La señora Álvarez Jonét le tenía miedo al doctor Sopa. Sin embargo, lo dejaba entrar a su casa, la casona de dos plantas y muchas habitaciones donde no vivía del todo sola, porque allí vivía también con el recuerdo de su hermana melliza. Cada vez desconfiaba más de las visitas que ese hombre le hacía todos los lunes por la tarde, por motivos particulares difíciles de comprender, menos para esas dos hermanas, la que había quedado viva y la que había acabado muerta: el doctor Sopa era un hombre bien educado, de modales amables, aunque un poco exagerados, había estudiado muchos años y tenía un título universitario raro de pronunciar, venía de un lugar en el que ninguna de ellas había estado nunca, la ciudad de Buenos Aires, y algunas partes de su cuerpo olían un poco a pimentón mezclado con vinagre. Los días de mucho calor, una capa de sudor se le adhería a la piel, la señora Álvarez Jonét lo había notado desde ese primer encuentro cuando lo tuvo desparramado en su cama, y brillaba y se volvía algo pegajosa; incluso aunque estuviese todavía vestido era como si ya se hubiese desnudado, la camisa se le pegaba al torso transparentándose, acentuando la enorme redondez de su barriga hinchada. Pero lo que más la preocupaba a la señora Álvarez Jonét era esa estática que se esparcía en el aire cuando ese hombre se le acercaba. Hay que decir que las cuestiones referentes a la electricidad eran un indicio nefasto para ella dado a lo que había sucedido aquella tarde. La señora Álvarez Jonét, la que había quedado viva, sentía ante la presencia de ese hombre como se le paraban los pelitos de los brazos, y de ese modo podía darse cuenta, para bien o para mal, que había algo distinto en ese hombre. Pero para mí que aquella sensación no terminaba por ser del todo desagradable, la electricidad que se producía cuando estaban uno cerca del otro le traía pésimos recuerdos, es verdad, la imagen de su hermana melliza achicharrada y tirada en la vereda se le venía de inmediato a la mente, con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas dobladas en una posición extraña, además de los ojos derretidos y los dientes todos negros; y sin embrago ese hombre la invitaba a la aventura fascinante de lo desconocido, y de lo peligroso, y como había supuesto muchas veces desnuda en la oscuridad de su cuarto, también a lo repugnante.
Como si no fuese una especie de lobo que huele sangre, cada lunes, el doctor Sopa se acercaba a la casona y esperaba bajo ese sol abrazador junto a las rejas de la entrada. Y como si ella no fuese una especie de oveja mal herida, la señora Álvarez Jonét abría la puerta principal de su casona y recorría con pasos inseguros el jardín del frente para llegar hasta las rejas y hacerlo pasar. Pese a todo, aquella electricidad que se producía en esos encuentros resultaba suficiente para encender los días de la señora Álvares Jonét, incluso sabiendo que podría ser más dañino que la caída de un rayo, porque eso que atravesaba su cuerpo cuando lo veía entrar a su casa era una sensación extraña, tanto que incluso podría ser amor. Así había sucedido, ese verano en que el doctor Sopa comenzó a visitarla, que la señora Álvarez Jonét perdió su virginidad, a la edad de sesenta y cuatro años y con ese hombre.
Entonces el amor es esto, pensaba ella cuando pensaba en el doctor Sopa.
Y aquel verano perdió también la casona donde había vivido desde siempre.
Cuando se miraba al espejo, al caer la noche, ya dentro del baño, cuando la casa comenzaba a hacer esos ruidos que hacía, como si alguien siguiera por allá en la planta baja, entrando y saliendo de la cocina en penumbras, o abriendo las puertas del mueble donde guardaban la vajilla reservada a la grandes y olvidadas ocasiones, su imagen se desdoblaba y en el eco de su reflejo se independizaba de sus propios movimientos. Una mujer igual a ella aparecía frunciendo el ceño, la señalaba con el dedo índice en alta, y comenzaba a decirle:
No te dejes engañar, idiota.
Y aunque la señora Álvarez Jonét se diera vuelta y se alejara, esa otra señora se desprendía del espejo y la seguía por las habitaciones gritándole:
No te quiere a vos, solo quiere quedarse con la casa.
Más allá de aquellos encuentros, no había entre el doctor Sopa y la señora Álvarez Jonét algo más que los conectara durante el resto de la semana. Como si una especie de amnesia voluntaria se apoderara de sus mentes, desde el martes por la mañana hasta el domingo al anochecer, se ignoraban del modo más violento. Y si por casualidad llegaban a verse por la calles del pueblo, si sus miradas se encontraban al entrar o al salir de algún negocio, si se cruzaban en la cola del almacén o en el quiosco de diarios de la plaza, si alguno de los dos escuchaba la voz del otro en la mesa de al lado en el café frente a la comisaria, se saludaban apenas con un monosílabo y sin siquiera mirarse a los ojos, con la más completa indiferencia, apenas un saludo protocolar dicho casi con desprecio, algo tan frío y distante que rozaba la mala educación: quien los hubiera visto por las calles de Colonia Vela hubiese pensado que no se conocían de ante mano, tanto así que el doctor Sopa como la señora Álvarez Jonét intentaban evitarse a toda costa, y de este modo lograban preservar aquella burbuja de fantasía en la que una vez a la semana se dejaban atrapar: aquello nacía los lunes y moría ese mismo lunes, algunas horas después; tanto más, si alguien se hubiera interesado, y les hubiera preguntado acerca de esos encuentros, los dos hubieran negado el asunto de inmediato, como si ellos no fuesen ellos, sino sus dobles. La respuesta era muy simple: en el fondo se odiaban, el doctor Sopa y la señora Álvarez Jonét. Debajo de aquella fantasía que se habían creado, y de un modo inexplicable, lo dos intuían la tragedia por la que se deslizaban, en todo caso sabían que aquel odio era un lujo que no podían permitirse, el otro tenía aquello necesario para poder seguir en el mundo, y había que hacer la excepción de no advertir la realidad, de no pensarla, y dejar que el hipnotismo que los engañaba hiciera su efecto salvador.