Infame

47

Capitulo 47

**POV: CALEB**

La sostengo mientras tiembla, y cada uno de sus espasmos es una confesión que no necesita palabras. Podría decírselo. Podría echarle en cara que aquel reencuentro en Inglaterra fue solo un espejismo, que me usó como un analgésico para no sentir el veneno que Erik Vance ya le había inyectado en las venas. Podría decirle que me duele verla llorar por él con una agonía que nunca tuvo por mí.

Pero no lo hago. Porque la amo. Y quien ama, sostiene.

Trago la hiel de mi propio desamor en silencio. Siento cómo se me rompe el corazón, pedazo a pedazo, al entender que he vuelto para rescatar a una mujer que ya le entregó su alma a un monstruo. Me culpo a mí mismo; si no me hubiera sido tan cobarde ,si no la hubiera dejado sola tantas veces, quizá Erik no habría encontrado las grietas por donde colarse. Ahora, el hombre que tiene su corazón no la merece, y lo peor es que él lo sabe y ella también.

Limpio sus lágrimas con una ternura que me quema por dentro.

—Lo que sea que pasó entre ustedes... tiene solución —le digo, con la voz forzada a ser estable. Es la mentira más generosa que he dicho en mi vida.

Mila me mira con esos ojos que solían ser mi refugio y que ahora son solo dos pozos de ceniza.

—No hay nada entre nosotros, Caleb —sentencia ella, y su voz tiene el frío de la tumba—. Nada más que una cruz y un "descansa en paz".

El alivio y el dolor luchan en mi pecho.

—¿Te vas a divorciar? —pregunto, necesitando algo sólido a lo que aferrarme.

—Por supuesto.

—¿Le quitarás su apellido a mi hijo?

—Evidentemente —responde ella sin dudar.

Miro hacia la oscuridad del bosque, pensando en la sombra de Erik Vance. Ese hombre no suelta lo que considera suyo, y mucho menos a un heredero.

—¿Te dejará hacer eso Erik Vance? No es un hombre que acepte la derrota, Mila.

—No tiene opción —dice ella, y por un segundo, la Condesa vuelve a asomarse detrás de la máscara de dolor.

Me obligo a sonreír, aunque por dentro me estoy desangrando. No importa que su corazón esté en otra parte; mi lugar es a su lado, aunque sea como el náufrago que ayuda a otro a no hundirse.

—Vamos a casa —le digo, subiéndole la cremallera del vestido rosa que ahora cuelga de sus hombros como un recordatorio de lo que perdimos—. Vamos a buscar a Alexander. Quédense conmigo esta noche. En el campo

Mila se detiene, mirándome con una mezcla de sorpresa y culpabilidad.

—¿De verdad, Caleb? ¿Aún después de lo que acabas de escuchar? ¿Después de ver que estoy muriendo por otro hombre?

La atraigo hacia mí una última vez, aspirando el aroma de su cabello mojado y el frío del lago. Mi corazón se rompe de forma definitiva, con un sonido que solo yo puedo escuchar, pero mis brazos no flaquean.

—Te amo, Mila —le susurro, aceptando mi propia condena—. Que lo ames a él no va a cambiar lo que siento. Ni lo que voy a hacer por ti.

Ella no dice nada, solo esconde el rostro en mi cuello. Subimos al auto y arranco, dejando atrás el Lago del Olvido. Mientras conduzco de regreso a la mansión para rescatar a mi hijo, sé que estoy entrando de nuevo en el infierno, pero esta vez lo hago sabiendo que la mujer que llevo al lado es el amor de mi vida... y el dolor más grande de mi existencia.

****

POV: MILA

Entré en la mansión con los pies descalzos y el vestido rojo todavía húmedo por el agua del lago. Caleb caminaba detrás de mí, su presencia era una sombra protectora, pero yo ya no buscaba protección. Buscaba el final.

El comedor era un cuadro de desastre. Botellas vacías, cristales rotos en el suelo y el olor a vino rancio. En cuanto puse un pie dentro, Nora se abalanzó sobre mí. Sus ojos eran dos brasas de odio.

—¿Te parece divertido, Mila? —escupió, con la voz temblando de rabia—. ¿Te parece divertido estar con tu amante mientras hundes a mi hermano en la miseria otra vez?

Me detuve frente a ella. Mi mirada era un bloque de hielo.

—Él nació en la miseria, Nora —respondí con una calma que pareció sacarla de quicio—. Yo nunca lo hundí. No hizo falta. Erik siempre ha llevado su propio abismo a cuestas.

—Eres una maldita oportunista malagradecida —rugió ella, dando un paso hacia mí.

—Nora, suéltala —intervino Isaac, tratando de poner paz, pero la furia de los Vance ya había desbordado el vaso.

Me reí en su cara, una risa corta y venenosa.

—¿Y tú desde cuándo eres una buena hermana, Nora? ¡Si siempre has querido cortarle el cuello para quedarte con todo! No me vengas con hipocresías ahora.

El sonido del impacto fue seco. La bofetada de Nora me giró la cara, pero no me hizo retroceder. Caleb e Isaac se metieron de inmediato, tratando de apartarla, pero yo los alejé con un movimiento brusco. Me giré hacia ella, sintiendo el calor en mi mejilla, y sonreí.

—La verdad duele, ¿no, Nora? Y duele más cuando te la dicen en la cara.

No esperé respuesta. Miré a uno de los criados que observaba la escena con terror.

—Dile a la nana que baje a Alexander ahora mismo. Que recoja suficiente ropa. Nos vamos.

—Mila... —la voz de Sofía rompió el silencio. Estaba pálida, temblando cerca de la mesa—. Erik no se veía bien cuando se fue. Deberías... deberías intentar llamarlo.

La miré. Mi propia sangre. La mujer que había amamantado a la traición en mi propia casa.

—¿Te preocupa, Sofía? —le espeté—. ¡Pues llámalo tú! Ve por él si tanto te importa. Pensé que ustedes dos tenían una comunicación excelente.

—Estás actuando como una niña malcriada —replicó Sofía, tratando de recuperar algo de dignidad—. Dijiste que todos éramos culpables. ¿Por qué lo estás condenando solo a él? ¡Tú hiciste lo mismo con Caleb!

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Isaac, mirando de Sofía a mí, completamente perdido.

Miré a Caleb, que me observaba con una angustia creciente, y luego a mi hermana.

—No se lo he dicho aún —le dije a Sofía, bajando la voz hasta que solo fue un susurro letal—. Iba a darte la oportunidad de que fueras tú quien hablara, pero me estás haciendo perder la paciencia.




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