante años, al socio, al hermano que la vida me dio por elección. Veo un parásito. Veo al hombre que usó mi confianza para convertir mi casa en su coto de caza privado, moviéndose entre mis dos hermanas con la agilidad de un depredador.

No hay advertencia. No hay palabras que alcancen para este nivel de asco.

Mi puño impacta contra su mandíbula con un chasquido seco que reverbera en las paredes de mármol. El golpe me sube por el brazo como una descarga eléctrica, pero el fuego en mi pecho es peor. Caleb sale despedido hacia atrás, chocando contra una consola de caoba. El jarrón de cristal vuela, estallando en mil diamantes inútiles, pero a él no parece importarle.

Me lanzo sobre él antes de que recupere el equilibrio. Lo agarro de las solapas y lo estampo contra la pared, sintiendo el crujido de su espalda.

—¡¿A las dos, Caleb?! —le ruge mi voz, rompiéndose bajo el peso de la rabia—. ¡¿A mis dos hermanas bajo el mismo maldito techo?! ¡Te abrí la puerta de mi familia! ¡Te entregué mi lealtad en bandeja de plata!

Le asesto otro golpe en el pómulo. Luego uno en el estómago que le saca el aire. Lo que me enfurece no es el golpe, es que Caleb no se defiende. No levanta las manos, no intenta bloquearme. Se queda ahí, recibiendo el castigo con una pasividad que me hace sentir un verdugo. Sus ojos fijos en los míos, cargados de una culpa tan densa que casi puedo olerla.

—Perdóname… —jadea, con la boca inundada de sangre—. Lo siento, Isaac. Lo siento tanto.

—¡Basta! ¡Isaac, detente! —el grito de Sofía corta el aire como una cuchilla.

Siento unas manos pequeñas tirando de mi brazo, pero soy un toro herido. Sofía se interpone entre nosotros, jadeando, con los ojos desorbitados. Detrás de ella, Erik Vance observa la escena con una calma insultante, una sonrisa minúscula bailando en la comisura de sus labios. Es el único que disfruta del espectáculo.

—Quiero que te vayas de mi casa hoy mismo —sentencio, señalando la salida con el dedo temblando—. Lárgate, Caleb. Si te vuelvo a ver, te juro que no saldrás caminando.

Caleb se limpia la sangre de la comisura con el dorso de la mano. Se endereza con una dignidad rota que me provoca náuseas. —No puedo irme —dice con una firmeza que me hiela la sangre—. Esta también es mi casa ahora. Y no voy a dejar a mis hijos.

Sofía descarga toda su mano contra el rostro de Caleb en un bofetón que suena como un disparo. —¿Tus hijos? —chilla ella—. ¡¿Cómo te atreves a aceptarlo así frente a todos?! ¡Frente a ese animal de Erik!

—Te voy a matar, lo juro… —intento lanzarme de nuevo, pero Erik me rodea la cintura, arrastrándome hacia atrás.

—Ya es suficiente por hoy, Isaac —murmura Erik a mi oído, con un tono peligrosamente suave—. Deja que se ahoguen en su propio veneno. Ven conmigo.

****

POV: MILA

Entro en la habitación de mi padre y el mundo exterior, con sus gritos y sus ruinas, se apaga. El lujo de la mansión Blackwood desaparece, reemplazado por el olor a antiséptico y a la inminencia de la muerte. Mi padre, el hombre que una vez fue una montaña inamovible, es ahora una sombra bajo las sábanas de seda.

Me hundo de rodillas a su lado, tomando su mano fría, surcada de vías.

—Papá… —mi voz es un hilo—. Perdóname. No debí dejarte aquí. No debí permitir que te encerraran en este silencio. Te vas a poner bien, voy a cuidarte.

Oliver abre los ojos lentamente. La neblina del sedante se disipa por un segundo al verme. —Mila… mi pequeña guerrera… Si muero hoy, ya soy feliz… porque mi hermosa hija está a mi lado.

—¡No! No quiero que mueras, papá. No me dejes en este infierno. Quédate un rato conmigo… te lo suplico.

El llanto me sacude el cuerpo entero. Entonces, sucede lo imposible. Oliver, haciendo acopio de una fuerza que no debería tener, se incorpora en la cama y me rodea con sus brazos, hundiendo su rostro en mi cabello.

—Señor Blackwood, ¡no! —la enfermera da un paso al frente, alarmada—. No puede hacer ese esfuerzo.

Oliver levanta la cabeza. Sus ojos recuperan por un instante el fuego del patriarca. —Es mi hija —sentencia con una autoridad que no admite réplica—. Claro que puedo cuidarla.

Me estrecha más fuerte, y en ese abrazo, rodeada del olor a viejo roble y medicina, siento que el tiempo se detiene. Por un segundo, soy solo Mila, protegida por el último hombre honesto que me queda.

****

POV: SOFÍA

Miro a Caleb en el pasillo vacío. Tiene el labio partido, la camisa manchada de sangre y esa mirada de mártir que me dan ganas de vomitar. Ya no se esconde. Ya no baja la cabeza.

—Tú ya lo sabías, Sofía —dice él con una voz ronca—. No pienso fingir más. Ya perdí a Mila, perdí a Isaac... no perderé también a Alexander. Es mi hijo.

Una risa amarga, al borde de la histeria, se me escapa de la garganta. —¿Qué noble, Caleb? El caballero de la armadura oxidada. Pero hay un detalle en tu plan de redención: si sigues jugando al "padre del año" con el hijo de Mila, perderás a Bianca. Si ese niño tiene un lugar en esta casa, te quitaré la custodia. Te pondré a elegir otra vez, Caleb. Pero esta vez no seré yo o Mila.

Me acerco a su oído, saboreando el poder de la mentira que él aún no conoce. —Esta vez la elección es simple: ¿Bianca o el bastardo? Escoge bien, porque no habrá vuelta atrás.

Lo dejo ahí, sangrando y roto. Camino hacia la habitación de mi hija, rezando para que Erik guarde el secreto de la paternidad de Bianca un poco más.

******

POV: MILA

Salgo de la habitación de mi padre cuando el sueño finalmente lo vence. Camino por el pasillo en sombras y entro en el cuarto de Bianca. Ahí están: Alexander y Bianca, durmiendo en camas contiguas. Dos niños ajenos a que sus padres están decidiendo su destino como si fueran piezas de ajedrez. Doy un beso a Alexander y salgo, cerrando la puerta con cuidado.




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