Infame

45

Capítulo 45: El sonido del cristal rompiéndose

POV: SOFÍA

El aire en el porche se volvió sólido, una masa invisible que me impedía llenar los pulmones. Miré hacia el jardín y vi a Alexander, tan parecido a Caleb que dolía, y luego a Bianca. Mi pequeña Bianca. El pánico me subió por la garganta como bilis.

—Llévatela —le siseé a la nana de Bianca, sin apartar la vista de Mila—. Llévatela ahora mismo adentro. Que no salga hasta que yo lo diga. ¡Muévete!

La mujer asustada tomó a mi hija en brazos y desapareció. Me quedé sola en la barandilla, observando la escena abajo. Mila e Isaac habían entrado a la casa, dejando un rastro de cenizas a su paso. Erik seguía allí, en medio del césped, con una expresión que nunca le había visto. No era aburrimiento. No era ironía. Era una furia gélida, contenida, que buscaba por dónde estallar.

Alexander había dejado su balón cerca de los pies de Erik. De repente, mi cuñado —mi amante, mi cómplice, mi error— soltó una patada brutal al juguete. El balón voló por los aires, perdiéndose entre los arbustos con un impacto seco.

Bajé los escalones casi tropezando con mi propio vestido. Necesitaba saber. Necesitaba confirmar que el mundo no se había acabado todavía.

—¿Ella lo sabe? —le pregunté, llegando a su lado. Mi voz temblaba tanto como mis manos—. ¿Se lo dijiste, Erik?

Él no me miró. Seguía con la vista fija en la puerta por la que Mila se había ido. Lo agarré por el saco, arrugando la tela costosa, obligándolo a reconocer mi existencia.

—¡Contéstame! ¿Se lo dijiste?

Erik giró la cabeza lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, carentes de toda esa elegancia que solía presumir.

—Sí, Sofía. Sí, lo sabe —soltó con una voz que sonaba a lija—. ¿Es que no la ves? No ves cómo camina con la cerilla encendida en la mano, esperando a que todo esto arda. No ves cómo me ignora... como si yo fuera nada. Como si no existiera.

El terror se convirtió en rabia. Sin pensarlo, levanté la mano y le crucé la cara con una bofetada que resonó en todo el jardín.

—¡Imbécil! —le grité—. ¡No tenías que decirle! ¡Bianca no tiene la culpa de lo que nosotros hicimos! ¡Es una niña!

Erik se llevó la mano a la mejilla, pero no se inmutó. Me miró con un desprecio que me hizo retroceder.

—¿Crees que soy estúpido? —rugió—. ¡Yo no se lo dije! Mila no es tonta, Sofía, ella nos olió desde el primer día. ¿Y por qué metes a Bianca en esto? —me miró con sospecha, entrecerrando los ojos—. ¿Qué tiene que ver la niña?

Me quedé helada. Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Él no sabe que ella sospecha de la paternidad. Solo cree que sabe lo nuestro.

—¿Qué sabe exactamente? —pregunté, tratando de recuperar el aire.

—Que hemos tenido varios deslices juntos... o uno. No lo sé. Ella lanzó el anzuelo y yo... —se interrumpió, apretando los dientes—. Yo caí.

—¡Mierda! —lo empujé con todas mis fuerzas, necesitando descargar mi angustia en algo físico.

Erik se recompuso, ajustándose el saco con movimientos mecánicos. Su máscara volvió a encajarse en su sitio, pero estaba agrietada. Me miró de arriba abajo con esa frialdad que solía atraerme y que ahora me daba asco.

—¿Por qué esa cara de sufrimiento, Sofía? —preguntó con malicia—. Querías vengarte de tu hermana, ¿no? Querías quitarle lo que ella te quitó. Pues lo has hecho. Disfruta el paisaje, está lleno de escombros.

—Tú me arrastraste a esto —dije, sintiendo que las lágrimas empezaban a quemar mis ojos—. Tú viniste a buscarme cuando sabías que yo era débil, cuando sabías que odiaba verla a ella con el corazon de mi marido, y tu odiabas lo mismo. La amas, pero no lo admitiras.

— No amo a nadie sofia, el amor es para debiles, para personas como tú. Ademas no te haas la victima disfrutaste el proceso tanto como yo, te saque del infierno muchas veces—replicó él, sacando un cigarrillo y encendiéndolo con manos sorprendentemente firmes—. Y no te pongas dramática. Que sepas que yo también me arrepiento.

Me eché a reír. Fue una risa cansada, amarga, la risa de alguien que ha perdido su última apuesta.

—Ya no te parece divertido —le dije, mirándolo a los ojos—. Esto sí es una novedad, Erik Vance. El hombre que no siente nada está sufriendo porque su creación lo ha superado.

Erik le dio una calada profunda al cigarrillo, entrecerrando los ojos contra el humo.

—Me divierte —mintió—. Solo que de otra forma menos... expresiva.

Le arrebaté el cigarrillo de los dedos y lo tiré al suelo, aplastándolo con mi tacón. Quería herirlo. Quería que sintiera el mismo abismo que yo sentía al saber que Caleb estaba por llegar a esta casa de locos.

—Mila no te perdonará jamás, Erik —le siseé, disfrutando por un segundo de la chispa de dolor que cruzó sus facillas—. Y eso te quita el sueño. Ver que ella prefiere el fango de Caleb que tu imperio de cristal... eso sí me divierte a mí.

Me di la vuelta y caminé hacia la casa. Tenía una cena que preparar. Tenía que recibir al hombre que todavía amaba y que me odiaría más que nunca en un par de horas.

Mi hermana tenía razón. Todos éramos victimarios. Y yo estaba a punto de servir mi propia ejecución en la mesa principal

*******

POV: MILA

Cerré la puerta del estudio con más fuerza de la necesaria. El eco del golpe quedó suspendido en el pasillo, pero nadie salió. Nadie me siguió. Perfecto.

Subí las escaleras con la espalda recta. La condesa Vance no temblaba. No frente a nadie.

Entré en mi habitación.

Cerré.

Y mis hombros cedieron.

Me apoyé en la puerta un segundo, respirando como si el aire no alcanzara. Caminé hacia el tocador. Mis manos empezaron a moverse solas.

Me quité los pendientes.
Cayeron sobre el mármol con un golpe seco.

El collar.
Lo arranqué con rabia. Las perlas rodaron.

Los anillos.
Uno.
Otro.
Otro.

Hasta que quedó el último.




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