Infame

32

Capítulo 32

POV Mila.

Caleb me tiene atrapada contra la pared, justo afuera de la habitación de los niños. Sus manos, calientes y ásperas, me sujetan los antebrazos con una fuerza que bordea la desesperación. El olor a sangre de su labio roto se mezcla con su perfume amaderado, creando un cóctel embriagador que me marea más que cualquier licor.

—Suéltame, Caleb… —susurro, aunque mis manos, traidoras, se aferran a su camisa manchada.

—No —gruñe él. Se inclina, invadiendo mi espacio personal hasta que su aliento golpea mi cuello—. No voy a soltarte otra vez.

Me estremezco cuando sus labios rozan el lóbulo de mi oreja. El mundo empieza a distorsionarse. La luz tenue del pasillo de la mansión parpadea y, de repente, el mármol se siente como el azulejo frío y sucio de un pub. El olor a antiséptico de la habitación de mi padre es reemplazado por el hedor a tabaco y whisky barato.

Caleb me suelta las manos solo para hundir sus dedos en mi cintura, apretando con esa misma urgencia posesiva de hace cuatro años. Me empuja contra la pared con un golpe seco, exactamente como me empujó contra aquel lavabo en Redford.

—Dilo, Mila… —me ordena contra la boca, su voz es un eco de la que retumba en mis pesadillas—. Di que me odias mientras tiemblas así.

Me besa. No es un beso de amor; es un asalto sensorial. Es el mismo hambre, la misma sed de un hombre que ha estado fingiendo estar satisfecho con migajas mientras se moría por el banquete. Sus manos bajan por mi espalda, reclamando cada centímetro con una familiaridad aterradora.

De repente, los flashes me golpean como descargas eléctricas.

Luz fluorescente parpadeando sobre nosotros.

El sonido de un cerrojo echado con el pie.

“Te elijo a ti… a este desastre que somos”.

Cierro los ojos con fuerza, pero las imágenes están grabadas detrás de mis párpados. Veo a Caleb en el exterior de Redford, con el frío calándole los huesos, sosteniéndome la mano. Veo su rostro lleno de una esperanza que yo misma me encargué de asesinar.

“Me soltaste”, dijo él hace un momento.

Y en el flash, me veo a mí misma soltando su mano, dándole la espalda para salvar a una familia que ya estaba podrida por dentro.

El llanto me sube por la garganta, amargo y violento. La memoria sensorial se completa: el peso de su cuerpo, la forma en que su lengua busca la mía, la manera en que me sostiene como si fuera lo único real en un mundo de mentiras. Todo es igual. Él está intentando despertarme, intentando recordarme que, bajo el odio, todavía somos los mismos dos pecadores de Redford.

—¡Basta! —suelto un sollozo desgarrador, rompiendo el beso.

Me cubro la cara con las manos, temblando incontrolablemente. El aire vuelve a ser puro, el pasillo vuelve a ser de mármol, pero mi pecho arde. Caleb se detiene al instante. Su respiración es errática, pesada. No intenta tocarme de nuevo, solo me observa con esos ojos cargados de una agonía que ya no puede ocultar. Logró lo que quería: recordé.

Él se separa un centímetro, apoyando su frente contra la pared, justo al lado de mi cabeza.

—Pudo ser diferente, Mila —dice con la voz rota, casi inaudible—. Aquella noche, en el coche… pudimos habernos ido y no volver nunca.

—Pudo —respondo, limpiándome las lágrimas con rabia, sintiendo cómo el cinismo vuelve a levantar sus muros para protegerme del dolor—. Pero siempre la elegiste a ella. Elegiste el altar, elegiste el apellido, elegiste la comodidad.

Caleb suelta una risa amarga y seca, mirando hacia el techo.

—La elegí porque era lo que todos querían… incluyéndote a ti. Me obligaste a ser el hombre que odiaba para que tú pudieras seguir siendo la mártir de los Blackwood.

Me quedo en silencio, sintiendo el vacío que deja su cercanía al retirarse. Lo miro a la luz de los apliques: está destrozado, física y emocionalmente.

—Ve y ponte hielo en esa cara —le digo, recuperando una frialdad que me quema por dentro—. Mañana estarás fatal y habrá mucha gente mirando.

—Ya estoy fatal, Mila —responde él, dándose la vuelta para caminar hacia las sombras del pasillo—. Todo está hecho mierda. Todo.

—Aún tienes a Sofía —le lanzo, como una última estocada para recordarme a mí misma por qué no puedo amarlo—. Tienes a tu esposa perfecta y tienes a Bianca. Ve con ellas.

Caleb se detiene un segundo, de espaldas a mí. No responde. Solo sigue caminando hasta que la oscuridad se lo traga, dejándome sola con el fantasma de una noche en Redford que, ahora sé, nunca terminó de morir.

******

POV: ISAAC

El hielo que sostengo contra mis nudillos ya se ha derretido, pero el calor en mi sangre no baja. Observo a Sofía caminar de un lado a otro en mi despacho. Se está retocando el maquillaje, intentando borrar con polvos y labial el caos que acaba de presenciar en el pasillo. Esa es Sofía: si la fachada está intacta, ella cree que el edificio no se está cayendo.

—No quiero a ese hombre un minuto más bajo mi techo —suelto, y mi voz suena como el cierre de una tumba.

Sofía se detiene en seco. Deja el espejo sobre mi escritorio con un golpe metálico.

—Es mi marido, Isaac. No puedes echarlo de aquí como si fuera un empleado doméstico.

—Caleb dejó de ser tu marido en el momento en que decidió que nuestra casa era su burdel personal —le espeto, poniéndome de pie. Me acerco a ella hasta que el olor a su perfume caro me irrita—. Mañana mismo llamarás a los abogados. Quiero que le pidas el divorcio. No habrá negociaciones, no habrá reconciliación. Le daremos una salida limpia por el bien de la empresa, pero lo quiero fuera de tu vida y de esta familia.

Sofía suelta una risa seca, una nota estridente que me eriza la piel.

—¿Divorcio? Estás loco. No voy a dejar a mi esposo. No voy a ser la mujer que protagonice el escándalo del año porque tú no sepas controlar tus ataques de ira.




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