El sol acariciaba los campos de Dunholm con una luz dorada y tibia. Freya corría entre las flores silvestres, con los brazos extendidos como si quisiera abrazar el viento. Tenía siete años, y el mundo era un lugar de mariposas y risas.
—¡Papá, mira! —gritó, señalando una libélula que se posó en su dedo.
Floyd la observaba desde la colina, con una sonrisa que le iluminaba el rostro. A su lado, Eleanor descansaba sobre una manta, con las manos apoyadas en su vientre redondeado. Los trillizos aún no habían nacido, pero ya se movían dentro de ella.
—Cuidado, pequeña —dijo Floyd, acercándose— No vayas tan lejos.
—¡No tengo miedo! —respondió Freya, riendo— Tú me protegerás, ¿verdad?
Floyd la alzó en brazos y la hizo girar. Freya rió con fuerza, sintiendo que volaba.
—Siempre te protegeré, hija mía —dijo él, con voz grave pero suave— Mientras yo viva, nada te hará daño.
Eleanor sonrió desde la manta, con los ojos brillantes.
—Floyd, no le hagas promesas que no puedas cumplir —dijo, pero su tono era cariñoso.
—Esta sí puedo cumplirla —respondió él, bajando a Freya y arrodillándose junto a su esposa— Porque no pienso irme a ninguna parte.
Freya se sentó entre ellos, apoyando la cabeza en el regazo de su madre. Sintió la calidez del sol en su piel y la mano de su padre acariciando su cabello.
—Mamá —dijo, con la voz adormilada— ¿Los bebés también jugarán conmigo?
—Pronto, hija —respondió Eleanor, con una sonrisa— Pronto tendrás tres hermanos que te seguirán a todas partes.
—¿Y me protegerán como papá?
Floyd rio.
—Te protegerán, te molestarán, te harán reír y te harán enfadar. Así son los hermanos.
Freya cerró los ojos, sintiéndose completa. El viento movía las flores a su alrededor, y el cielo era un manto de azul infinito.
Entonces, el sol se oscureció.
Freya parpadeó, y el campo de Dunholm se desvaneció como un sueño al despertar. El cielo azul se volvió gris plomo, y el aire cálido se transformó en un viento helado que le mordía la piel. Ya no estaba entre las flores. Ahora estaba en la cubierta de un barco, envuelta en una manta que olía a sal y a humedad, con el cabello mojado pegado al rostro.
La tormenta azotaba el barco con una furia implacable. Las olas golpeaban el casco como martillos, y cada crujido de la madera parecía un presagio de muerte. Los tripulantes, empapados y temblorosos, luchaban contra el viento, pero la reina Eleanor permanecía firme al timón.
Freya la observó desde la cubierta. Su madre palidecía con cada hora. Sus dedos, agarrotados por el frío, temblaban al girar el timón. Su respiración se volvía corta, entrecortada.
—Madre, deberías descansar —dijo Freya, acercándose.
—No puedo. Si suelto el timón, las olas nos engullirán.
Pero su voz era débil, y sus hombros se hundían bajo el peso de su propia piel.
La tormenta amainó al amanecer, pero la reina no mejoró. Una tos seca y profunda comenzó a sacudir su pecho, y cuando se llevó la mano a los labios, Freya vio sangre en sus dedos.
—Madre...
—No es nada —mintió Eleanor, pero sus ojos ya no tenían la misma luz.
Esa noche, mientras el barco se mecía en aguas más tranquilas, Freya la encontró tendida en el suelo de la cabina, con la frente ardiendo de fiebre. La reina deliraba. Hablaba de su esposo, de Floyd, como si estuviera a su lado.
—No te vayas... Aún no hemos terminado...
Freya la cubrió con su propia manta y le humedeció la frente con agua de mar. Pero la fiebre no cedía. La respiración de Eleanor era un silbido roto; cada inhalación, un esfuerzo.
—Los trillizos... ¿Están a salvo? —preguntó la reina, sin abrir los ojos.
—Sí, madre. Están todos a salvo. Solo tú tienes que luchar.
—Ya no puedo luchar. He luchado demasiado.
Freya apretó la mandíbula para no llorar.
—Entonces lucha por nosotros. Por Finn, por Ivar, por Aidan... por mí.
La reina sonrió, pero era una sonrisa frágil, como la luz de una vela a punto de apagarse.
—Freya, escúchame bien.
—Te escucho, madre.
—Cuando lleguen a tierra, busca a los Haddock. Son leales a tu padre. Ellos los protegerán.
—¿Los Haddock? ¿Quiénes son?
Con manos temblorosas, la reina sacó un pergamino de entre sus ropas. Estaba manchado de agua y de sangre, pero el símbolo del dragón aún era visible.
—Guárdalo bien, en él está escrito el origen de tu padre...
Freya tomó el pergamino y lo apretó contra su pecho.
—No me dejes, madre.
—No te dejo, hija. Te llevo conmigo. Siempre te llevaré.
Sus dedos acariciaron la mejilla de su hija por última vez. Luego su mano cayó, y sus ojos se quedaron fijos en el techo de la cabina.
La reina Eleanor ya no respiraba.
Freya no soltó su mano. Se quedó allí, arrodillada en el suelo mojado, sintiendo cómo el frío se apoderaba del cuerpo de su madre. No lloró. No podía. El dolor era demasiado grande para encontrar salida.
Cuando el barco tocó tierra, Freya salió a cubierta con el cuerpo de su madre en brazos. Sus hermanos bajaron con pasos pesados, sus rostros jóvenes marcados por la confusión. Los trillizos permanecieron en la orilla, sin saber qué hacer, mientras Freya y Mara sostenían a la reina.
El viento salado se llevó el último aliento de Eleanor y, con él, una parte del alma de Freya.
Mara fue la primera en reaccionar.
—No podemos quedarnos aquí —dijo, con voz grave— La costa está desprotegida. Necesitamos encontrar refugio antes de que anochezca.
Freya asintió, aunque sus ojos no se apartaban del rostro pálido de su madre.
—¿Dónde iremos?
—No lo sé —admitió Mara, mirando hacia el bosque que se extendía más allá de la playa— Pero debemos buscar. Los niños no pueden pasar la noche al aire libre.
Cargaron el cuerpo de Eleanor entre las dos y se adentraron en el bosque. Los trillizos caminaban detrás, en silencio, agarrados de las manos. Los lebreles corrían delante, olfateando el suelo. El sol comenzaba a ponerse cuando Freya, siguiendo a uno de los perros, encontró algo entre los árboles.