Infame

34.

Capítulo 34.

POV: MILA

La luz del amanecer se filtra por las pesadas cortinas, pintando rayas de oro sobre la alfombra de la habitación de invitados. Me despierto entre sábanas que no son mías, pero que huelen a él. Caleb no está a mi lado; está sentado en el sillón frente a la cama, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Sigue sin camisa, y la luz de la mañana revela con una crueldad insoportable cada marca, cada hematoma y cada cicatriz de su cuerpo.

Lo observo en silencio, y un nudo de angustia me aprieta la garganta. ¿Cómo es posible que el mismo hombre que es capaz de romperme entera, de desintegrar mi mundo con una palabra, sea el único capaz de volver a pegarme los trozos en una sola noche?

He intentado odiarlo. He rezado para que el rencor fuera más fuerte que la memoria, pero aquí estoy, mirándolo con un hambre que me avergüenza. No puedo dejar de amarlo, por mucho que lo intente. Es mi maldición.

Me levanto de la cama con movimientos lentos, sintiendo el frío del suelo en mis pies. Mis ojos se empañan y empiezo a llorar, un llanto desesperado pero mudo, tragándome los sollozos para no despertarlo. Tomo la manta de la cama y me acerco a él. Lo cubro con delicadeza, intentando que mi temblor no lo perturbe, y me inclino para dejar un beso suave, casi etéreo, en su frente.

Caleb abre los ojos al instante. Su mirada hazel, nublada por el sueño pero cargada de una intensidad que me desarma, busca la mía.

—¿Ya se acabó? —pregunta con la voz ronca, una pregunta que pesa más que los cuatro años de ausencia.

Me trago las lágrimas y enderezo la espalda, recuperando la máscara de frialdad que es mi única defensa.

—Sí —respondo, y mi voz suena extrañamente firme—. Ya está. Tienes que volver con tu familia y yo con la mía. Se acabó la tregua, Caleb.

Él se incorpora bruscamente, dejando que la manta resbale de sus hombros. Su expresión se endurece, transformándose en la del hombre que no acepta una derrota.

—Pero Alexander es mío, Mila —dice, y su voz vibra con una autoridad peligrosa—. No voy a perderlo. No ahora que sé la verdad.

—No quiero que lo dañes —le digo, dando un paso atrás—. Para él, Erik es su papá. Se quieren, Caleb. Erik ha estado en cada fiebre, en cada pesadilla, en cada paso. Alexander es entero de él. Mi hijo no necesita un padre a medias. No necesita ser el secreto de un hombre que tiene que elegir entre su hija legítima y él. No voy a permitir que mi hijo pase por eso.

Caleb se pone de pie, invadiendo mi espacio, su rostro a centímetros del mío. La agonía en sus ojos es casi física.

—¡Me estás matando, lo sabes! —ruge en un susurro—. Me pides que lo vea desde lejos, que finja que no es mi sangre mientras otro hombre ocupa mi lugar.

—Tu papel es cuidar a Bianca —le sentencio, clavando mis dedos en mis palmas para no flaquear—. Ella no tiene la culpa de este desastre. Ella es una Blackwood, tiene su lugar. Yo cuidaré bien a Alexander, como lo he hecho hasta ahora.

—Mila, por favor… no me hagas esto…

Le pongo una mano en el pecho, sintiendo el latido errático de su corazón bajo mi palma. Es la última vez que me permito tocarlo así.

—Hablo en serio, Caleb. Encárgate de tu familia. Vuelve al lado de Sofía, cumple con tu deber. Si intentas reclamar a Alexander ahora, destruirás lo poco que queda de nosotros. No quiero que nos perdamos para siempre en una guerra de juzgados y odio. Por el bien de todos… déjanos ir.

Caleb se queda en silencio, con la mandíbula apretada y los puños cerrados. Sabe que tengo razón, y eso es lo que más le duele. En el mundo de los Blackwood, la verdad es un lujo que no podemos permitirnos si queremos sobrevivir.

Salgo de la habitación de Caleb con el corazón hecho pedazos y los ojos escociendo por las lágrimas contenidas. Camino por el pasillo en penumbra, intentando recomponer mi máscara de Blackwood, cuando una sombra se materializa frente a mí.

Erik Vance.

Está impecable, como si no acabara de pasar la noche en una habitación de invitados, pero hay algo en su mirada, una chispa de triunfo oscuro, que me revuelve el estómago.

—¿Qué haces aquí? —le susurro, deteniéndome en seco.

Erik ladea la cabeza, recorriéndome con una lentitud insultante. Sus ojos se detienen en mi ropa arrugada y en mi cabello ligeramente desordenado.

—Pregunto lo mismo, mi condesa —responde con esa voz sedosa que siempre esconde un puñal—. ¿Buscando fantasmas en el ala oeste?

Abro la boca para responder, para inventar cualquier mentira que lo aleje de la verdad, cuando el sonido de una discusión airada rompe el silencio del pasillo. Es la voz de mi madre, Béatrice, y está cargada de un veneno que solo reserva para las grandes traiciones.

—...¡ni una palabra más, Sofía! ¡Esto es una deshonra que no voy a tolerar! —grita mi madre a unos metros, doblando la esquina.

Camino hacia donde están, impulsada por un instinto de desastre. Erik me sigue de cerca, como un depredador que no quiere perderse el banquete. Cuando llegamos al cruce del pasillo, la escena es dantesca: Béatrice tiene a Sofía acorralada contra una columna. Mi hermana está pálida, intentando cubrirse el cuello con la mano, pero el daño ya está hecho.

Béatrice se queda en silencio en cuanto me ve. Sus ojos saltan de mí a Erik, y luego de regreso a la puerta de la habitación de la que acabo de salir. La sospecha en su rostro se transforma en una confusión gélida. Por primera vez en su vida, Sofía me mira y su rostro se ilumina con una alegría genuina, casi histérica.

—¿Había reunión en el ala oeste y no me avisaron? —suelta Sofía con una risa nerviosa, buscando desesperadamente una salida al escrutinio de mamá.

En ese momento, Erik da un paso al frente y me rodea la cintura con el brazo, pegándome a su costado en un gesto de posesión absoluta. Su sonrisa es de mármol.

—Ya ves, Béatrice —dice Erik con calma—. Parece que tus dos hijas tienen gustos similares por las caminatas nocturnas.




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