Samantha permanecía recostada sobre la cama, sin fuerzas ni deseos de levantarse. Con una mano acariciaba lentamente su vientre mientras las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas. Aún le resultaba imposible aceptar todo lo que había sucedido. La traición de Dylan y de Cassandra seguía clavándose en su pecho como una daga.
Después de varios minutos, se incorporó con lentitud y caminó hasta el espejo. Observó su reflejo: los ojos hinchados, el rostro enrojecido y el cabello desordenado. Apenas se reconocía.
Posó ambas manos sobre su pequeño vientre.
—No importa lo que pase... saldré adelante por ti —susurró con la voz quebrada.
No permitiría que el amor que sentía por Dylan la arrastrara a un abismo del que no pudiera salir. Si él había decidido quedarse con Cassandra, era su decisión. Ella no pensaba suplicarle.
Una amarga sonrisa apareció en sus labios. Ahora todo tenía sentido. Su prima llevaba demasiado tiempo viviendo en la mansión de Dylan. Cassandra siempre ponía alguna excusa juntó a su tía para no marcharse. Ella creyó que simplemente se llevaban bien, que se apreciaban como cuñados. Había sido ingenua. Esa relación no había comenzado de un día para otro. Seguramente llevaba meses, quizás años.
—Qué tonta fui... —murmuró, limpiándose las lágrimas.
Entró al baño y tomó una ducha con agua tibia que logró tranquilizar un poco sus pensamientos. Al salir, secó su cuerpo con cuidado, volvió a acariciar su vientre y se colocó un vestido cómodo junto con una chaqueta ligera.
Necesitaba salir de esas cuatro paredes.
No tenía apetito, pero sabía que ya no podía pensar únicamente en ella. Ahora existía una pequeña vida creciendo en su interior y debía alimentarse correctamente para que su bebé naciera sano y fuerte. Por esa razón hizo el esfuerzo de salir pará ir a comer.
Poco después llegó a un restaurante. Apenas llevaba unos minutos sentada cuando su teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla apareció el nombre de Ángela.
—Hola, Sammy. ¿Cómo estás?
Samantha respiró profundamente antes de responder.
—Estoy bien... eso creo.
Ángela guardó silencio unos segundos.
—Me quedé muy preocupada desde la última vez que hablamos. ¿De verdad todo está bien?
Samantha soltó una sonrisa amarga.
—Podría decirse que sí. La vida sigue, ¿no?
Al otro lado de la línea se escuchó un suspiro.
—Sammy... Dylan vino a buscarte. También me llamó muchísimas veces preguntando por ti.
Las manos de Samantha se cerraron con fuerza alrededor del teléfono.
—¿Qué le dijiste? —Su voz sonó nerviosa.
—Que no sabía dónde estabas. No podía traicionar tu confianza. Tú eres mi amiga desde hace muchos años. —Hizo una pequeña pausa antes de añadir—: Pero se veía muy preocupado.
Samantha negó con la cabeza.
—¿Preocupado? No estaba preocupado cuando decidió acostarse con mi propia prima.
Ángela permaneció en silencio.
—No lo sé... ¿No crees que quizá deberías escuchar una explicación? —sugirió Ángela.
Samantha cerró los ojos.
—No me llamó ese día. Ni una sola vez. Así que ya no quiero saber absolutamente nada de él —replicó con firmeza.
—Lamento mucho todo lo que estás viviendo. De verdad lo siento.
—Gracias...
—Estoy aquí para ti, Samantha. Siempre lo estaré.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Samantha.
—Prométeme algo —pidió la rubia.
—Lo que sea —aceptó su amiga.
—No le dirás dónde estoy. Jamás —suplicó con la voz rota.
—Te lo prometo. —Ángela respiró hondo antes de continuar—. Nunca he sido una hipócrita, Sammy. Siempre te dije que Cassandra no me inspiraba confianza. Había algo en ella que no me gustaba, pero tú jamás quisiste creerme.
Samantha bajó la mirada.
—No quiero seguir hablando de ellos. Por favor —mencionó con rabia.
—Está bien.
Después de unos segundos de silencio, Samantha volvió a hablar.
—Necesito pedirte un favor.
—Claro. Dime.
—Voy a enviarte dinero. Quiero que vayas a visitar a mi padre al hospital psiquiátrico, pagues la mensualidad y le compres algunas cosas. Solo necesito desaparecer un tiempo. Cuando esté preparada regresaré.
Ángela aceptó sin pensarlo.
—Lo haré. No tienes que preocuparte por eso. Pero prométeme tú también que seguirás llamándome.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Samantha.
—Claro. Eres la única persona que ha permanecido a mi lado desde que mi mamá falleció. Eres como la hermana que nunca tuve.
Ángela sintió un nudo en la garganta.
—Y tú también eres mi familia.
Cuando terminaron la llamada, Ángela preparó una pequeña maleta. Al día siguiente viajaría para visitar a don Samuel, el padre de Samantha, tal como ella se lo había pedido.
***
Mientras tanto, Samantha terminó de desayunar en el restaurante y salió a caminar por las calles de la ciudad.
Observó los enormes escaparates de las tiendas y, por un momento, sacó la tarjeta bancaria que Dylan le había entregado años atrás.
Durante los cuatro años de matrimonio jamás había abusado del dinero de su esposo. Siempre procuró gastar únicamente lo necesario, pues aún conservaba parte de la herencia que sus padres le habían dejado. Además, antes de perder completamente la razón, su padre había alcanzado a dejarle su testamento. Aunque todavía no podía recuperar la parte correspondiente a la herencia de su madre debido a una cláusula que, según su tía Minerva, seguía vigente, el dinero que poseía era suficiente para empezar de nuevo.
Miró nuevamente la tarjeta.
Una sonrisa irónica apareció en sus labios.
—Durante cuatro años nunca te hice gastar de más. Ahora me toca pensar en mí y en nuestro hijo.
Entró a una tienda tras otra. Compró ropa para el embarazo, muebles básicos, utensilios para su nueva casa y todo lo que consideró necesario para comenzar una nueva vida.
Después alquiló un automóvil por varios días y se trasladó hasta una pequeña casa. Sin dudarlo, pagó un año completo de renta.