Capítulo 41: La Mesa de las Discordias
POV: ISAAC
Desperté con una sensación que no conocía: el peso de la autoridad. Al abrir los ojos, la habitación de siempre se sentía distinta, como si las paredes finalmente me reconocieran como el dueño de sus ecos. No más sombras, no más ser el "hijo que espera".
A mi lado, Nora ya estaba despierta. No lucía despeinada ni vulnerable; estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda negra, revisando documentos en su tablet mientras el sol de la mañana apenas empezaba a filtrarse.
—Buenos días, patriarca —dijo ella, sin mirarme, pero con una sonrisa que me erizó la piel—. El desayuno está servido. He tomado la libertad de reorganizar el comedor. Los Blackwood eran demasiado afectos a la porcelana ruidosa y a los colores que invitan a la charla. He decidido que hoy necesitamos claridad.
Cuando bajamos, el comedor era irreconocible. Nora se había movido como una plaga silenciosa durante la madrugada. Los manteles de lino blanco con el escudo familiar habían sido reemplazados por manteles de grafito oscuro. La cubertería de plata pesada fue guardada, y en su lugar había piezas minimalistas, afiladas, de acero mate. El aroma a café fuerte y frutas frescas de mi padre había sido sustituido por un té verde amargo y cuencos de porcelana negra con porciones medidas de forma quirúrgica.
Era el estilo Vance. Eficiente. Frío. Sin espacio para el exceso emocional.
Me senté a la cabecera, el lugar que Oliver Blackwood había ocupado durante décadas. El cuero de la silla crujió bajo mi peso, y por primera vez, no sentí miedo.
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POV: SOFÍA
Entré al comedor con Bianca de la mano, y me detuve en seco. Sentí que me habían robado la casa mientras dormía. Las paredes parecían más grises, el aire más rancio. Miré la mesa y una náusea de indignación me subió por la garganta.
—¡¿Qué es esto?! —grité, soltando la mano de Bianca—. ¡Nana! ¡James! ¡Vengan aquí ahora mismo!
Dos sirvientes aparecieron, temblando, con los ojos fijos en el suelo.
—Quiten esta basura —ordené, señalando los cuencos negros—. Busquen la vajilla de la abuela. Y quiero los huevos Benedict y las tostadas de siempre. Y cambien este mantel, parece que estamos en un funeral.
Los criados dudaron, mirando hacia la cabecera. Fue entonces cuando Isaac dejó su taza de té sobre la mesa con un golpe seco que resonó en todo el salón. Se levantó despacio, ajustándose la chaqueta del pijama de seda con una parsimonia que me resultó insultante.
—Vuelvan a sus puestos —ordenó Isaac a los sirvientes. Ellos desaparecieron en un segundo—. Ya no eres la que da las órdenes aquí, Sofía. Ahora eres la que se sienta y agradece callada la comida que hay en la mesa.
Me quedé boquiabierta. Di un paso hacia él, sintiendo que la sangre se me subía a la cara.
—No seas ridículo, Isaac. Estos no son nuestros colores, ni tampoco desayunamos esta mierda saludable de hospital. Somos Blackwood, y esta mesa parece una sucursal de las oficinas de los Vance. Ten un poco de dignidad.
Isaac me miró de arriba abajo, con una frialdad que nunca le había visto. Se parecía a Nora. Se estaba convirtiendo en ella.
—Si no te gusta, Sofía, es muy simple: recoge tus cosas y sigue el ejemplo de nuestra madre. Vete a tu propiedad en la playa y llévate a la niña. Aquí las cosas han cambiado.
La bofetada fue instantánea. Mi mano impactó contra su mejilla con toda la rabia de mi humillación acumulada. El sonido del golpe quedó flotando en el aire denso.
—¡Papá no ha muerto aún! —le siseé, con las lágrimas ardiéndome en los ojos—. Y no iré a ningún lado. Esta es mi casa tanto como la tuya. Crees que tienes el control por fin, pero sigues siendo el mismo idiota de siempre, Isaac. La única diferencia es que ahora te controla tu mujer.
Isaac no se inmutó. Giró la cara lentamente hacia mí, con la marca roja de mis dedos encendida en su piel pálida. No hubo dolor en su mirada, solo un vacío absoluto.
—La diferencia —respondió él, su voz bajando a un susurro peligroso— es que mi mujer me ha dado el trono que tú y Mila me negaron durante años. Nora no me controla, Sofía. Ella me ha despertado.
Miró a Bianca, que observaba la escena con los ojos muy abiertos, aferrada a su bolso de ballet.
—Siéntate y come. O vete. Pero no vuelvas a levantarme la mano en mi propia casa.
Nora, desde su asiento, bebió un sorbo de té sin dejar de mirarnos con una satisfacción depredadora. Sabía que la guerra civil de los Blackwood apenas estaba comenzando, y ella ya había ganado la primera batalla: nos había quitado el hogar, dejándonos solo las paredes.
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POV: MILA
Alexander despertó con una energía que no parecía propia de alguien con un tobillo vendado. Al abrir los ojos, me encontré con una escena que rozaba lo surrealista: Erik estaba allí, sentado en el sillón de la habitación, rodeado de globos de colores, un peluche enorme y una bandeja de desayuno que parecía sacada de un hotel de lujo.
—¡Papá! —gritó Alexander.
Saltó de la cama, ignorando el dolor punzante, y corrió hacia él. Lo abrazó con una desesperación que me encogió el corazón, ignorando por completo los regalos, el peluche y los dulces. Solo quería el contacto. Solo quería saber que su héroe no lo odiaba.
—Hola, pequeño pirata —dijo Erik, y por un segundo, su voz no sonó a metal frío—. ¿Qué tal va ese pie?
—No duele, ya no duele —mintió Alexander, escondiendo la cara en su cuello.
—Si duele, no mientas —intervine, desperezándome con lentitud mientras observaba a Erik. Le dediqué una mirada que decía claramente: buen trabajo.
Erik me sonrió de vuelta, pero no fue una sonrisa amable; fue esa mirada depredadora, la que reclamaba el pago por cada buena acción. Quiero mi premio, decían sus ojos.
—¿Esto es para mí? —preguntó Alexander, señalando los globos.
—Quería pedirte perdón por el incidente de ayer —respondió Erik, acariciándole el cabello con una torpeza que intentaba disimular—. Papá estaba... raro.