La asistente del Griego

Capítulo 1 "Oda a la elegancia y a la perfección"

Bastián Papadimitriou, avanza por el pasillo con la seguridad que lo caracteriza, como si fuera el dueño del mundo. Aunque pensándolo bien, con tantas propiedades y empresas, puede que sí lo sea. A un par de pasos detrás de él, camino yo, intentando mantenerle el ritmo. Cosa en la que fracaso estrepitosamente, porque su estatura supera en mucho la mía y, por supuesto, sus zancadas son más largas que las mías.

El tipo no solo es una oda a la elegancia y la perfección, sino también a la arrogancia. Pero bueno, algún defecto debía tener; ese espécimen de 1,85 metros de altura, con facciones que parecen talladas por los dioses del Olimpo. Es que definitivamente, sus papitos debieron haberlo hecho con dedicación, porque tanta belleza, no puede ser casualidad.

Abre la puerta de la sala de juntas, en donde ya hace un rato nos esperan. No estamos llegando tarde, no. Eso jamás; simplemente estamos llegando justo a tiempo. Es el resto el que debe llegar temprano, porque, obviamente, son ellos los simples mortales que deben esperar a Su Majestad.

Río por lo bajo; afortunadamente, mi jefe no tiene acceso a mis pensamientos, porque de lo contrario no solo se enteraría de lo que estoy pensando en este momento, sino de muchas otras cosas más, que por ninguna razón en el mundo debe saber.

—Buen día —dice en ese tono grave, que alborota un enjambre de mariposas en mi vientre bajo y que, con un esfuerzo sobrehumano, apenas logro controlar.

Todos los presentes se ponen de pie y responden al unísono al saludo. Bastián se sienta en la silla asignada para él y yo, me siento a su lado.

Decido concentrarme en la presentación que tengo en mi tablet, porque el olor de su perfume caro, acaba de provocar que se me erice el cuerpo de pies a cabeza y eso, no es bueno. Al menos no, estando frente a tanta gente, que puede notar lo que ese hombre, provoca en mí.

En ese tono de voz grave y que, a mí, en particular, me parece jodidamente sexy, mi jefecito guapo da inicio a la reunión.

Dos horas, justo dos horas reloj llevo sentada a su lado, embriagándome con su aroma, sintiendo el calor que irradia su cuerpo y perdiéndome cada vez que puedo, en mis pensamientos prohibidos en donde Bastián Papadimitriou y yo, somos los protagonistas. Unos muy candentes, por cierto.

La reunión termina y yo agradezco al cielo, poder ponerme de pie y alejarme de él.

Me abrazo a mí misma, mientras miro por el enorme vitral frente a mí. Porque sí, este es mi día a día. Resistirme a todo lo que él me hace sentir, porque es mi jefe y además, yo para él solo soy su eficiente asistente y nada más.

—¿Todo bien? —cuestiona Bastián

—Sí, sí, señor. Todo bien. Solo un poco cansada —miento, porque obviamente no puedo decirle que solo busco poner un poco de distancia, debido a que su cercanía desestabiliza todo mi mundo.

—Si necesitas vacaciones, asegúrate de buscar a alguien eficiente que te pueda suplir, de lo contrario, ni lo pienses —expresa con rudeza y es que el muy imbécil piensa que como él es una máquina que solo piensa en trabajar, el resto del mundo debe actuar igual.

Suspiré profundo. Si no fuera por el magnífico salario y todas las ventajas de este trabajo, ya hace tiempo que me hubiera ido a trabajar a otro lugar.

Mentirosa, me grita mi subconsciente. Estás aquí por él, única y exclusivamente por él.

—No se preocupe, señor. No tengo en mente tomar vacaciones —respondí.

Bastián ni siquiera me mira. Está revisando algo en su celular y yo aprovecho, para mirarlo un poco más de lo debido, aprovechando que estamos solos.

—¿Qué más tenemos en agenda?

—Por hoy es todo, señor.

—Perfecto —dice, poniéndose de pie.

—Le recuerdo que mañana es el cumpleaños de su madre y que, además, su novia llega de Grecia, para la fiesta de su madre.

—¡Carajos! Me había olvidado de eso.

Su respuesta no me deja claro, si se había olvidado de su novia o del cumpleaños de su madre. En ambos casos, me parece un olvido grave.

—¿Necesita que haga algo para usted?

Conozco la respuesta de antemano. Me tocará comprar flores, buscar algún hermoso obsequio para la señora Papadimitriou, comprar una hermosa tarjeta y ponerle una emotiva dedicatoria que él solo firmará en el último minuto.

—Compra algo bonito para mi madre y encárgate de que alguien recoja a Maelis, en el aeropuerto.

—¿No piensa ir al aeropuerto por su prometida? —Cuestiono incrédula.

—No —responde él, antes de acomodar su saco y salir de la sala de juntas—. Así que encárgate de eso.

Me quedo perpleja. A veces pienso que estoy enamorada solo de una apariencia, de una cara bonita, porque debajo de tanta perfección, pareciera que no existe nada de emociones, ni sentimientos.

—Lo haré, señor —es todo lo que respondo, antes de verlo salir del lugar.

Recojo mis pertenencias y salgo rumbo a mi oficina, porque resulta que además de encargarme de todo lo relacionado con el trabajo, también toca hacerme cargo de sus asuntos familiares y ahora, de su prometida.




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