Capítulo 35
POV: MILA
El aroma me golpea otra vez. No es sutil. No es un error. Es… inconfundible.
Doy un paso atrás, observándolo con más atención. Demasiada atención. Alexander, que hace un segundo estaba riendo, ahora nos mira con la cabecita ladeada, sosteniendo su balón de fútbol contra la cadera. Siente el cambio en el aire; los niños son radares para las tormentas que los adultos intentamos ocultar.
—Podría jurar que hueles a… —empiezo, dejando la frase suspendida en el aire, como si no quisiera terminarla.
Erik no parpadea. Ni se tensa. Eso es lo que más me inquieta. Se inclina hacia mí con esa calma peligrosa que siempre usa cuando quiere tomar el control, y antes de que pueda reaccionar, sus labios encuentran los míos. Es un beso firme, calculado, casi como una distracción.
—Toda esta casa huele a gardenias —murmura contra mi boca, con una media sonrisa.
Gardenias. Claro. La excusa perfecta de mi madre para perfumar cada rincón de esta tumba de cristal.
Lo miro un segundo más. Demasiado perfecto. Demasiado fácil.
—Tienes razón… —respondo al final, devolviéndole el beso con la misma suavidad, con la misma mentira—. Debe ser eso.
Pero por dentro, algo ya se ha roto. Alexander se acerca y tira de la mano de Erik, ajeno al veneno que acaba de filtrarse entre nosotros.
—¡Papá, ya terminé! ¿Vamos al jardín? —pregunta mi hijo con esa urgencia inocente.
Erik le acaricia el cabello, pero sus ojos no se apartan de los míos. Siento que me está midiendo, pesando cuánto de su mentira he decidido tragarme.
—En un momento, campeón. Ve con la nana a buscar tus zapatillas, yo te alcanzo en cinco minutos —le ordena Erik.
Alexander sale disparado por el pasillo, sus pasos resonando con una alegría que me duele. En cuanto se pierde de vista, la máscara de "familia feliz" se agrieta. Algo me ocultas, Erik... y tiene que ver con Sofía. Mis manos siguen sobre él, mi cuerpo no se aparta, mi respiración sigue el ritmo del suyo… pero mi mente ya no está aquí.
Está observando. Sumando. Esperando.
Erik apoya la frente contra la mía un instante, como si todo estuviera en calma, como si no hubiera grietas entre nosotros.
—¿Nos vamos a casa? —pregunta en voz baja.
Ahí está. Quiere salir de aquí. Rápido. Antes de que algo más se descontrole. Antes de que alguien hable de más. Antes de que yo piense demasiado. Quiere llevarse a Alexander de este terreno donde yo tengo aliados, donde los secretos flotan en el aire como el polvo.
Levanto la mirada y lo sostengo unos segundos. Lo suficiente para que sienta que estoy decidiendo.
—Nos quedamos aquí.
Su expresión cambia apenas. Un destello. Mínimo. Sus dedos aprietan mis costados un poco más de lo necesario.
—Mi padre me necesita —añado con tranquilidad, separándome lo justo—. Alexander disfruta estar con sus primos, y además… —dejo que una pequeña sonrisa se curve en mis labios— te divertirás más aquí que peleando con tu hermana.
Silencio. Pesado. Interesante.
Erik me observa como si intentara descifrar algo que se le escapa. Como si, por primera vez, no tuviera todas las respuestas. Su mano desciende de mi cintura, y por un momento, veo al cazador confundido porque la presa ha dejado de correr.
—Como quieras, mi condesa —dice finalmente, aunque su tono ya no es tan relajado como antes—. Iré al jardín con el niño. No me hagas esperarte demasiado para el desayuno.
Me giro sin añadir nada más. Empiezo a caminar hacia el ala donde está mi padre, escuchando de fondo los gritos de emoción de Alexander en la distancia mientras llama a Erik.
Siento la mirada de Erik en mi espalda. Evaluando. Calculando. Exactamente igual que yo.
Porque esto ya no es una historia de amor. Ni siquiera es la historia de una madre protegiendo a su hijo. Es una partida. Y acabo de hacer mi primer movimiento sin enseñarle las cartas. Si Erik cree que puede usar a mi hermana para marcar su territorio, no sabe que yo estoy dispuesta a quemar el territorio entero con todos nosotros dentro.
Entro en la habitación de mi padre y el olor a hospital me golpea, recordándome su fragilidad. Una enfermera joven está junto a la cama, sosteniendo una bandeja con una papilla insípida y grisácea. Se dispone a alimentarlo como si fuera un niño pequeño, con movimientos mecánicos.
—Yo me encargo —le digo, mi voz dejando claro que no es una sugerencia.
La mujer parpadea sorprendida, pero ante mi mirada, deja la bandeja y se retira con un murmullo.
Mi padre, Oliver Blackwood, me observa desde las almohadas. Sus ojos, aunque hundidos, brillan hoy con una chispa que no tenían ayer. Me arremango la blusa de seda y me siento a su lado. No permito que coma esa pasta fría; pido que traigan algo digno, algo con sabor.
Lo ayudo a incorporarse. Sus huesos se sienten ligeros bajo mi tacto, pero su voluntad sigue siendo de acero. Con una paciencia que no sabía que poseía, lo alimento, ignorando el temblor de sus manos. Después, con la ayuda de un asistente al que doy órdenes precisas, lo llevo al baño. Yo misma humedezco la esponja, limpio su piel con cuidado y lo afeito hasta que su rostro recupera la pulcritud del patriarca que siempre fue.
Busco en su armario y elijo su mejor traje de lino oscuro. Lo ayudo a vestirse, anudando su corbata con dedos firmes. Cuando termino, Oliver se mira en el espejo. Ya no es un moribundo; es un Blackwood.
Una sonrisa débil pero auténtica curva sus labios.
—Estaba condenado a muerte hace dos días, Mila —dice con la voz quebrada por la emoción—. Viviendo mis últimas horas en la oscuridad de esta habitación.
Me detengo frente a él y le acomodo las solapas del saco.
—Pues la oveja negra llegó para recordarte que un Blackwood no se rinde, papá —le respondo, clavando mis ojos en los suyos—. Aún tienes cosas por hacer. No te voy a dejar marcharte tan fácil.
Él me toma de las manos, apretándolas con una fuerza recuperada que me sorprende.
—Siempre lo supe —susurra—. De mis tres hijos, siempre supe que de todos eras tú la que llevaría las riendas de esta familia. Tienes mi fuego, Mila. Isaac tiene la ambición y Sofía el orgullo, pero tú... tú tienes la garra.
Siento un nudo en la garganta. Es el reconocimiento que esperé toda mi vida, pero llega en el momento más peligroso de todos.
—Ahora soy una Vance, papá —le digo, intentando suavizar la carga de sus palabras—. No quiero entrar en guerra con Sofía ni con Isaac. Ya hay demasiado veneno en este pasillo. Solo quiero disfrutar contigo el tiempo que nos quede.
Oliver suelta una risa corta, que termina en una tos seca.
—Disfrutar... —repite—. En esta casa, disfrutar es un deporte de riesgo, hija mía. Pero me conformo con verte caminar por estos pasillos de nuevo.
Termino de ajustar los puños de su camisa. Oliver me mira con una lucidez que me quema.
—Hoy vas a leerme mi testamento en vida, Mila —dice con una autoridad que no admite réplicas—. Quieras o no. Es hora de que sepas qué lugar ocupas en este imperio.
Siento un escalofrío. La corona que él intenta ponerme pesa demasiado, especialmente cuando sé de qué material está hecha la mía.
—Soy una decepción, papá —le respondo, y mi voz flaquea por primera vez—. Tengo la mancha del pecado encima. Cuando lo veas... cuando le veas los ojos, entenderás que la oveja negra no merece las riendas. Ese papel es de Isaac; él tiene la disciplina y la frialdad necesaria para llevar a nuestra familia. No me pidas que sea lo que no puedo ser.
Oliver frunce el ceño, sus dedos arrugados tamborileando sobre el apoyabrazos de la silla.
—¿De qué pecado hablas, Mila? —pregunta con una voz que suena como el crujir de madera vieja—. Los Blackwood no pecamos, nosotros dictamos las leyes.
Me arrodillo frente a él, ignorando la elegancia de mi vestido, y apoyo mis manos sobre sus rodillas. Lo miro desde abajo, suplicante, despojándome de todas las máscaras.
—Lo sabrás ahora —le susurro, y mis ojos se empañan—. Lo único que voy a pedirte... lo único que te ruego, es que no lo rechaces. No lo soportaría, papá. Si tienes que castigar a alguien, castígame a mí, destiérrame, ódiame... pero no a él. Él es inocente de mis decisiones.
El silencio que sigue es sepulcral. Oliver me estudia, buscando en mi rostro la magnitud de la falta. Ve la desesperación de una madre y, tras un siglo de sospecha, simplemente asiente con un movimiento seco de cabeza. Su promesa es silenciosa, pero en su mundo, un gesto basta.
Me levanto con las piernas temblorosas pero la espalda recta. La fragilidad ha quedado en esa alfombra; ahora soy el soldado que escolta a su rey hacia el campo de batalla.
Sujeto las empuñaduras de la silla de ruedas y empiezo a empujarlo hacia la salida. Las ruedas chirrían suavemente sobre el parqué del pasillo, un sonido que anuncia que el patriarca ha regresado de entre los muertos.
—Vamos, papá —digo con una firmeza que me sale de las entrañas—. Es hora de desayunar con la familia.
Atravesamos el pasillo en penumbra hacia el gran comedor. Sé que cada paso nos acerca al momento en que Oliver verá a Alexander. Sé que cuando esos ojos hazel se encuentren con los ojos cansados del viejo Blackwood, el mundo se detendrá.