Bastián
—¿Qué tal me veo? —pregunta, Maelis.
—Hermosa —dije, con sinceridad.
—¿Solo hermosa? —reclama ella —¿No te parece que luzco, algo así como espectacular?
Sonrío por lo bajo. Tengo claro que la modestia no es una de sus virtudes, pero en ocasiones se pasa.
—Claro —respondo, pero solo porque no quiero llevarle la contraria, no porque realmente luzca
espectacular.
Puede ser que siempre está tan perfectamente arreglada y maquillada, que no hay diferencia entre
el día a día y una ocasión especial.
—Ya es hora de irnos —agregué.
—Bien, vamos. Muero de ganar por posar para esas fotos. Según tu madre, el evento estará atestado
de periodistas.
Y francamente no lo dudo, mi madre es una mujer suficientemente influyente, como para
despertar el interés de toda la prensa neoyorquina.
Salimos del Penth house, hasta el estacionamiento, para luego dirigirnos en uno de mis autos, al
evento.
Esta noche, quiero conducir, así que no requeriré chofer. Subo al puesto del chofer y Maelis se sienta
a mi lado.
La noto un poco tensa, por lo que me atrevo a preguntarle que le ocurre.
—¿Sucede algo?
Ella solo niega con la cabeza, pero no me mira.
—Es solo qué… —intenta decir, pero no termina la oración.
—¿Qué? —Pregunto, mientras ingreso a la avenida, con rumbo al hotel.
—Estoy segura de que tu madre, va a tocar el tema del matrimonio y la verdad, es que ese tema se ha vuelto un poco incómodo para mí.
—¿Qué es lo que exactamente te incomoda? —pregunté sin rodeos.
Maelis, sonríe. Me conoce lo suficiente, como para saber que soy un hombre que no acostumbra a andarse por las ramas.
—El no poder darle, una respuesta concreta. Esa dichosa fecha que ella tanto espera —dice, en un tono serio.
—No dejes, que mi madre te presione. Esa es su especialidad —agrego.
—Es que no solo se trata de ella. Yo también quiero saber cuándo vamos a casarnos o si eso en efecto sucederá. Ya tenemos un par de años juntos y se supone que ese debe ser el siguiente paso, pero…
—¿Pero qué?
—Bastián, tú no eres el hombre más predecible que conozco —expresa, sin mirarme — no tengo claro, si tus planes futuros me incluyen a mí.
No respondo, no porque no quiera. Sino porque no tengo una respuesta concreta a lo que ella acaba de decir.
—Debemos hablar de ese tema, para ponernos de acuerdo.
—Supongo que sí —responde ella—, pero todo sería más romántico si fuera espontáneo, Bastián.
Sonrió con desgano, porque a espontaneidad en las relaciones amorosas, no es lo mío. Pero puede que entienda el punto.
El resto del camino hacia el hotel, ninguno de los dos dice nada.
A la entrada del lujoso edificio, los periodistas se agolpan para tomar las mejores fotos de los invitados. Por supuesto, que aquí solo está la crème de la crème de la alta sociedad neoyorquina. Bajo del auto y avanzo hacia la puerta del pasajero para abrir la puerta de mi novia, como el caballero que soy. Entrego las llaves del vehículo, al vale parking y de inmediato avanzamos hasta llegar al spot de fotos, donde somos el blanco de los flashes. Mientras que Maelis, posa y sonríe como toda una diva, mientras que yo permanezco serio.
Algunos periodistas intentan hacer preguntas, pero los ignoro olímpicamente. Es la fiesta de mi madre y ella, debe ser el centro de atención, no nosotros.
Cuando finalmente, logramos ingresar al hotel y nos dirigimos hacia la entrada del salón, mi celular suena.
—¿Vas a contestar? —cuestiona Maelis, con un tono de reproche.
Veo el número y al darme cuenta de que la llamada, es de la filial de Dubái, asiento a manera de respuesta.
—Adelántate, puede que tarde un poco.
Ella me mira con cara de desaprobación, pero negocios son negocios.
Me desvió hacia el área del restaurante del hotel, en busca de un poco de quietud para poder contestar la llamada.
Las noticias que recibo no son las mejores, hay un problema y seguramente tendré que viajar a resolverlo, aunque por lo pronto doy algunas instrucciones para que el gerente las ejecute.
Cierro la llamada y termino con una jaqueca. Por lo visto, la noche no será tan amena como imaginé.
Decido regresar al salón, pero en el camino me encuentro con unos socios a quienes, por supuesto, no puedo dejar de saludar.
—Papadimitriou —dice uno de ellos al verme llegar.
Los saludo con un apretón de manos, antes de enfrascarnos en una interesante conversación sobre tendencias de mercado y demás.