La corona robada

Lo que quedo de mi sangre

La cueva no era más que una grieta olvidada en la ladera de la montaña, un refugio frío, húmedo y oscuro, pero seguro. Al menos por el momento.

Freya se dejó caer de espaldas contra la pared de roca, sintiendo la rugosidad de la piedra atravesar la tela húmeda de su túnica. El peso acumulado de las últimas jornadas cayó sobre sus hombros con la contundencia de una losa de granito. Al fondo de la gruta, acurrucados sobre una cama improvisada de helechos secos y mantas roídas, Finn, Ivar y Aidan se apretaban unos contra otros buscando calor, flanqueados por los lebreles, cuyos lomos subían y bajaban en un compás rítmico.

Cerca de la boca del refugio, donde la penumbra comenzaba a ceder ante la negrura de la noche exterior, Thorkell alimentaba una fogata diminuta. Apenas un puñado de ramas secas de pino que ardían con un crepitar apagado, produciendo el humo justo para ahuyentar la helada nocturna sin crear una columna delatora.

El silencio de la cueva era denso, casi palpable, interrumpido únicamente por el goteo constante de un filtrador de agua en las profundidades de la roca. Cada gota al caer sobre el charco estancado sonaba como el pulso cansado de la propia tierra. Las brasas proyectaban sombras alargadas sobre las paredes irregulares, figuras grotescas que danzaban y se retorcían al compás del viento que aullaba débilmente en el exterior.

—Deberías dormir, Freya —la voz de Thorkell rasgó la penumbra. Era una voz grave, profunda como el retumbo de un tambor de guerra, pero desprovista de aspereza. El guerrero vikingo no se giró; mantenía la mirada fija en la oscuridad del bosque a través de la abertura de la gruta, con el cuerpo tenso y una mano grande y callosa apoyada sobre la empuñadura de su hacha.

—No puedo —respondió ella. Su voz sonó pequeña, rota por la sequedad de la garganta y la angustia contenida— Si cierro los ojos, solo veo la cabaña. Veo a Mara en el umbral. Escucho los caballos.

—Mara es más lista que todos ellos juntos —dijo Thorkell sin alterar el tono— Conoce esos bosques mejor que los sabuesos de Macallan.

—Lo sé —admitió Freya, aunque sus dedos apretaban el borde de su capa hasta dejar sus nudillos blancos— Me repito eso una y otra vez. Pero no me quita el miedo.

Thorkell permaneció en silencio durante varios minutos. El fuego consumió una pequeña astilla de resina con un chasquido brillante. Finalmente, el vikingo giró el torso. A la luz de las brasas, su rostro curtido por las batallas y el viento del norte parecía tallado en roble viejo, pero la severidad habitual de sus facciones se había suavizado.

—El miedo no es una falta de valor —dijo Thorkell— Es lo que te mantiene alerta. El único peligro real es cuando dejas que se adueñe de ti y te paraliza.

Freya alzó los ojos para mirarlo. Durante el viaje tras el escape, apenas había cruzado unas cuantas palabras con él. Lo había juzgado como un mero hombre de fuerza, un escudo de carne y hueso, pero sus palabras revelaban una calma aprendida a golpes en los campos de batalla.

—¿Cómo se distingue el momento en que deja de ser útil? —preguntó ella.

—Cuando te impide hacer lo que es necesario —respondió Thorkell con sencillez— Como cerrar los ojos ahora mismo para tener fuerzas cuando salga el sol.

Freya apoyó la cabeza contra la piedra y contempló a sus tres hermanos. En la penumbra, Finn mantenía el rostro relajado; Ivar balbuceaba entre sueños; Aidan se había desparramado de espaldas, ocupando gran parte de la manta. Aquella imagen de inocencia fracturada en mitad de una cueva inhóspita le oprimió el pecho.

—Son todo lo que me queda —susurró, más para sí misma que para el vikingo— Si les pasa algo, no quedará nada de mi sangre sobre la tierra.

Thorkell clavó sus ojos oscuros en ella. La luz de la fogata dibujaba sombras profundas en las cuencas de sus ojos.

—No eres la única que sabe lo que es ver cómo la tierra se traga a los tuyos, Freya. Leif Eriksson me recogió huérfano y me crió como a un hijo, junto a su hijo Thorgills. Mi tío Thorsteinn ya había muerto cuando su esposa llegó con Snorri. Pero Erik Håkonsson atacó. Mató a casi todos... solo Snorri y yo escapamos. La guerra nos quita a todos.

Un nudo áspero se formó en la garganta de Freya. La franqueza brutal de Thorkell no buscaba compasión, sino nivelar el peso del dolor entre dos supervivientes.

—¿Cómo se sigue caminando después de eso?

—Porque la alternativa es la nada —sentenció Thorkell— Los muertos no regresan. Pero nosotros, los que aún respiramos, tenemos una deuda con su memoria.

Freya deslizó la mano por debajo de su túnica hasta tocar el pergamino que le había entregado su madre. El tacto del cuero seco era su único vínculo con un pasado que parecía haber sido barrido por el fuego.

—Mi madre me habló de los Haddock en el barco, justo antes de morir —dijo en voz baja— Me dijo que buscara a vuestro clan, que mi padre confiaba en vosotros. Pero cuando el castillo cayó... estuvimos solos. Nadie vino.

Thorkell apretó la mandíbula.

—Porque la mentira corrió más rápido que las llamas. Cuando Dunholm ardió, los mercenarios de Macallan difundieron que toda la línea de Floyd había sido erradicada. Nuestros rastreadores llegaron cuando las cenizas aún humeaban; no encontraron más que cuerpos calcinados. Ulfrik lloró la muerte de tu padre como si fuera la de su propio hermano.

—Y ahora que saben que existo... ¿Qué cambia? —preguntó Freya.

—Para los traidores, eres una amenaza —admitió Thorkell— Pero para nosotros, las promesas hechas a tu padre aún tienen valor. Haremos lo que debimos hacer hace tres años.

Freya quiso responder, pero un cansancio abrumador le cubrió los pensamientos. Los ojos se le cerraron casi contra su voluntad, mientras el calor tenue de las brasas y el murmullo del viento acabaron por arrastrarla hacia las sombras.

El sueño no trajo la paz. Trajo cenizas, gritos y el crujido de la madera ardiendo. Freya se hundía y emergía de pesadillas confusas donde la cara de su padre se disolvía en el humo.




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