Aura
Contemplé en silencio la expresión cansada de Sebastián, parece no atreverse a mirarme. Aun así sostiene mi mano con fuerzas, apoyo mi cabeza en su hombro. Reacciona y me mira preocupado.
—Estoy sucio...
—Cállate —me quejé sin dejar de sonreír.
Me asusta pensar que es un sueño más. En estos años más de una vez he tenido un sueño de él volviendo a casa, apareciendo en la puerta, con su sonrisa soberbia con esa seguridad que proyectaba con su sola mirada.
Ahora ha vuelto, desaliñado, más delgado y cansado, pero vivo. Ya no hay soberbia en su mirada, solo me mira con arrepentimiento y culpabilidad.
Fuimos a su vieja casa. No creo que mi hijo deba verlo llegar así. Entró a su habitación en silencio, se dio un baño, se afeitó y salió. Abajo le esperaba a comer. Al bajar pude notar que sigue siendo el hombre apuesto y maduro que recordaba, aunque su expresión es distinta. Con su traje elegante, su rostro mejor cuidado y su cabello peinado.
Se sentó a la mesa sin decir nada. No sé tampoco que debería decirle. Quisiera abrazarlo y llorar, pero su actitud tan cuidada me preocupa. Sumando además que su ausencia, cuando todos lo daban por muerto, me hace actuar con cautela. Desconozco si su lejanía es por lo que vivió o sus sentimientos han cambiado.
¿Acaso el amor que decía sentir por mí ya no lo siente? ¿O conoció a otra mujer en esa isla? Tensé mi rostro, comí en silencio. Hizo lo mismo. El viejo mayordomo, Arturo, que antes al verlo había llorado de rodillas vigila que las jóvenes empleadas hagan bien su trabajo. Algunas son bastante nuevas e inexpertas.
—Señor Montenegro, ¿gusta un café cargado? —le preguntó una de ellas con un sutil interés.
Sebastián ni siquiera la miró. La contemplé en silencio, arrugando el ceño.
—El señor no puede beber café, mientras el médico no lo evalué —le corté con tono duro.
Aquella bajó la mirada, y me miró de reojo con evidente rebeldía. Solté un suspiro, lo que me faltaba ahora. Más tarde pediré a Arturo que la despida, no necesitamos problemas dentro de la casa.
Sin embargo, Sebastián siguió en los suyo, observó su comida sin probar bocado alguno. Sus manos sostuvieron la cuchara, pero nunca tocaron la sopa. Al final la dejó de lado. Levantó sus ojos hacia mi dirección.
—Aura tú...
Se detuvo, no continuó.
—¿Estás bien? —finalizó.
—Sí —respondí sonriendo.
—Tú y ese hombre... ¿Se gustan?
Tosí ahogada ante esta pregunta, tomé la servilleta y me sequé la boca, ¿qué acababa de decir? Levanté mi mirada confundida, sus ojos profundos se detuvieron en mí.
—¿De qué hombres me hablas? —le pregunté sin entenderlo.
—De ese tipo joven que te llevó al cementerio ese día —señaló.
No pude evitar echarme a reír. Me miró confundido.
—Es el nuevo asistente del abogado Pérez —señalé.
—Ah... —pareció cohibido.
—Si quieres saber como estoy, puedo decir que hoy estoy feliz —agregué sonriendo dispuesta a colocar mi mano sobre la suya.
Pero mis palabras no causaron el efecto que esperaba. Tragué saliva, el miedo inundó mi cuerpo. Después de rechazarlo tantas veces ¿en verdad ya no soy nada importante? Aunque respondió mi beso cuando nos reencontramos no dijo palabra alguna sobre si sentía algo por mí o no.
De repente vi que se tomaba el pecho, como si sintiera un fuerte dolor. Me coloqué de pie enseguida acercándome a su lado. El aroma de su acostumbrado perfume inundó mi mente de los recuerdos del pasado. Recuerdos bonitos, dolorosos, y tristes.
—Tranquila, estaré bien...
—El médico vendrá en una hora a evaluarte. Necesitamos saber tu estado general —sentí algo húmedo en mi mano y al levantarlo palidecí—. ¿Estás...?
Curé sus heridas, tenía varias, la más reciente era un corte que se había hecho al tomar la navaja del baño, un accidente.
—Es por mi trabajo, como pescador, accidente típicos —indicó antes de que pudiera preguntarle.
—De ahora en adelante no harás más eso. Eres el señor Montenegro, debes tomar el control de tu compañía...
—Tú lo estás haciendo bastante bien.
Sonreí por dentro, nunca me esperé sentirme tan orgullosa al escucharlo decirme esto. A diferencia de las otras veces no siento que son solo palabras a la ligera que buscan animarme.
—Sí, pero es tu empresa. Yo quiero volver al violín —mis manos rozaron su piel, y sentí que tembló. Suspiré, quisiera hacer más, pero acaba de volver de la muerte, debo ir paso a paso.
En eso vi una cicatriz en su pecho. Estaba a punto de tocarla pero me detuvo. Preocupada lo miré sin saber qué decir.
—Es la cicatriz de mi operación... —señaló soltando mi mano.
—¿Estás curado? —le pregunté sintiendo a mis latidos aumentar. Escuchar su respuesta me asusta.
—Se supone que sí, igual debo hacer seguimiento anual —respondió.
Nos quedamos mirando, en ese momento sentí que era la situación ideal para hablar de nosotros dos. Se colocó la camisa y se puso de pie evitando mi mirada. Decepcionada bajé la mirada. Apoyando mis manos en su cama.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo?
Pareció colocarse aún más serio.
—Estuve en una isla, trabajando como pescador, hasta que recuperé la memoria hace unos meses —dijo dándome la espalda.
Arrugué el ceño, aunque sea injusta siento que debió haber venido hacia mí apenas despertó. Pero, ¿qué es lo que lo detuvo?
—Si yo no te hubiera descubierto en el cementerio, ¿pensabas irte para siempre?
—Aura... yo...
—Responde —le exigí una respuesta levantándome de la cama ya perdiendo la paciencia. Entiendo que sufrió, yo también sufrí. Todos me dijeron que estaba muerto, y cargando con ese dolor tuve que enfrentarme a su familia para evitar que se apoderaran de lo suyo—. ¿Crees que salvarme la vida fue suficiente? ¿Qué ya estamos a mano? ¿O piensas que yo no te merezco? Soy joven, tal vez aún ingenua, no lleno el lugar como señora Montenegro y...