Samantha se encontraba sentada en el consultorio de su gran amigo, el doctor Camilo, mientras esperaba los resultados de los exámenes que se había realizado hace una hora.
Durante las últimas semanas se había sentido extraña. Los constantes mareos, las náuseas, los cólicos y la falta de apetito la habían llevado a pensar que algo no andaba bien. Aunque intentaba mantenerse tranquila, sus manos no dejaban de jugar nerviosamente con el bolso que descansaba sobre sus piernas.
Desvió la mirada hacia el reloj de pared.
Frunció el ceño.
Era extraño que su esposo aún no la hubiera llamado. Él siempre lo hacía para saber dónde estaba o cómo se sentía. Quizá estaría demasiado ocupado preparando la sorpresa de la noche.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Era el día en qué celebraban su cuarto aniversario de bodas y él había insistido en llevarla a una cena romántica. Después, dentro de unas semanas, partirían por fin a su viaje anhelado, que habían tenido que posponer debido al exceso de trabajo en la empresa.
Su corazón latía de emoción.
De pronto, la puerta del consultorio se abrió.
—Perdón por la espera —dijo Camilo entrando con una carpeta en la mano y una enorme sonrisa—. Ya tengo los resultados.
Samantha tragó saliva mientras observaba el rostro de su amigo.
—No me asustes... ¿Hay algo malo?
Camilo soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—Todo lo contrario. Felicidades.
Ella parpadeó confundida.
—¿Felicidades? ¿Por qué?
—Ábrelo.—sugirio su Camilo.
Con las manos temblorosas tomó la carpeta. Apenas leyó las primeras líneas, sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Se llevó una mano a la boca.
—¿Estoy... embarazada? —susurró con la voz quebrada.
Camilo sonrió con sinceridad.
—Sí, Samantha. Vas a ser mamá.
Una lágrima resbaló por la mejilla de la joven antes de que pudiera contenerla.
Sin pensarlo dos veces, se levantó para abrazar a su amigo.
—Gracias... muchas gracias.
Camilo correspondió el abrazo con cariño.
—No tienes que agradecerme. Solo hice mi trabajo. Aunque, para ser sincero, ya sospechaba algo cuando vi todos tus síntomas y por eso pedí varios exámenes para confirmarlo.
Samantha volvió a mirar el resultado.No podía dejar de sonreír, un bebé creado con amor. Ella y el hombre que amaba iban a formar una familia.
—Tengo que darle la noticia a mi esposo.
—Ve con cuidado —respondió Camilo—. Y espero verte muy pronto en tus controles prenatales.
—Lo haré, te quiero mucho.
Tomó su bolso y salió casi corriendo del consultorio.
Camilo la observó marcharse hasta que la puerta se cerró.
Su sonrisa desapareció poco a poco. Su pecho se oprimio con tristeza.
—Ojalá todo salga bien... —murmuró antes de regresar a su trabajo.
Samantha abandonó el hospital con el corazón rebosante de felicidad.
Detuvo un taxi y, apenas subió, marcó el número de su esposo.
La llamada sonó varias veces.
No respondió. Sonrió para sí misma.
—Debe estar ocupado preparando nuestra cena.
Guardó el teléfono y apoyó la cabeza contra la ventanilla mientras imaginaba la expresión de su esposo cuando descubriera que iba a convertirse en padre.
Una llamada no era suficiente para una noticia tan importante. Tenía que ser una sorpresa inolvidable.
Le pidió al taxista que se detuviera frente a una tienda para bebés.
—Esta bien señorita.
Al llegar, desendio del taxi, pago la tarifa. Apenas entró, sus ojos se llenaron de ternura al recorrer los pequeños zapatitos, los diminutos mamelucos y los tiernos peluches.
Después de varios minutos, eligió unos zapatitos blancos.
También compró una pequeña caja de regalo y una tarjeta.
Con una enorme sonrisa escribió:
"Feliz cuarto aniversario, amor. El mejor regalo que puedo darte no cabe en esta caja, porque está creciendo dentro de mí. Vas a ser papá."
Con una sonrisa de oreja a oreja,
guardó los zapatitos junto a la tarjeta, cerró cuidadosamente la caja y la acomodó dentro de su bolso.
Acarició su vientre plano por unos segundos. Jamás se había sentido tan feliz.
Samantha volvió a subir a un taxi. Antes de darle la dirección al conductor, miró la hora en la pantalla de su teléfono.
Eran las 5:17 de la tarde, se extraño, a esas horas, su esposo ya la habría llamado al menos tres veces para preguntarle cómo estaba o cuánto faltaba para verse. Sin embargo, el teléfono permanecía en absoluto silencio. Después del mediodía.
Una extraña inquietud comenzó a instalarse en su pecho.
En ese instante, el sonido de un mensaje interrumpió sus pensamientos.
Al desbloquear la pantalla, vio el nombre de Casandra.
"Querida prima, te tengo una sorpresa junto con tu esposo. Ven al Hotel Holiday, habitación 1808. No es necesario que toques solo entra."
Samantha sonrió sin poder evitarlo.
—¿Qué estarán planeando esos dos? —murmuró para sí.
Seguramente habían preparado algo especial por su aniversario.
Acarició discretamente el bolso donde llevaba la pequeña caja con los zapatitos de bebé.
Ella también tenía una sorpresa.
—Por favor, lléveme al Hotel Holiday —le indicó al taxista.
Durante todo el trayecto no pudo evitar imaginar la reacción de su esposo cuando descubriera que iba a convertirse en padre.
Pero aquella sensación de felicidad comenzó a mezclarse con un extraño nerviosismo.
Algo no estaba bien.
Al llegar al hotel, pagó el viaje y descendió del taxi.
Respiró hondo antes de entrar.
Las puertas del ascensor se cerraron lentamente mientras el número de los pisos aumentaba uno tras otro.
Su corazón latía cada vez con más fuerza.
Justo cuando el ascensor se detuvo, su teléfono volvió a sonar.
Era su tía.
—¿Qué sucede, tía? —preguntó Samantha.
—Hija, el socio de tu esposo no deja de llamarme. Está desesperado buscándolo. Me ha dicho que desapareció después del mediodía y no responde el teléfono. ¿Sabes dónde está?