Era de madrugada cuando salían de la ciudad para tomar la ruta. Antes de quedarse dormido, o desmayado, dentro de aquel auto que se lo llevaba sin saber a dónde iba, las drogas que le daban lo dejaban temporalmente ciego, todo a su alrededor pasaba a estar hecho de una pasta oscura, y a poco de andar esa misma oscuridad se lo tragaba a él también. Tal vez eran las palabras del doctor Sopa dichas al oído, el cachetazo dado justo a tiempo en la intimidad de su consultorio, el alfajor lleno de pastillas que les guardaba con sigilo en el bolsillo para que lo comieran cuando lo secuestraban; el paciente no se resistía, obedecía esas órdenes que llegaban no sabía de dónde, entraba al auto con cierta mansedumbre, casi agradecido, y se quedaba callado y quieto, como si estuvieran cumpliendo con la promesa de su libertad. Así lo arrancaban a mitad de la noche de aquel hospital de Buenos Aires. El auto aceleraba y se perdía de vista, y el loco que se llevaban no desaparecía en aquel momento del mundo, porque en realidad ya no existía para nadie desde hacía mucho tiempo.
Era el hombre que los cuidaba, ese que vestía un guardapolvo blanco y los mandaba a llamar una vez a la semana del pabellón donde dormían todos juntos a su consultorio de psiquiatra, que los escuchaba con paterna paciencia y les recetaba luego eso que les trituraban por las mañanas en el cacharro del desayuno, el que también sabía cómo incrustar sus ideas en el subconsciente de esos locos, y sus palabras se activaban la noche misma que se lo llevaban. Esa voz que susurraba como si un fantasma parado detrás de ellos le hablara al oído decía que forzaran los barrotes de la ventana, que saltaran del primer piso hacia el vacío, que corrieran atravesando a ciegas el parque nocturno, que se dejaran meter en el interior de aquel auto que esperaba detrás del muro con sus luces apagadas y el motor en marcha. Para no despertar sospechas sus pacientes se iban yendo del hospital de a uno, cada dos o tres meses, según lo programaba el doctor Sopa, jefe de planta en el departamento de salud mental. A la mañana siguiente, el loco que lograba escapar se volvía en el conteo diario de los enfermeros unas sábanas revueltas sobre una cama vacía. Personal administrativo del hospital quedaba atento a las novedades, completaba un detallado reporte que hablaba de una nueva fuga, que nadie iría a leer. Y a las pocas horas esa misma cama se llenaba con la presencia de otro interno.
Aunque debe decirse que los pacientes del doctor Sopa no siempre lograban vencer del todo los barrotes de su pabellón, la cabeza se les quedaba atrapada asomada a la ventana, se rompían un tobillo al caer a oscuras sobre las baldosas del patio, corrían a través del parque tropezando y dándose las rodillas contra la tierra dura, o al llegar al muro se confundían y escapaban por una calle lateral dónde nadie lo estaba esperando. Aquellos intentos fallidos era lo peor que podía sucederles. Al otro día aparecía ese loco que había intentado escapar, rodeado de otros internos que miraban ese bulto colgante, algunos lo movían sin asco, apoyándoles un dedo en la barriga hinchada, como si fuera aquello que tenían frente a los ojos un enorme péndulo de carne fría. Entonces un enfermero lo tomaba por las piernas para alzarlo un poco, otro se paraba en una silla y le retiraba la sábana de alrededor del cuello. Entre aplausos y gritos de espanto un tercer enfermero se cargaba el cuerpo al hombro, por los pasillos del hospital se lo llevaban al subsuelo donde estaba la morgue. Y para sorpresa de muchos locos ya no lo volvían a ver más.
Pero si todo salía como lo planeaba el doctor Sopa, el loco que escapaba llegaba horas después a un escondido pueblo de provincia.
Colonia Vela no era otra cosa más que unas pocas manzanas rodeadas de campo, donde existían unas casas bajas con sus jardincitos desvalidos al frente, y sus techos de teja sucios de verdín; también habían dos galpones cerca de la ruta, uno de ellos derrumbado a su abandono, una estación de micros donde además se guardaba el camión de bomberos, al cual no le funcionaba la sirena y tenía una rueda desinflada, una plaza oxidada con su pasto quemado por el fuego del mediodía, y un semáforo titilante en la esquina frente al destacamento policial. En ese pueblo olvidado por todos había instalado el doctor Sopa su clínica psiquiátrica, por supuesto sin ningún permiso del Ministerio de Salud, pero después de haber pagado algunos sobornos, que tampoco habían resultado ser gran cosa; un poco para el comisario y otro poco para el secretario de intendencia.
Entonces el auto que los traía desde Buenos Aires aminoraba al fin su marcha, se detenía junto al cordón de la vereda, y ya no había vuelta atrás; se destrababa el pestillo electrónico de la puerta trasera, el chofer que nunca decía una sola palabra durante el viaje tampoco decía nada ahora, se limitaba a despabilar al loco adormilado sacudiéndolo sobre el asiento, lo bajaba como podía y lo dejaba allí de pie, medio tambaleándose, frente a los portones negros de aquella casona. Luego regresaba al auto y se marchaba lo antes posible, sin saber qué pasaría con ese muchacho que dejaba librado a su suerte.
Aquella noche el doctor Sopa esperaba durante horas detrás de las cortinas. Cada tanto espiaba hacia la calle hasta que veía el auto contratado de siempre llegar y detenerse. Ahí estaba ese muchacho ahora, el loco que había sido elegido entre el resto de sus otros pacientes. Era el señuelo vivo que excitaba a la bestia, la puerta de la clínica se abría, y el mismo doctor Sopa salía de su cueva a cazarlo. Si el loco parecía asustarse, el doctor Sopa apuraba el paso, atravesaba el pequeño jardín del frente y abría ansioso los portones de hierro que lo separaban del mundo para sujetar al loco por los hombros a modo de bienvenida. Había sido así con los otros once locos, a esa hora de la madrugada cuando no había nadie en las calles de aquel pueblo que pudiera ser testigo; la operación resultaba rápida y sin inconvenientes, y sin agredirlo, pero con firmeza, ayudado por las drogas que todavía desplegaban sus efectos en la sangre, resultaba fácil controlar a ese hombre joven recién llegado y conducirlo hacia el interior de la clínica.