capitulo 38
POV: ERIK
El aire fuera de la mansión era más frío que dentro. Mejor. El silencio del exterior no juzgaba.
—Felicidades.
La voz llegó antes que la presencia.
No me giré. No hacía falta.
—El hijo que adoptaste —continuó Nora, acercándose con pasos medidos— es ahora el heredero universal de la fortuna Blackwood… y también de la nuestra.
Silencio.
—Dime, Erik… —añadió con una suavidad venenosa—. ¿Cómo se siente?
Giré la cabeza apenas lo suficiente para mirarla.
—Apártate, traidora.
Una sonrisa lenta curvó sus labios.
—¿Traidora? —repitió—. Casarme con Isaac ha sido lo más coherente que he hecho en años. Tú, en cambio… —ladeó la cabeza— has sido una vergüenza constante para el apellido que tanto fingías defender.
Di un paso hacia ella.
—Has ensuciado el nombre Vance.
—No —cortó, sin alzar la voz—. Tú lo hiciste.
Eso me detuvo.
Nora dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio sin pedir permiso.
—Si tienes un hijo con Mila… uno de verdad, con sangre Vance —sus ojos brillaron con algo frío— ese niño crecerá a la sombra de otro. Porque tú elegiste darle a un bastardo nuestro apellido.
Apreté la mandíbula.
—No tienes idea de lo que dices.
—Oh, la tengo —susurró—. Elegiste mal. Y ahora pagas el precio.
Silencio.
Luego vino el golpe.
—Ni siquiera enterraste a nuestro padre como debía hacerse.
El mundo se tensó.
—No hubo flores. No hubo duelo. No hubo honor.
Mis manos se cerraron en puños.
—No hables de cosas que no entiendes.
—Lo entiendo perfectamente —replicó, firme—. Por eso estoy aquí.
Se irguió, como una reina en medio de un campo de ruinas.
—A partir de ahora, viviré para levantar el apellido Vance. Para devolverle el lugar que merece… y para ponerte en el sitio que siempre te ha correspondido.
Una pausa.
—Como la vergüenza de la familia.
El silencio entre nosotros fue denso. Vivo.
—Mi sangre reclamará lo que es suyo —dije al final, cada palabra medida—. Me encargaré de eso.
Sus ojos no se movieron.
—No deberías jugar a enfrentarte conmigo, Nora.
Ella sonrió. Lento. Seguro.
—Tú empezaste este juego, Erik.
Se inclinó apenas hacia mí.
—Yo solo voy a terminarlo.
Me giré por completo, enfrentándola.
—Puedes esconderte detrás de Isaac, auditar lo que quieras, mover números como si eso fuera poder…
Di un paso más cerca.
—Pero no olvides algo.
Silencio.
—Todo esto… —mi voz bajó— sigue siendo mío.
Nora sostuvo mi mirada un segundo más.
Sin miedo.
Sin duda.
—Eso es lo que más miedo me da —respondió—. Que realmente lo creas.
Y se fue.
*********
POV: MILA
Me aferré a la tela de su abrigo con los nudillos blancos, hundiéndome en su pecho. No era un abrazo, era un intento desesperado de fusionarme con él, de meterme debajo de su piel para que no pudiera dejarme atrás. El olor a su perfume, a lluvia y a él me llenó los pulmones, y por un segundo, el pánico de ver a Alexander herido se mezcló con el terror de perder a Caleb. Era el mismo vacío que sentía a los diez años, multiplicado por mil.
—Dios, me gustaría no haberte dicho que no en Redford —solté contra su cuello, mi voz era un estropicio, rota y húmeda—. Estaríamos lejos. Tú, yo, el niño… no habría bandos. Solo seríamos nosotros.
Caleb me sujetó la cara con una brusquedad que me hizo daño, pero no me importó. Sus dedos se clavaron en mis mejillas, obligándome a mirarlo. Sus ojos no tenían rastro de la calma que mostró en el salón; estaban inyectados en sangre, desesperados.
—Me gustaría haber tenido el valor de decirle a todo el mundo que siempre hemos sido tú y yo —confesó, y sentí su aliento caliente contra mis labios—. Pero me dio miedo, Mila. Un miedo de mierda de no volver a verte nunca.
***
POV: CALEB
El cielo terminó de romperse sobre nosotros. La lluvia estalló, primero como un aviso y luego como un castigo, empapándonos en segundos. Sentí el frío del agua calándome hasta los huesos, pero mientras la tenía en mis brazos, el clima era lo de menos. No sentía nada que no fuera la presión de su cuerpo contra el mío y ese latido desbocado de su corazón que siempre parecía ir a la par del mío.
Nos quedamos allí, bajo la tormenta, sin decir una maldita palabra. El agua me cegaba, pero no la solté. Sentía que el mundo podía borrarse, que la carretera podía desaparecer bajo nuestros pies, pero mientras ella me sujetara, yo seguía existiendo. Seguía siendo alguien.
Me incliné, buscando sus labios con una urgencia que me quemaba los pulmones. Fue un beso que sabía a lluvia y a derrota, un intento desesperado de sellar todas las grietas de nuestra historia antes de que el camino nos separara. Me aferré a ella, tragándome su aliento, ignorando que mis propias manos temblaban de puro terror.
La separé apenas unos centímetros, lo suficiente para que nuestras frentes se tocaran y el agua corriera entre los dos.
—Vuelve a casa, oveja descarrilada —le susurré. Mi voz era un hilo ronco que apenas podía contra el estruendo de la tormenta.
—La oveja descarrilada no existe sin ti —respondió ella, y sentí sus puños cerrarse con fuerza contra mi abrigo empapado.
Le sujeté el rostro. Tenía las manos heladas, pero sentía que los ojos me ardían. Tenía que ser el adulto, aunque por dentro estuviera gritando.
—La oveja descarrilada es la reina de los Blackwoods ahora —sentencié, tratando de convencerla y de convencerme a mí—. Y la madre que siempre soñé que tuviera mi hijo. Vuelve a casa, Mila. Cuida a tu padre, calma la rabia del hermano al que herimos… pero sobre todo, cuida a nuestro hijo.
Mila me miró como si le hubiera dado un golpe. Vi la rabia subiendo por su garganta, caliente, ácida.