Infame

33.

Capítulo 33

POV: SOFÍA

El sonido del pestillo al encajarse resuena en la habitación vacía como un disparo inicial. El aire aquí está cargado de polvo y olvido, pero a medida que avanzamos hacia la cama deshecha, el olor a "problemas" de Erik lo inunda todo. Él se separa apenas unos centímetros, observando el mobiliario cubierto con sábanas blancas como si fueran trofeos de guerra.

—¿Qué lado de la cama prefieres usar, mi reina? —pregunta con esa voz sarcástica y elegante que me hace querer abofetearlo y devorarlo al mismo tiempo.

—Da igual, no vamos a dormir —le respondo, deshaciéndome de mi chaqueta de diseñador con un movimiento brusco. La tiro al suelo sin mirar—. Dijiste que ibas a recuperarte de esa mala experiencia que me dejaste en el granero. Demuéstralo.

Erik suelta una risa gutural. Se desliza al suelo con una parsimonia que me pone los pelos de punta, quedando de rodillas frente a mí. La imagen es demoledora: el heredero de los Vance, el hombre que mi hermano desprecia, está ahí abajo despojándome de mi última barrera de seda.

—Dijiste que querías una compensación —murmura, levantando la vista. Sus ojos brillan con un hambre analítica—. Voy a darte algo que tu marido, en toda su pulcritud y sus remordimientos, jamás se atrevería a darte sin pedir permiso primero.

Cierro los ojos y clavo los talones en la alfombra. Cuando Erik empieza, la sensación me golpea como una ola de calor ártico. No es suave; es una búsqueda implacable de mi control. Sus manos se aferran a mis muslos, marcando el territorio, mientras su lengua traza un mapa de una geografía que Caleb nunca recorrió, como si tuviera miedo de lo que encontraría allí.

Es una descarga de liberación pura. Siento que la bilis de la discusión con Isaac se disuelve, que el odio hacia Mila se transforma en energía eléctrica. No hay espacio para el decoro de una Blackwood en esta penumbra. Con Caleb siempre sentí que mi cuerpo era un instrumento que él no sabía afinar. Con Erik, soy un incendio que él está decidido a propagar. La liberación llega como un estallido sordo, una sacudida que me deja temblando y aferrada a sus hombros.

Erik se levanta lentamente, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar, con esa sonrisa de victoria que dice que el "tres" de calificación acaba de quedar enterrado en el pasado.

—¿Y ahora? —pregunta, su voz cargada de una intención que me hace volver a arder—. ¿Seguimos con el resto de la noche o vas a decirme que esto tampoco fue para tanto?

Le devuelvo la mirada, desafiante, mientras lo atraigo hacia mí por la corbata.

—Cállate y termina lo que empezaste, Vance.

Me empuja contra el colchón y cae sobre mí. No hay preámbulos románticos. Erik me besa con una violencia técnica, una voracidad que me obliga a abrir las piernas y dejar que su oscuridad me inunde. Mientras sus manos se hunden en mi piel, mi mente, traidora y herida, vuela hacia Caleb. Recuerdo los disfraces de seda, los juguetes caros, la música suave... me esforcé tanto por encender una chispa en él. Pero Caleb siempre estaba a kilómetros de distancia, pensando en Mila. Sus manos me tocaban con una inercia que me hacía sentir invisible.

Con Erik, es distinto. Él no me ama, y eso es un alivio. Sus dedos se entierran en mi carne con un morbo que me hace sentir viva, sucia y poderosa. Me entrego a la descarga animal, una liberación de toda la humillación acumulada hoy. Erik se mueve con una precisión cruel, obligándome a soltar gemidos que no reconozco como míos.

—Diez —susurro contra su boca cuando el clímax nos alcanza, perdiendo el control—. Esta noche es un maldito diez, Erik.

Él sonríe, saboreando su victoria absoluta sobre mi orgullo. Minutos después, quedamos tendidos en la cama, los pechos subiendo y bajando al ritmo de una respiración que poco a poco recupera su cauce. La luz de la luna nos baña, revelando el desastre de sábanas y ropa tirada. Cierro los ojos, sintiendo el peso del agotamiento físico ganarle la batalla a mi rabia.

Erik rompe el silencio con ese tono burlón que nunca lo abandona del todo.

—Dijiste que no íbamos a dormir.

—Cállate —respondo sin abrir los ojos, mi voz es apenas un hilo—. No me molestes.

Él suelta una risita suave y se acomoda, cerrando sus propios ojos. Se toma un momento antes de añadir:

—Te gusta el lado derecho de la cama.

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibuja en mis labios. Es la primera vez en años que no tengo que fingir que soy la esposa perfecta para dormir tranquila.

—Buenas noches, Vance.

*****

POV: MILA

Tengo la mano sobre el pomo, lista para huir de la electricidad de esta habitación, cuando el sonido de unos pasos y una voz gélida me anclan al suelo.

—He visto que alguien ha entrado en esta ala, señora —dice una voz joven, probablemente una de las nuevas empleadas.

—¿Estás segura? —la respuesta de mi madre, Béatrice, suena como el filo de una guillotina rozando el cuello.

—Sí, señora. Hacia las habitaciones del fondo.

—Vete. Yo me encargo.

El pánico me recorre la columna. Giro el pestillo con una lentitud agónica, el "clic" suena como una explosión en mis oídos. Me quedo inmóvil, pegada a la madera, esperando que el juicio final entre por la puerta.

Caleb, ajeno al terror que me inspira mi madre, se tumba en la cama con un quejido. El esfuerzo de hace unos momentos le está pasando factura a sus costillas.

—Esta vez ha sido un accidente, Mila —murmura, cerrando los ojos por el dolor—. No tienes que ocultarte de ella. No estamos haciendo nada.

—No voy a darle otra excusa para que diga que soy la mierda en el apellido de esta familia —siseo, sin apartar la oreja de la puerta.

Caleb suelta una risa seca, desprovista de humor.

—Si te quedas aquí y ella intenta entrar, el resultado no será diferente. Además... —abre los ojos y me mira con una fijeza insoportable— nunca te ha importado lo que piensen los demás. Mucho menos la opinión de tu madre.




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