La asistente del Griego

Capítulo 3 "'Mato y como del muerto''

Bastián

Sonreí divertido al ver a mi asistente, huir despavorida de mi oficina. Definitivamente, esta es una faceta de mí que ella no conoce y es que no tiene por qué hacerlo. Nuestro trato es estrictamente laboral, por lo que mi faceta de seductor le resulta desconocida.

Gismara Dalton, es una mujer hermosa. Tendría que ser ciego, para no notarlo. Pero, no es mi tipo. Soy más del que le gustan las mujeres, altas, esbeltas y de piernas largas. En cambio, ella es de caderas anchas y complexión gruesa, del tipo de cuerpo latino, lleno de curvas. Suele ser recatada para vestir, por lo que las mismas no están a la vista.

Por eso acepté que fuera mi asistente, si no era mi tipo, no corría riesgos de terminar acostándome con ella.

Regreso a tomar mi lugar detrás del escrito, mientras sonrío una vez más al ver su rostro sonrojado, luego de escucharme recitar lo que llevaría la tarjeta que debía poner en el ramo de Maelis.

—Ella nunca sabrá, qué tipo de hombre puedo ser cuando quiero meterme entre las piernas de una mujer —expresé, divertido.

Me concentré nuevamente en mi trabajo, que por cierto era bastante.

No tenía idea de cuánto tiempo había transcurrido, cuando escuché mi teléfono sonar.

El identificador de llamadas mostró el número de mi madre. Por un momento, pensé no contestar, pero estaba seguro de que mi celular no dejaría de timbrar, hasta que respondiera.

—Buen día, madre —respondí, en un tono dulce.

—Hola, mi cielo. En un par de horas, llega tu preciosa novia.

—Lo sé, mamá.

—¿Ya cuadraste tu agenda, para ir a recogerla?

—Ya me ocupé, de que alguien vaya por ella.

—¿Cómo que alguien vaya por ella? Debes ir tú, Bastián —sentencia mi madre.

—Mamá, tengo un agenda demasiado apretada, no podré ir.

—Bastián, no puedes tratar así a la futura madre de tus hijos.

—Ya me encargué de que alguien la recoja, la lleve a casa y le haga llegar de mi parte un hermoso ramo de flores, con una muy apropiada dedicatoria, madre.

Mi progenitora, guarda silencio al otro lado de la llamada y en ese preciso momento entiendo, que ya la convencí.

—Al menos, vendrán a cenar con nosotros esta noche —no es una pregunta, es una afirmación que no da a lugar a negativas.

—Sí, madre, allí estaremos.

—Perfecto —dice en tono de triunfo.

—Otra cosa, cariño. Necesito que me prestes a tu asistente, para el día de mi fiesta de cumpleaños.

—¿Y eso, cómo para qué madre?

—Esa mujer es un haz en la organización y me sería muy útil para que se encargue de que los invitados, sean ubicados en sus mesas.

—Eso no es parte de sus obligaciones, madre.

—Puedo pagarle, por sus servicios esa noche.

—Pues entonces, deberías preguntarle a ella.

—Eso haré, solo quería saber si estabas de acuerdo.

—Francamente, me da igual.

—Listo, entonces yo hablaré con ella.

—Ok, madre. Te amo, Nos vemos esta noche.

Cerré la llamada y regresé a concentrarme en el trabajo, hasta que mi asistente ingresó nuevamente a mi oficina.

—Disculpe, señor, pero es hora de la reunión con la sucursal de Dubái.

—Bien, encárguese de la conexión —dije, mientras me ponía de pie para quitarme la chaqueta.

—Listo, señor —responde ella.

Tomo el control de la reunión y repasamos. Estados financieros, proyecciones, estados de resultados y demás.

La sucursal de Dubái, ha tenido un crecimiento exponencial, pero no he dejado de monitorearla en ningún momento.

Mi asistente hace las anotaciones que le pido y estoy seguro de que hay algunas otras, que se me han pasado por alto. La mujer es la eficiencia en persona, no lo puedo negar.

—Mi madre va a llamarla para pedirle algo —digo, antes de que salga de la oficina.

—Ya lo hizo señor, pero francamente no creo que encaje. Esa es una fiesta de personas muy refinadas y yo…

—No tiene por qué encajar. Irá a trabajar, no como invitada de la fiesta —dije en tono de burla. Inmediatamente me percaté de que lo que dije fue de mal gusto.

Levanto la mirada y la manera como me mira, deja claro que mi comentario no le cayó nada bien.

—Me refiero a que…

—Sé perfectamente a qué se refiere, señor. Lo que usted no entendió de mi comentario, es que no me sentiría muy cómoda, sirviéndole a personas tan importantes.

—Señorita Dalton… —digo, intentando disculparme.

—Con permiso, señor —responde ella, dejándome con la palabra en la boca.

La veo salir de mi oficina y me recuesto de mi silla, mientras medito en lo que acaba de pasar. A veces creo que Nicolás tiene razón, y en ocasiones, no logro conectar mi cerebro con mi boca y eso, suele traerme este tipo de problemas.




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