Capitulo 36.
El ambiente en el comedor se volvió gélido en cuanto Isaac arrojó el certificado de matrimonio sobre la mesa. Mila, sintiendo que la atmósfera estaba a punto de volverse letal para la inocencia, se inclinó hacia los pequeños.
—Llévalos al jardín —susurró Mila a la nana, con una urgencia que no admitía réplicas—. Ahora. Alexander, ve con Bianca, mamá tiene que hablar con el abuelo.
En cuanto la puerta se cerró tras los niños, el Sr. Sterling, el abogado de los Blackwood por más de treinta años, ajustó sus gafas de montura de plata. No se inmutó ante el drama; su pluma fuente seguía deslizándose sobre el papel, redactando en tiempo real las sentencias que Oliver dictaba.
Oliver Blackwood observó a Isaac. El silencio se prolongó hasta que el patriarca soltó un suspiro que sonó como el crujir de una lápida.
—Por fin —dijo Oliver, y hubo una nota de orgullo oscuro en su voz—. Por fin has actuado como el hombre de esta familia, Isaac. Has dejado de ser un espectador para hacer un movimiento real.
Nora Vance caminó hacia la mesa con una elegancia depredadora. Se detuvo justo detrás de Erik, apoyando sus manos en los hombros de su hermano. El gesto parecía afectuoso, pero sus uñas se enterraron en la tela de su saco.
—Erik, querido —susurró Nora, su voz goteando miel y arsénico—, parece que ahora compartimos mesa en más de un sentido. Espero que no te importe que Isaac y yo auditemos las cuentas de la familia. Queremos asegurarnos de que el patrimonio de nuestro sobrino Alexander esté... bien custodiado.
Erik no se movió. Su mirada seguía fija en Bianca, quien apretaba la mano de una Sofía temblorosa. La humillación de ver a su verdadera hija relegada a las "migajas" mientras su hermana Nora se aliaba con el enemigo era un cóctel explosivo.
Isaac enderezó la espalda, buscando ese reconocimiento que siempre le fue esquivo, pero las siguientes palabras de su padre fueron un tajo.
—Pero te has casado con una loba. Una Vance, nada menos. —Oliver miró a Nora con un respeto cargado de veneno—. Debo proteger mi apellido de tus ambiciones, hija de depredadores. Te has movido rápido, Isaac, pero es medianamente tarde.
Oliver hizo una seña al Sr. Sterling, quien asintió sin levantar la vista del documento.
—Escriba: Concedo a Isaac Blackwood el control operativo total de las empresas —sentenció Oliver—. Tendrás el mando, el sudor y la gestión diaria. Pero la propiedad absoluta de las acciones y de esta mansión recae en Mila.
Isaac apretó los puños. Tenía el timón, pero Mila era la dueña del barco.
—Si quieres destruir a tu hermanita menor, adelante, Isaac —provocó Oliver con una sonrisa de calavera—. Inténtalo. Pero recuerda que yo sé qué corazón late bajo ese traje italiano.
Oliver sabía que, a pesar de todo, Isaac sentía una lealtad retorcida por Mila. Y sabía que Mila, en su infinita y peligrosa bondad, no dejaría que Sofía se hundiera en la miseria total cuando el polvo se asentara.
—Quería una familia —empezó Oliver, y su voz, aunque áspera, cortó el aire con la precisión de un bisturí—. Pero tú, Beatrice, te encargaste de destruir a nuestros hijos. Los criaste como competidores, no como hermanos. Pusiste a mis hijas en un ring y manchaste el apellido con tu veneno.
Beatrice intentó abrir la boca, pero Oliver levantó un dedo, silenciándola.
—Todo lo que ha pasado es consecuencia tuya. No supiste ser madre para ninguno. Por eso, vivirás sola en el campo, expiando tus pecados bajo el peso de tu propia soledad. A menos —añadió con una mirada gélida— que la hija que odiaste desde que la llevabas en el vientre decida perdonarte y darte algo.
El rostro de Beatrice se desmoronó, perdiendo esa rigidez aristocrática para convertirse en una máscara de terror. Pero Oliver ya no la miraba. Sus ojos se clavaron en Caleb.
—En cuanto a ti... perdiste mi respeto y mi admiración. Pensé que amabas a mi hija mayor, te la entregué con mi bendición, y la traicionaste con la menor.
Caleb dio un paso al frente, con los hombros caídos pero la mirada firme. Ya no había rastro del hombre que buscaba aprobación.
—Siempre he amado a la menor —confesó Caleb en un susurro que retumbó como un trueno—. Mi error fue querer formar parte de una familia que no era mía.
—Entonces es peor —sentenció Oliver—. Cambiaste amor por dinero. Tu castigo es el exilio. Ya no eres parte de esta familia. No tienes el amor de la primera, que te daba estabilidad y dinero; ni el amor de la segunda, que te dio un hijo al que nunca podrás escucharle decir "papá"; ni la amistad del hermano que te trajo a esta casa y te cedió su lugar. No tienes nada, Caleb Thorne. Tu ambición te dejó desnudo.
Caleb cerró los ojos un segundo. El peso de la verdad era más denso que cualquier condena legal. Sin temblar, tomó la pluma y firmó el documento de renuncia.
—Lo acepto —dijo Caleb, dejando la pluma con un golpe seco—. Me iré hoy mismo.
—Es lo menos que puedes hacer —respondió Oliver sin mirarlo—. Desaparecer.
Sofía, que había permanecido en un estado de shock contenido, estalló. Sus manos golpearon la mesa, haciendo vibrar la porcelana.
—¿Y qué hay de Mila? —gritó, señalando a su hermana con un dedo acusador—. Se acuesta con mi marido, se embaraza de él, trae a ese niño y tú lo recibes como si fuese un premio. ¡Le dejas todo! ¡Se nota tu favoritismo desde siempre!
Oliver suspiró, una exhalación cargada de siglos de decepción.
—Mila ya pago su condena, Sofía. Renunció a su apellido, vivió en el exilio cuatro años, sometida a un hombre poderoso pero oscuro. Tú, en cambio, te humillaste y nos humillaste a todos por seguir el consejo de tu madre. Ella sobrevivió; tú te hundiste.
Entonces, el viejo león giró la cabeza hacia el hombre que observaba todo desde las sombras con una sonrisa indescifrable.
—¿Qué es lo que quieres en realidad, Erik Vance? —preguntó Oliver—. Estoy seguro de que no actuaste por caridad al reconocer al niño como tuyo.