La corona robada

Las sombras del pasado

El peso de la caza sobre los hombros no lograba distraer a Erik. Durante todo el camino de regreso, la imagen de la desconocida no dejaba de rondar su mente. Era extraña, fiera y rápida con la palabra, pero había un detalle que no dejaba de inquietarlo: jamás le había dicho su nombre. Lo único que le había revelado en su tenso encuentro era que se trataba de una escocesa, y que tenía tres hermanos escondidos en algún lugar del bosque.

Al cruzar el límite de la aldea, los herreros y campesinos asentían a su paso, pero Erik no se detuvo hasta llegar a la casa principal. El olor a guiso y madera quemada lo recibió al abrir la puerta de roble. Allí estaban todos: Ulfrik, el jefe de la tribu, afilando una hoja junto al fuego con la calma de quien ha hecho ese gesto diez mil veces; Freydis, su madre, removiendo el caldero; y cerca del rincón, sus primos Thorkell y Snorri, ajustando las tiras de cuero de sus hachas entre risas bajas.

—Buena caza —dijo Thorkell, levantando la mirada— aunque traes la cara de haber visto a un espectro del bosque.

Erik dejó caer las piezas de caza en el banco sin responder de inmediato. Freydis se acercó a su hijo y lo tomó del brazo. Lo miró fijamente a los ojos, notando la distracción que ni el cansancio podía disimular.

—¿Qué pasó en el bosque, Erik? Te ves diferente.

—No fue nada —dijo él, aunque su voz no sonó tan segura como quería— Solo crucé palabras con una escocesa. Estaba cazando sola, con un arco que manejaba mejor que la mitad de nuestros hombres. Tenía fuego en la mirada, pero no me dio su nombre.

Ulfrik no levantó la vista de la hoja que afilaba. Fue apenas un instante, pero Erik notó que la piedra dejó de deslizarse contra el metal.

—¿Sola? —preguntó su padre, con un tono que pretendía sonar casual y no lograba del todo— ¿En pleno invierno, tan al norte?

—Con un caballo de raza Shire y un venado a cuestas. No parecía perdida. Parecía... acostumbrada.

—¿Qué edad tendría?

—No sé, la mía quizás. Puede que menos.

Ulfrik dejó la piedra de afilar sobre la mesa. El gesto fue lento, casi ceremonioso, y sin embargo bastó para que las risas de Thorkell y Snorri se apagaran solas, como si el aire de la sala hubiera cambiado de peso.

—¿De qué color era su cabello?

La pregunta cayó extraña, fuera de lugar. Erik frunció el ceño.

—Rojo, como el cobre viejo. ¿Por qué te interesa eso?

Ulfrik no respondió enseguida. Se quedó mirando el fuego, y por un momento Erik pensó que no lo había escuchado. Entonces su padre se puso de pie, despacio.

—¿Una escocesa pelirroja, sola en el bosque, con hermanos escondidos? —preguntó, y esta vez no había nada de casual en su voz—Describe cada detalle, Erik. Todo lo que recuerdes.

—¿Por qué te importa tanto una forastera? —replicó Erik, mirando a su padre sin entender la urgencia— Era solo una mujer con un arco y mal carácter.

—Contesta.

Freydis se había quedado inmóvil junto al fuego, el cucharón todavía en la mano, observando a su marido con una atención que Erik reconoció: la misma que ponía cuando algo del pasado volvía a llamar a la puerta de la casa.

—Tenía los ojos claros —dijo Erik, despacio, tratando de reconstruir el encuentro— Una cicatriz pequeña en la ceja, de una pelea vieja, quizás. Hablaba como alguien de la nobleza, aunque vestía como cualquier cazadora. Y dijo algo sobre proteger a su gente, como si cargara ese peso sola.

Ulfrik cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo en su rostro se había derrumbado y reconstruido al mismo tiempo.

—Ven conmigo.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y caminó hacia sus aposentos, al fondo de la casa. Erik miró a Thorkell, que se encogió de hombros, tan desconcertado como él, y lo siguió.

Ulfrik regresó sosteniendo dos objetos: una carta de piel ajada por el tiempo y la humedad, y un pergamino cuidadosamente enrollado que llevaba años sin ver la luz. Lo desplegó sobre la mesa con manos que, por primera vez en la memoria de Erik, temblaban un poco.

Era una pintura detallada. Un hombre alto de mirada seria, una mujer de porte elegante y cuatro niños pequeños: una niña de rizos rojos y tres varones idénticos, apenas más pequeños que ella. Vestían los ropajes finos de la nobleza escocesa.

Erik se acercó y dejó escapar un gesto de sorpresa. La niña de la pintura era más joven, con las mejillas todavía redondas de la infancia, pero las facciones eran inconfundibles. Los mismos ojos. La misma cicatriz diminuta sobre la ceja izquierda, apenas visible en el trazo del pintor.

Era ella.

—Esta es la familia de Floyd —dijo Ulfrik, con la voz cargada de algo que Erik nunca le había oído: culpa— Nos criamos juntos, Erik. Antes de que fuera Lord Floyd de Dunholm, antes de que cruzara el mar y se inventara un nombre escocés para casarse con esa mujer, era uno de los nuestros. Se marchó siendo apenas un poco mayor que tú eres ahora, y juró que si alguna vez su secreto lo ponía en peligro, o a los suyos, vendría a buscarnos. O nosotros a él.

Deslizó la carta hacia Erik.

—Esta llegó hace tres años, en el barco de un mercader que apenas hablaba nuestra lengua. En ella, Floyd me advertía que la guerra se acercaba, que Dunstan y Macallan habían roto la paz por negarse a un matrimonio, y me pedía refugio para su familia si las cosas salían mal. Envié hombres al puerto más cercano a esperar noticias. Nunca llegaron. Meses después supimos, por otros mercaderes, que el castillo de Dunholm había ardido y que no quedaba nadie con vida. Hasta hoy pensé que la carta había llegado demasiado tarde para todos.

Ulfrik golpeó el pergamino con el índice sobre el rostro pintado de la niña pelirroja.

—Pero si la mujer que cruzaste en el bosque es quien creo que es, entonces esa carta no llegó tarde. Llegó a tiempo para que yo fallara en cumplir mi palabra durante tres años sin saberlo. Esa chica es la legítima reina de Dunholm, Erik. Y ha estado sobreviviendo sola en nuestros bosques mientras yo guardaba esto en un cajón, creyéndola muerta.




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