Capitulo 46
POV Mila
El silencio que siguió a la confesión de Erik no fue humano; fue el vacío que queda después de una explosión.
Me quedé petrificada, con la mano aún sobre su pecho, sintiendo ese corazón que latía con la sangre de los Vance... la misma que ahora corría por las venas de mi sobrina. De mi hijastra.
—¿Qué? —mi voz fue un hilo roto.
—Bianca es mía, Mila —repitió él, y esta vez no hubo cinismo. Fue una sentencia de muerte—. Es una Vance.
En ese momento, la "Condesa" murió. La armadura de seda roja no sirvió de nada. Sentí un frío glacial subiendo por mis piernas hasta instalarse en mis pulmones. Mis ojos, fijos en los suyos, empezaron a desbordarse. No fue un llanto escandaloso, no hubo sollozos ni gritos; fue una inundación silenciosa. Las lágrimas caían pesadas, calientes, trazando surcos sobre el labial perfecto que él mismo me había ayudado a delinear.
Ver a Mila Blackwood así, despojada de toda su soberbia y convertida en un naufragio, fue el golpe que Erik no calculó.
Él retrocedió un paso, como si mi dolor lo estuviera quemando físicamente. Su rostro se desencajó; la máscara de frialdad se hizo añicos y, por primera vez en su vida, Erik Vance sintió que su mundo no solo se agrietaba, sino que se pulverizaba bajo sus pies.
—No... —susurró él, con la voz rota, estirando una mano temblorosa que no se atrevió a tocarme—. Te dije que me mataras, Mila... no que lloraras. ¡Mátame! ¡Odiame! ¡Pégame! ¡Pero no hagas eso!
Yo no podía responder. El aire se había vuelto sólido, como si tuviera cristales en la garganta. Intenté tomar una bocanada de oxígeno, pero solo obtuve un espasmo de dolor. Sin decir una palabra, sin alma, me giré y abrí la puerta.
Caminé por el pasillo como un autómata. En el rellano de las escaleras, una sombra se interpuso en mi camino. Era **Sofía**. Tenía una expresión de duda, de miedo, de traición latente. Me tropecé con su hombro, pero no la vi. Para mí, ella era un fantasma, una mancha borrosa en un mundo que ya no tenía sentido. No hubo bofetada, no hubo reclamo; el vacío que yo llevaba por dentro era tan grande que ya no cabía el odio.
Bajé las escaleras a trompicones, asfixiándome. Necesitaba salir. Necesitaba que el aire me devolviera la vida que Erik y mi hermana me acababan de arrebatar.
Empujé las pesadas puertas de la entrada principal y el frío de la noche me golpeó la cara. Y ahí estaba él.
**Caleb.**
Acababa de bajar de su auto, ajustándose el saco, listo para la cena que debía ser su regreso. Se detuvo en seco al verme. Su mirada recorrió mi vestido rojo, mi cabello deshecho y, finalmente, mis ojos hinchados y el rastro de rímel que ensuciaba mi rostro.
—¿Mila? —su voz fue un bálsamo de preocupación instantánea.
No esperé. Corrí hacia él con las pocas fuerzas que me quedaban y me estrellé contra su pecho. Lo rodeé con mis brazos, enterrando mi rostro en su abrigo, y entonces el llanto sordo, ese que quema las entrañas, salió por fin.
—Sácame... —le supliqué entre espasmos, aferrándome a su ropa como si fuera lo único real en un universo de mentiras—. Caleb, por favor... sácame de aquí. Llévame lejos. No me dejes volver... nunca.
Caleb no preguntó. No necesitó ver a Erik asomado por la ventana superior ni ver a Sofía en la puerta. Me envolvió en sus brazos con una fuerza protectora, me subió al auto y arrancó, dejando atrás la mansión mientras el imperio de cristal terminaba de hacerse cenizas a nuestras espaldas.
*****
POV: CALEB
Mis manos tiemblan sobre el volante como si nunca hubiera conducido antes. Mis nudillos están blancos, apretando el cuero, mientras el motor ruge en la noche. No puedo dejar de mirarla por el rabillo del ojo. Mila, la mujer que siempre parecía tener el mundo bajo su bota, está hecha pedazos en mi asiento del copiloto.
Su llanto no es como el de Sofía. No es ruidoso ni busca consuelo; es una agonía silenciosa que parece estar drenándole la vida. Cada espasmo de sus hombros me golpea el pecho con más fuerza que cualquier insulto de Erik Vance.
—Mila, respira —murmuro, con la voz cargada de una ansiedad que no puedo ocultar.
Bajo el vidrio de su ventana. El aire helado de la noche entra con violencia en el habitáculo, agitando su cabello deshecho y el rojo intenso de su vestido. Ella no se queja. Solo cierra los ojos y deja que el viento le azote el rostro, como si buscara que el frío le borrara la piel.
No voy a mi casa. No voy a la suya. Conduzco por instinto, alejándome de la ciudad, de las luces y de la toxicidad de los Vance, hasta que el camino se vuelve de tierra y los árboles se cierran sobre nosotros. Me detengo solo cuando el resplandor de la luna golpea la superficie quieta del Lago del Olvido.
Es nuestro lugar. El lugar donde Sofía, Isaac, ella y yo solíamos ser simplemente jóvenes, antes de que las ambiciones y las traiciones nos pudrieran por dentro.
Mila deja de llorar poco a poco. El silencio del bosque parece calmarla. Esboza una sonrisa rota, una mueca que me duele más que sus lágrimas, y baja del auto sin decir una palabra. Observo cómo se quita los tacones y camina descalza sobre la hierba húmeda hacia la orilla. La sigo a unos pasos, manteniendo una distancia prudente, temiendo que si la toco se termine de desintegrar.
—¿Vas a entrar? —le pregunto, rompiendo el silencio—. Está helada, Mila.
Ella no responde de inmediato. Sus manos suben a la cremallera del vestido rojo. La seda cae al suelo como una mancha de sangre sobre la tierra. Se queda ahí, en ropa interior, vulnerable y hermosa bajo la luz plateada.
—Irónicamente, hace cinco años sentí un dolor como este —dice, sin mirarme—. Llevaba un vestido rosa. Fue mientras tú hacías el brindis de tu boda... ¿Sabes qué me ayudó?
Niego con la cabeza, aunque ella no pueda verme. Mi garganta se cierra. Ese día yo también estaba muriendo por dentro, pero ella nunca lo supo.