Bastián.
He tenido una semana de mierda, ha sido demasiado trabajo. Quisiera largarme un fin de semana y no saber de nada, ni de nadie, pero… lamentablemente no puedo.
Estoy a punto de cerrar el negocio que me va a llevar a la cima y con eso, no se juega. Ha sido demasiado esfuerzo para ponerlo en riesgo.
Como si no tuviera suficiente con el estrés del trabajo, a Maelis se le ocurre aparecerse con la excusa de la fiesta de cumpleaños de mi madre.
No es que me queje por tener un fin de semana de sexo, sin tener que esforzarme mucho, pero ella siempre exige el máximo de mi atención y en estos momentos, no puedo dársela.
El tema del matrimonio es otra cosa, con la que está intensa. Sé que ya llevamos un par de años juntos, pero eso de casarme aún no termina de convencerme.
Disfruto de ser un hombre con una linda novia, pero que se tira a las mujeres que quiera, cuando quiera. Aunque no creo que, estando casado, eso cambie mucho. La mayor diferencia será que voy a tener que usar un anillo de bodas.
—¿Y esa cara? —pregunta Nicolás, entrando a mi oficina como perro por su casa.
—Pensaba en Maelis.
—Rayos, eres el primer hombre que piensa en su novia y pone cara de funeral.
—Yo no puse cara de funeral —reclamo.
—Por supuesto que sí. Pensé que eras un hombre enamorado. Aunque pensándolo bien, un hombre enamorado no le pone los cuernos a su novia, con cuántas mujeres le pase por enfrente.
—No seas metiche.
—No soy metiche, solo doy mi opinión y, hasta donde recuerdo, este es un país libre.
—Es un país libre, pero nadie pidió tu opinión.
—Ok, ok, ya entendí. Pero a ver, dime, ¿a qué se debía la cara de funeral?
Ruedo los ojos ante las ocurrencias de mi amigo.
—Maelis, llega hoy.
—¿Y eso es malo?
Me pongo de pie y encamino mis pasos hacia el minibar, para luego servir un par de tragos.
Le brindo uno a mi amigo, que está cómodamente sentado en el sofá ubicado en una esquina de mi oficina, antes de responderle.
—No es malo, pero tampoco es bueno.
—¿O yo amanecí bruto o tú no sabes explicarte, hermano? Porque no te entiendo una mierda.
Solté el aire, que no era consciente de que tenía retenido, y me dejé caer en el sofá, junto a mi amigo.
—Cuando mi madre y Maelis se juntan, el tema del matrimonio sale a palestra, con más fuerza.
—¡Rayos!
—Ahora entiendes mi frustración.
—¿Quién diría que el CEO, que pone a todos a temblar con su sola presencia, le tema a la alianza de su madre con su novia?
—¿Cómo se ve que no conoces a mi madre?
—Puede que tengas razón. Pero a ver, ¿cuál sería el problema si te casas con Maelis? Es bonita, inteligente, millonaria y jodidamente sexy, hermano.
—No lo sé, pero aparte del deseo, no me inspira más nada. Hasta puedo decir que su compañía me aburre.
—Entiendo.
—Es intensa, tóxica, exigente y cree que puede dominar a un tipo como yo.
—Entonces, ¿por qué estás con ella? Y, peor aún, ¿por qué concibes la idea del matrimonio?
—Porque una boda entre los Lakas y los Papadimitriou es sinónimo de poder, hermano. Mucho poder.
—Entonces, la boda es un medio para un fin.
—Así es.
—Pues, hermano, brindo por tu tóxica, exigente y dominante novia, que irremediablemente se convertirá en tu esposa. Porque si hay algo que mi amigo Bastián Papadimitriou ama, es el poder.
Levanto mi vaso y brindo de mala gana, porque Nicolás tiene razón. Tarde o temprano, esa boda va a darse, porque me conviene y mucho.
Gismara.
Como cada mañana, llego temprano al trabajo. Paso por la oficina de mi jefe y me encargo de que su café y los pastelillos que tanto le gustan, estén sobre su escritorio. No me preocupa que el café se enfríe, el tipo es un reloj suizo, así que, en exactamente diez segundos, entrará por esa parte.
Sonrió al darme cuenta de que no me equivoco, al ver que justamente la puerta de su oficina se abre y deja entrar aquella perfección, hecha hombre.
—Buen día, señor —digo, acomodando mi postura. El tipo ni siquiera me mira.
—¿Qué tenemos para hoy? —pregunta, sin siquiera contestar mi saludo.
Suspiro profundo, antes de revisar mi tablet, para responderle con propiedad.
—La reunión con los árabes es a las 10 de la mañana; luego tiene una teleconferencia con la sede de Dubái y para la tarde, debe reunirse con los inversionistas del nuevo mall.
—Bien.
—También necesito que me firme las tarjetas del obsequio de su madre y la del ramo de flores de su novia —dije en un tono serio, sobre todo la última frase.
—Entreguémelas —dice, mientras bebe de su café y come uno de los pastelillos de arándanos.
Me acerco al lujoso escritorio de cedro, detrás del cual está sentado en su lujosa silla ejecutiva. Al segundo siguiente me arrepiento, porque su aroma a hombre me envuelve y las mariposas que viven en mi vientre bajo se alborotan.