Infame

44

Capuitulo 44

POV: ERIK VANCE

Me quedé en la penumbra de la entrada, observando cómo las luces del deportivo se apagaban. Ver a Caleb Thorne bajar de ese auto fue como sentir una descarga eléctrica de puro ácido recorriéndome la columna.

Ahí estaba. El mártir. El hombre que le dio una vida de desgracias y de quien yo la rescaté. Durante cuatro años, yo fui quien le dio un nombre, quien le puso una corona y quien limpió el rastro de sus lágrimas. Yo fui el padre de Alexander mientras Caleb era un fantasma. Pero al parecer, a la primera oportunidad, ella corre de vuelta al fango, llevándose a mi hijo como un trofeo para exhibirlo ante su verdadero dueño.

Sentí una presión en el pecho que mi nihilismo no lograba explicar. Sofía tenía razón en el laberinto: me había vuelto patético.

Mila entró en la casa. El aire se volvió pesado, saturado de esa tensión que ella siempre arrastra. Se veía cansada, con el rímel corrido y esa fragilidad que siempre intenta ocultar con orgullo.

—¿Dónde estabas? —pregunté. Mi voz salió con esa cadencia aburrida, la máscara perfecta de quien no tiene corazón.

Ella no se giró. Se quedó de espaldas, una silueta pequeña en medio de mi imperio. —No más preguntas, mi amor —respondió.

Ese "mi amor" me supo a veneno. Solté una risa seca, cargada de una ironía que quemaba.
Se acercó. Me besó. Suave. Controlado. Demasiado controlado. Como si el beso fuera una llave que intenta cerrar una puerta que ya está abierta.
Se separó.
Sonrió.
Esa sonrisa.
La que no es sonrisa.
La que es estrategia. La que le enseñe yo.

—Pensé que habíamos superado tu obsesión por Caleb —dije.

—Tenemos una relación abierta, tú lo sabes.

La agarré del brazo y la giré hacia mí, empujándola contra la pared del pasillo. No fue violencia, fue un reclamo de propiedad. Quería ver en sus ojos el rastro de la culpa, quería que viera que yo estaba por encima de su pequeña aventura familiar la anoche anterior.
—Así parecía —respondió—. Superamos unas obsesiones… y encontramos otras.
La besé.
Esta vez no fue controlado.
Fue un error.
Un reflejo.
Un fallo de juicio.
Algo que no debía ocurrir.
Pero ocurrió.
Y ella no se apartó.
Nunca lo hace.
Eso es lo más peligroso de Mila.
No huye.
Permanece.
Incluso cuando debería irse.
Me separé.
Iba a hablar.
Iba a volver al control.
A la lógica.
A lo seguro.
Pero ella levantó un dedo.
Y me lo puso en los labios.
Silencio impuesto.
—Sé que duermes con Sofía —dijo.
El mundo no se detuvo.
Pero algo dentro de mí sí.
No lo exterior.
Eso nunca.
Lo interior.
Lo que no se muestra.
Lo que no existe oficialmente.
La miré.
Ella sonreía.
Pequeño desastre elegante.
Como si acabara de ganar algo.
—¿Te has divertido, mi amor? —añadió.

************

POV: MILA

La puerta de la suite se sentía como la entrada a una celda, pero era la única que me mantenía a salvo de su mirada. No encendí las luces. No podía soportar ver mi propio reflejo, esa versión de mí que Erik había moldeado para ser su igual.

Me dejé caer en la alfombra, abrazando mis piernas con una fuerza que me cortaba la circulación. Y entonces, lloré. No fue un llanto de condesa; fue un sollozo animal, un desgarro que me subía por la garganta y me quemaba los pulmones. Lloré por la traición, lloré por la imagen de ellos en el laberinto, pero sobre todo, lloré por el vacío que Erik había dejado al romperse como mi lugar seguro.

—No me importa —susurré contra mis rodillas, mientras las lágrimas empapaban la seda de mi vestido—. No me importa, no me importa, no me importa…

Lo repetí como un mantra, como si las palabras pudieran convertirse en una armadura.

—Erik Vance no me importa. Es solo un contrato. Es solo un apellido. ¿Por qué no se detiene? ¿Por qué no para este dolor? —Me golpeé el pecho con el puño cerrado, intentando que el impacto físico acallara el latido errático de mi corazón—. Solo es un hombre vacío. Un nihilista patético. No lo quiero. Jamás lo quise.

Mentí. Mentí en la oscuridad hasta que mi propia voz me sonó extraña. Lloré hasta que los ojos me ardieron y la garganta se me cerró por completo. Me dolía Erik porque había empezado a confiar en que su lealtad era el único suelo firme bajo mis pies. Y ahora, me estaba desangrando sobre los escombros de esa confianza.

—Vete, Erik —gemí al aire—. Vete de mi cabeza. Vete de mi casa. Ya te descubrí… ya no tienes poder sobre mí. No me importas nada.

Me quedé allí, ovillada en el suelo, esperando que la mentira se hiciera realidad. Pero el dolor seguía ahí, nítido y constante, recordándome que Erik Vance se había llevado algo que yo juré que nadie volvería a tocar: mi capacidad de ser destruida por alguien.

**********************

POV: ERIK VANCE

Bajé al comedor principal con la máscara perfectamente ajustada. Ni un pelo fuera de lugar, ni una arruga en mi camisa, ni un rastro del hombre que anoche fue humillado con un dedo sobre los labios.

La escena en el comedor era una representación teatral del odio. La mesa estaba dividida con una precisión quirúrgica: a un lado, los restos del naufragio de los Blackwood; al otro, la eficiencia gélida de los Vance.

Isaac y Nora presidían las cabeceras como buitres esperando que el cuerpo de Oliver Blackwood terminara de enfriarse. Sofía estaba sentada junto a Bianca, con esa palidez de mármol que había adquirido desde el laberinto. Sus ojos se cruzaron con los míos un segundo; ella buscaba al hombre que desarmó anoche, pero solo encontró al socio principal de la firma. La ignoré.

Caminé hacia el lado de los Vance y ocupé mi silla con una parsimonia irritante. Noté los dos lugares vacíos a mi lado de inmediato. Alexander y Mila. Su ausencia pesaba más que toda la artillería sentada a la mesa.




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