Capitulo 40
POV: MILA
El silencio de la mansión tras la partida de mi madre era un peso físico, pero el llanto que venía de la habitación de Alexander era una daga. Entré despacio, tratando de que el aroma a aceites relajantes del baño de Sofía no se mezclara con el miedo que empezaba a crecer en mi estómago.
Alexander estaba hecho un ovillo bajo las sábanas, con los ojos hinchados y el hipo cortándole la respiración. Al verme, no corrió hacia mí; se hundió más en la almohada.
—Mamá está aquí, amor. Tranquilo —susurré, sentándome al borde de la cama y acariciando su frente sudorosa.
—Quiero a papá… —balbuceó él, con una voz tan pequeña que me rompió el alma—. Quiero que venga Erik.
Sentí una punzada de amargura. Caleb estaba fuera, proscrito, y el hombre que Alexander reclamaba era el mismo que lo había mirado con asco horas antes.
—Erik tuvo que salir, Alexander. Pero pronto estará de vuelta. Él te quiere, ¿por qué lloras así?
Alexander se incorporó lentamente, mirándome con una confusión que no debería pertenecer a un niño de su edad.
—¿Por qué ya no me quiere, mamá? ¿Qué hice mal?
—Erik sí te quiere, mi vida. ¿Por qué dices eso? —pregunté, aunque el frío en mi espina dorsal ya me estaba dando la respuesta.
—Porque me empujó —soltó, y las lágrimas volvieron a rodar con fuerza—. Estaba enojado conmigo, no sé por qué. Yo no me he portado mal. He sido bueno, mamá… he jugado a todo lo que él quería. Pero hoy me empujó al suelo y no ha venido a verme, ni a jugar a los piratas conmigo antes de dormir como hace siempre.
El aire se me escapó de los pulmones. Recordé la caída en el jardín, el tobillo inflamado, la versión "oficial" de un accidente doméstico que yo me había obligado a creer para no volverme loca.
—¿Te empujó? —mi voz tembló—. ¿No te caíste jugando a la pelota, Alexander?
—Él pateó la pelota muy lejos… y luego me apartó del camino. Sus ojos daban miedo, mamá. Ya no eran los ojos de papá.
Apreté el puño debajo de las sábanas, clavándome las uñas hasta que el dolor me devolvió la claridad. La imagen de Erik en el capítulo anterior, frío, nihilista, admitiendo que Alexander era "un error", cobró un significado físico y violento. Ya no era solo una cuestión de herencias o de quién era el padre biológico; Erik había puesto sus manos sobre mi hijo con la intención de dañarlo.
—Escúchame bien —le dije, cargándolo y pegándolo a mi pecho con una fuerza protectora—. Erik te quiere. Lo de hoy… eso debió ser un accidente, un mal momento. Él tiene muchas cosas en la cabeza ahora, pero tú eres un niño bueno. Eres el mejor niño del mundo.
Mentí. Mentí con la maestría de una Blackwood porque Alexander necesitaba dormir sin pensar que su héroe era un monstruo. Lo mecí en mis brazos, besando sus sienes y susurrándole promesas de barcos piratas y campos de ovejas hasta que sus párpados cedieron y su respiración se volvió rítmica.
Alexander se durmió aferrado a mi mano, con el rostro aún húmedo y el corazón roto por un «accidente» que yo sabía que era una sentencia. Salí de su habitación en silencio; la mansión era un mausoleo de techos altos y secretos podridos, pero mi sangre hervía con una claridad gélida que solo el odio puede otorgar. La nana me había confirmado lo que mi lógica se negaba a procesar: Erik se había llevado a Bianca a ballet.
¿Por qué? ¿Desde cuándo el nihilismo de Erik Vance tiene espacio para un tutú rosa?
Subí a nuestra habitación compartida en la mansión Backwoods. Me despojé de la ropa sucia de barro y lluvia —los restos de mi encuentro con Sofía— y me puse un conjunto de lencería de encaje francés, negro como una viuda que no piensa guardar luto. Me senté en el borde de la cama, en la penumbra, con un vaso de whisky puro que bajaba por mi garganta como fuego líquido.
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POV: ERIK
Crucé el umbral de la mansión con los brazos entumecidos y el ego extrañamente inflado. Bianca era un bulto cálido que roncaba suavemente contra mi hombro, su tutú rosa aplastado contra mi traje de tres mil dólares y una cantidad ofensiva de purpurina pegada a mi mejilla. La escena debía de ser ridícula: el hombre más cínico del país cargando una mochila de ballet con pompones.
Nora estaba en el vestíbulo, observando la escena con esa elegancia depredadora que siempre la hacía parecer un buitre esperando a que alguien muriera.
—Vaya —soltó, cruzándose de brazos—. ¿Ahora decidiste robarle también la hija a Caleb? Llego a pensar que tu obsesión es él, Erik... y tu sexualidad, bastante dudosa.
Me detuve frente a ella, sosteniendo el peso de la niña con una mano mientras me ajustaba el cuello de la camisa con la otra. Esbocé una sonrisa cargada de malicia, esa que solía preceder a mis mejores insultos.
—Buenas noches, querida Nora. Te ves como toda una Blackwood: intrigosa y rebosante de veneno. Te sienta bien el apellido —le lancé un besito al aire, disfrutando de cómo sus ojos se entrecerraban.
—Eres un insulto para nuestro apellido —escupió ella con asco.
—Sí, sí, lo sé —respondí, empezando a subir las escaleras sin mirar atrás—. Lo más gracioso es que, a partir de hoy, tú también lo eres. Bienvenida al club de la infamia, hermanita.
Mientras subía los peldaños, sentí el peso de la niña en mis hombros.
—Estás muy pesada después de un rato, pequeña Blackwood —mascullé para mí mismo—. Y me tienes todo lleno de purpurina. Es una pesadilla.
Bianca no respondió; estaba profundamente dormida, ajena a la guerra civil que se libraba bajo sus pies. Caminé por el pasillo hasta la habitación de Sofía y entré sin tocar. La cortesía nunca había sido mi fuerte, y menos en esta casa de cristal.
Sofía estaba sentada en el borde de su cama. Tenía los ojos hinchados, de un rojo violáceo que delataba horas de llanto incontrolable. Al verme, se puso de pie de un salto, como si hubiera visto a un fantasma.