Samantha descendió del taxi con el rostro empapado en lágrimas. Respiró profundamente varias veces antes de entrar a la mansión, intentando recomponerse. No podía permitir que nadie descubriera el infierno que acababa de vivir.
Apenas cruzó la puerta principal, una voz familiar la detuvo.
—¡Samantha!
Levantó la mirada.
Su tía se encontraba en la sala con una taza de café entre las manos. Al verla, sonrió con calidez.
—Pensé que ya estarías con tu esposo. ¿Qué haces aquí tan temprano?
Samantha forzó una sonrisa que apenas logró sostener.
—Solo... vine por unas cosas.
—¿Estás bien, cariño? Te ves un poco pálida.
—Sí, tía. Solo estoy algo cansada.
Sin darle tiempo para seguir preguntando, Samantha comenzó a subir las escaleras.
Su tía la observó alejarse. Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Excelente... —murmuró para sí.
En ese instante, unos pasos resonaron desde el segundo piso.
La señora Beatriz, madre de Dylan, descendía elegantemente por las escaleras. Al ver a Samantha subir apresuradamente, arqueó una ceja.
—¿Acaso ya regresaste? Pensé que estarías celebrando tu aniversario con mi hijo.
La tía dirigió la mirada hacia Beatriz.
—Eso mismo le pregunté. Dice que solo vino por unas cosas.
Beatriz volvió a fijarse en Samantha.
—¿Y mi hijo? ¿Dónde está?
Samantha se detuvo por un instante, sin atreverse a darse la vuelta. Sentía un enorme nudo en la garganta.
—No... no lo sé.
Aquellas cuatro palabras hicieron que ambas mujeres intercambiaran una mirada confundida.
—¿Cómo que no lo sabes? ¿No estaban juntos?
Samantha cerró los ojos con fuerza.
Si permanecía un segundo más allí, terminaría derrumbándose.
—Discúlpenme... necesito descansar.
Sin esperar respuesta, continuó subiendo las escaleras a toda prisa. Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con llave y apoyó la espalda contra ella. Las lágrimas, que había estado conteniendo con todas sus fuerzas, volvieron a escapar sin control.
Su mundo acababa de romperse.
Y lo peor... era que aquella pesadilla apenas comenzaba.
Apenas logró recuperar un poco la respiración, Samantha caminó hasta el borde de la cama.
Pero fue inútil.
Cada vez que cerraba los ojos, la misma imagen volvía a aparecer.
Su esposo con su prima en aquella habitación de hotel.
Las copas de vino, la ropa esparcida por el suelo, la sonrisa burlona de Cassandra y, sobre todo, aquel mensaje.
"Lo mejor que puedes hacer es irte lejos antes de ser humillada."
Un sollozo escapó de sus labios.
—¿Por qué...? —susurró con la voz rota.
Se llevó ambas manos a la cabeza, sintiendo que el aire comenzaba a faltarle.
No podía permanecer en esa casa, no después de lo que había visto.
Era demasiado orgullosa para quedarse esperando las explicaciones de Dylan, o peor aún, escuchar de sus propios labios por qué la había traicionado. Prefería marcharse antes que soportar una humillación más.
Con movimientos temblorosos abrió uno de los cajones del armario.
Allí estaban los dos pasaportes.
Debajo descansaban los boletos de avión para París, el destino que habían elegido para celebrar la luna de miel que habían pospuesto durante cuatro largos años.
Una amarga sonrisa apareció en sus labios.
Tantas promesas, tantos sueños...
¿De verdad todo había terminado?
Tomó únicamente su pasaporte.
El de Dylan permaneció en el cajón.
Después guardó su billetera, sus tarjetas bancarias, algunos documentos importantes y el resultado de la prueba de embarazo.
Antes de cerrar el cajón, volvió a mirar los boletos de avión.
Sintió un nudo en la garganta.
Con delicadeza llevó una mano hasta su vientre.
Apenas unas horas antes había imaginado un futuro perfecto.
Ahora solo existía incertidumbre.
—No puedo seguir aquí... —susurró entre lágrimas—. No permitiré que mi hijo crezca viendo cómo destruyeron a su madre.
Se dirigió al baño.
Abrió la ducha y dejó que el agua fría recorriera su cuerpo.
Sin embargo, por más que cerrara los ojos, seguía viendo aquella escena.
Seguía escuchando la voz de Cassandra y el último audio que le había enviado.
"Hace mucho que tu esposo y yo somos amantes..."
Samantha se cubrió la boca para ahogar un grito.
Sentía que el pecho le dolía.
Minutos después salió del baño.
Se puso un conjunto sencillo y cómodo, recogió su cabello en una coleta y tomó un bolso de mano. No llevaría ropa; únicamente una pequeña maleta con algunas joyas de valor, sus documentos y las tarjetas bancarias.
Antes de salir, observó por última vez la elegante habitación donde había vivido algunos de los momentos más felices junto a su esposo.
Con el corazón destrozado, cerró la puerta.
La mansión permanecía en un extraño silencio.
Ni su tía ni su suegra estaban ya en la sala.
Era como si el destino le estuviera despejando el camino para marcharse.
Sin mirar atrás, cruzó la puerta principal.
Apenas estuvo fuera, solicitó un vehículo desde su teléfono.
Cuando el conductor llegó, abrió la puerta trasera.
—¿A dónde la llevo, señorita?
Samantha respiró hondo.
Miró por última vez la enorme mansión que durante años llamó hogar.
Lo que más le dolía no era solo la traición.
Era que, desde que había descubierto la verdad, Dylan no la había buscado, ni una llamada, ni un solo mensaje.
Como si ella no significara absolutamente nada.
Sintió que el corazón se le hacía pedazos.
—Al aeropuerto... por favor.
El vehículo arrancó lentamente.
Y Samantha comprendió que, en ese mismo instante, estaba dejando atrás no solo su matrimonio, sino toda la vida que alguna vez soñó.