Infame

39

capitulo 39

POV: SOFÍA

El aire se me quedó atascado en los pulmones. Sentía que las paredes del pasillo se cerraban sobre mí, aplastándome. Mis manos no solo temblaban; estaban fuera de mi control.

—Suéltame —le siseé a Erik cuando intentó tocarme. Su cercanía me asfixiaba—. ¡No me toques!

Bianca apareció en el umbral de su habitación, perfectamente vestida con su tutú rosa y el bolso de ballet al hombro. Me miró con esos ojos enormes, llenos de una confusión que me partió el alma.

—¿Mamá? —su voz era un susurro—. ¿Nos vamos ya?

—No puedo... no puedo conducir así, amor... —dije, tropezando con mis propias palabras mientras retrocedía.

Bianca bajó la mirada. Con un gesto lento y cargado de una tristeza adulta, se soltó el listón del pelo.

—Ojalá papá estuviera aquí —murmuró.

Ese nombre, papá, refiriéndose a Caleb, fue el golpe final. Erik dio un paso al frente, con esa autoridad fría que nunca lo abandonaba.

—El tío Erik te llevará —sentenció él.

—No... —intenté protestar, pero la náusea me venció.

—La llevaré. Respira, Sofía.

No pude más. Salí corriendo por el pasillo antes de explotar frente a mi hija. Crucé el umbral de la mansión y el frío de la lluvia me golpeó el rostro, mezclándose con las lágrimas que por fin desbordaron. A lo lejos, vi cómo los criados terminaban de subir las maletas de mi madre al coche.

—¡Mamá! —grité, corriendo hacia el vehículo que ya empezaba a moverse—. ¡Mamá, no te vayas! ¡Lo arreglare! ¡Mamá, por favor, no me dejes!

El coche no se detuvo. Vi la silueta de Beatrice a través del cristal, rígida, sin mirar atrás ni una sola vez. Me caí de rodillas en el barro de la entrada, sintiendo cómo el agua empapaba mi ropa cara, convirtiéndola en trapos pesados.

—¿Ahora quién va a mirarme como alguien importante? —sollocé contra el suelo—. Mamá... no soy nada...

Toda mi vida había sido un intento desesperado por ser la favorita, por arrebatarle a Mila el amor que le sobraba para sentirme viva. Y ahora, mi madre me desechaba como a una pieza rota.

El sonido de cascos golpeando el suelo mojado me hizo levantar la vista. Mila aparecía montada en su caballo, empapada, con el rostro pálido. Al verme allí, tirada en el lodo, saltó del animal y corrió hacia mí.

—¿Sofía? —su voz estaba llena de una preocupación que me dio asco.

Intentó levantarme del suelo, pero la empujé con todas mis fuerzas.

—¡Mamá se ha ido! —le grité, golpeando el aire—. ¡Caleb también! ¡Esto es todo tu culpa! ¡Te odio, te odio, te odio!

Empecé a golpearla con los puños cerrados, descargando toda la rabia de mis doce años y de mis treinta. Mila intentó defenderse, cubriéndose la cara, hasta que me sujetó firmemente de los brazos, obligándome a mirarla.

—¡Cálmate, Sofía! —gritó ella.

—¡Quisiera que murieras! —le escupí con veneno—. ¡Quisiera que nunca hubieras nacido! Me quitaste todo... el amor de mi hermano, el de mi padre, el de mi marido... y ahora el de mi madre. ¡No me dejaste nada!

Esperaba que me devolviera el golpe. Esperaba que me gritara que era una basura. Pero Mila no lo hizo. En lugar de eso, me rodeó con sus brazos y me apretó contra ella, ignorando mis intentos por zafarme.

Poco a poco, mis músculos se rindieron. Me derrumbé en el suelo, llorando sobre su hombro, mientras la lluvia seguía cayendo sin tregua.

—Te odio... te odio... —repetí, pero ya no tenía fuerza. Era solo un lamento.

Mila me acarició el pelo mojado, pegándome a su pecho.

—Lo sé... —me respondió en un susurro—. Tranquila. Respira, Sofía. Todo estará bien.

En ese momento, bajo la tormenta, comprendí la verdad más amarga de todas: la única persona que me quedaba en el mundo era la única a la que había jurado destruir.

(...)

El agua de la bañera está tibia, perfumada con aceites que no logro reconocer porque mis sentidos están embotados. No tengo fuerzas ni para sostener mis propios párpados. Mila me ha guiado hasta aquí como si yo fuera una muñeca de porcelana a punto de estallar, y ahora se mueve por el cuarto de baño con una delicadeza que me resulta insoportable.

Fuera, en el pasillo, no hay nadie. No está el eco de los pasos de mi madre, ni su sombra filtrándose por la puerta. Beatrice se ha ido. El silencio es el único testigo de mi ruina.

Mila se arrodilla junto a la bañera de mármol. Se ha remangado su camisa de seda y empieza a frotar mis hombros con una esponja suave. Sus movimientos son lentos, rítmicos, cargados de una ternura que me quema más que el agua caliente.

—Mírate, Sofía —susurra Mila, pero su voz no tiene veneno. Tiene una tristeza profunda, una que reconoce mi propio dolor—. Estás agotada. Deja que te cuide un momento. Solo un momento.

No respondo. Me limito a mirar el agua, que empieza a enturbiarse con el lodo y la miseria que traigo de afuera. El recuerdo de hace años me golpea: yo arrodillada en este mismo lugar, tirando de su pelo, recordándole que no era nada.

—Dime algo venenoso —suelto de pronto, y mi voz suena rota, como un cristal pisoteado—. Vengate, Mila. Es tu oportunidad. Humíllame por todas las veces que te hice sentir pequeña en esta misma bañera. Es tu turno de ponerme el pijama rosa.

Mila detiene la esponja un segundo. Me mira con esos ojos que han visto demasiados incendios. No hay rastro de triunfo en ellos.

—¿Para qué? —pregunta ella en un hilo de voz—. ¿Ya no hemos sufrido todos demasiado, Sofía?

Siento un nudo de rabia y envidia subirme por la garganta. Incluso ahora, ella tiene la capacidad de perdonar, y eso me hace sentir aún más miserable.

—¿Tú sufriste? —me río, una risa seca y amarga—. Te quedaste con todo, Mila. Como siempre. El testamento, la mansión, el apellido Vance, la atención de todo el mundo... Ganaste la partida. Mírame a mí, estoy en el suelo.

Mila deja la esponja y me toma de las manos bajo el agua turbia. Su agarre es firme, real.




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