Infame

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Capítulo 43: El Refugio de los Perdidos

Mila conducía con una fijeza suicida. Sus manos apretaban el volante del deportivo con tanta fuerza que los nudillos resaltaban como mármol bajo la luz del tablero. Atrás, Alexander reía, ajeno al incendio que su madre alimentaba por dentro.

—¿A dónde vamos, mamá? —preguntó el niño. —De paseo, amor —respondió Mila. La sonrisa que le devolvió por el retrovisor fue una mueca técnica, un simulacro que no alcanzó a sus ojos.

Mila sentía un vacío gélido en el pecho. Durante cuatro años, Erik Vance había sido su balsa. Él la había rescatado del fango de su propia autodestrucción, le había dado un apellido que pesaba más que su culpa y una corona de condesa que ella usaba como armadura. No se amaban con la desesperación febril que ella sentía por Caleb, pero tenían algo que Mila creía más sólido: respeto. Eran partners in crime. Erik conocía sus sombras, respetaba su pasado e incluso aceptaba el fantasma de Caleb que siempre habitaba entre ellos. Eran iguales. O eso creía ella hasta que la imagen de Erik y Sofía quemó sus retinas.

La nana, sentada al lado del niño, cruzó la mirada con ella. Conocía ese rictus; lo había visto diez años atrás, cuando Mila buscaba el fondo de cada botella para acallar el estruendo de sus demonios.

Al llegar a Redford, Mila alquiló una suite en un complejo funcional y anónimo. —Pide algo de cenar para él. No me esperen levantados —dijo Mila, entregando las llaves. —Señorita Mila… no vuelva ahí —susurró la mujer. —Necesito drenar, nana —cortó Mila con voz gélida—. O Erik terminará de romper lo que queda de mí.

Mila salió de la habitación. No buscaba diversión; buscaba anestesia.

****

POV: CALEB

Redford era un nuevo comienzo. Tras el exilio de la mansión, mi nombre seguía siendo mi activo más valioso. Como abogado, mi prestigio no dependía de los Blackwood, sino de mi capacidad para ganar batallas perdidas. Una firma importante me había contratado para una fusión de alto nivel y me habían alojado en el mejor complejo del pueblo.

Caminaba hacia el ascensor, repasando mentalmente los términos del contrato, cuando las puertas se abrieron y el mundo se detuvo.

—¡Tío Caleb!

Un torbellino de energía pequeña impactó contra mis piernas. Alexander me abrazaba con una fuerza que me robó el aire. Me agaché instintivamente, levantándolo en peso mientras su risa llenaba el estrecho cubículo.

—¡Hey, campeón! —exclamé, con el corazón martilleando contra mis costillas—. ¿Cómo estás? ¿Qué hacen ustedes aquí?

—Señor Caleb —saludó la nana, con una mezcla de alivio y terror en el rostro.

—Mamá dijo que veníamos de paseo —explicó Alexander, emocionado.

Miré a la nana por encima de la cabeza del niño.

—¿Y dónde está Mila?

—No lo sé —respondió el pequeño, encogiéndose de hombros—. Nos dejó la llave y se fue.

La nana bajó la mirada, confirmando mis peores temores sin decir una sola palabra. La conocía demasiado bien. Mila estaba en algún lugar de Redford intentando borrarse a sí misma.

—¿Te quedas con nosotros hasta que mamá vuelva? —me pidió Alexander, con esos ojos que siempre me recordaban por qué seguía peleando—. Podemos hacer cosas divertidas, tío Caleb.

—Sí, claro —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Dejo mi maleta en mi habitación y los alcanzo.

Para mi sorpresa, mi habitación estaba justo enfrente de la suya. Entré, tiré el maletín sobre la cama y saqué el teléfono. Marqué el número de Mila. Una, dos, tres veces. Nada.

Le escribí un texto: “¿Estás en Redford?”

La respuesta llegó al minuto: “No.”

Escribí nuevamente: “he visto a Alexander hace un minuto en Redford”

No me lo pensé. La llamé de nuevo y esta vez, sorprendentemente, aceptó la llamada.

—¿Lo estás siguiendo? —fue lo primero que espetó ella. Su voz arrastraba las palabras, con esa aspereza que solo el alcohol otorga.

—Por supuesto que no, Mila. Estoy aquí por trabajo. ¿Qué demonios haces tú en Redford?

—Mantente lejos de mi hijo, Caleb. No te acerques a él…

Mila iba a colgar, pero en el fondo de la línea escuché el estruendo: el choque de botellas, la música de un bar de mala muerte y el murmullo de voces borrachas. Era el sonido de la autodestrucción.

—¿Estás bebiendo? —pregunté, sintiendo una furia protectora quemándome la garganta.

Clic. Ella colgó.

Me puse el abrigo de lana oscura con movimientos mecánicos. Sabía exactamente a dónde iría. Solo había tres bares en Redford que encajaban con ese ruido, y Mila siempre elegía el que tenía la luz más tenue. Salí al pasillo, miré la puerta de Alexander y me hice una promesa: la traería de vuelta, aunque tuviera que cargar con su odio y su borrachera sobre mis hombros.

***

POV: MILA

El bar era un antro de mala muerte, el lugar perfecto para que Mila Blackwood muriera y la Condesa Vance resucitara en cenizas. La música era un martilleo incesante que intentaba competir con las voces en mi cabeza. Erik. Sofía.

Me bebí el primer whisky de un trago. Quería que quemara. Quería que el fuego del alcohol borrara la imagen de Erik —el hombre que fue el escudo de mi hijo— tocando a la mujer que más odio me tiene despues de mi madre.

¿Cómo pudo hacerme esto? Erik Vance me rescató del fango. Me dio poder, me puso la corona y, lo más importante, le dio un nombre a Alexander. Él sabía que el niño era un Thorner, sabía que era la sangre de Caleb, y aun así lo reclamó ante el mundo. Éramos socios, cómplices en la mentira más grande de los Blackwood. En la cama, éramos iguales; fuera de ella, éramos un frente unido contra los lobos. Yo lo respetaba. Yo lo... lo quería. No con el fuego salvaje que me encadenaba a Caleb, sino con un amor hecho de gratitud y refugio. Erik era mi lugar seguro.

Y ahora, ese refugio estaba maldito.




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