Dylan no dejaba de beber. Una botella tras otra terminaba vacía sobre el escritorio de su despacho, mientras el alcohol era incapaz de adormecer el dolor que lo consumía.
Se sentía miserable.
Samantha había desaparecido sin dejar rastro. Desde el día en que abandonó la mansión no había vuelto a saber nada de ella.
La buscó por todas partes.
Preguntó a Ángela, habló con antiguos conocidos, revisó cada lugar que ella solía frecuentar, pero nadie sabía dónde estaba o, al menos, nadie quiso decírselo. Seguramente estaba feliz con su amante.
En un ataque de furia, expulsó a Cassandra de la mansión.
La echó sin escucharla. Ella insistía una y otra vez en que no tenía la culpa de lo ocurrido, pero Dylan ni siquiera recordaba con claridad lo que había pasado aquella maldita noche en el hotel. Su memoria estaba llena de vacíos que solo aumentaban su desesperación.
Volvió a llevarse la botella de vodka a los labios.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió de golpe.
—¿Vas a seguir así? —preguntó su madre, entrando sin pedir permiso—. Eres uno de los empresarios más importantes del país. Tu nombre aparece todos los días en los periódicos, y mírate encerrado, borracho y destruido por una mujer que decidió marcharse.
Dylan cerró los ojos.
—No quiero hablar, madre.
—¡Pues tendrás que hacerlo! Reacciona de una vez. ¿Qué piensas hacer con la empresa automotriz? Y la empresa de motocicletas. No puedes abandonar todas tus responsabilidades por una mujer.
Él apretó la mandíbula.
—¡ Déjame en paz ! — exclamó sin querer seguir hablando.
—No. Si Samantha te dejó, ¿piensas llorarla el resto de tu vida? Levántate y sigue adelante. Si ella se fué con otro hombre, es por algúna razón.
Dylan golpeó el escritorio con tanta fuerza que sus nudillos comenzaron a sangrar.
—¡No entiendes nada!
Su madre dio un paso al frente.
—Entonces explícamelo. Nunca imaginé que le harías algo así a Samantha. Mucho menos con su propia prima ni qué ella se haya ido con otro. Te advertí desde el principio que era un error permitir que esa familia viviera bajo este techo.
—¡No la engañé porque quisiera! —gritó Dylan con desesperación—. ¡No entiendo qué pasó esa noche! Hay algo que no logro recordar y te recuerdo qué ella me dejó y seguramente está con otro.
El silencio invadió el despacho.
Su madre observó el sufrimiento reflejado en los ojos de su hijo y, por primera vez, dudó de que todo hubiera sucedido como parecía.
En ese instante, la empleada tocó la puerta.
—Señor...
—¡No quiero ver a nadie! —grito fuera de sí.
—Pero... las personas que están afuera están haciendo un escándalo.
La madre de Dylan frunció el ceño.
—¿Quiénes son?
—La señorita Cassandra y la señora Minerva.
Ambos intercambiaron una mirada. Sin perder tiempo, salieron del despacho.
Al llegar a la entrada de la mansión, Dylan encontró a Cassandra discutiendo con los guardias.
—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó con frialdad.
Cassandra lo miró fijamente.
—Estoy aquí porque vas a escucharme.
—Ya te dejé claro que no quiero volver a verte. Ni a ti ni a tu madre.
—Yo no tengo la culpa de lo que pasó. — se defendió Minerva.
—¿Entonces qué quieres?
Cassandra respiró profundamente y levantó una carpeta que llevaba entre las manos.
—Ese supuesto error... tuvo consecuencias.
Sacó unos documentos y los lanzó sobre el pecho de Dylan.
Él los tomó con fastidio. Al leerlos, su expresión cambió por completo.
Prueba de embarazo: positiva.
Dylan levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa esto?
—Ya tengo casi tres meses de embarazo —respondió Cassandra, acariciándose el vientre—. Estoy esperando un hijo tuyo, y vas a responder por él quieras o no.
La madre de Dylan abrió los ojos con incredulidad.
—¡Eso es imposible!
—No pienso criar a este bebé sola —continuó Cassandra—. Tú también eres responsable.
Dylan sintió que el mundo comenzaba a derrumbarse.
Primero Samantha desaparecía y ahora Cassandra afirmaba estar embarazada.
—Esto es una locura —murmuró sin poder creerlo
Minerva observó a su hija con preocupación.
—Cassandra...mejor vámonos.
—¡Cállate, mamá!
Dylan respiró profundamente antes de hablar.
—Si ese hijo realmente es mío, responderé como corresponde. Nada más, a tí no té puedo responder, ahora lárgate qué me da asco verte.
Cassandra sonrió con una expresión inquietante.
—Claro que responderás y no me pienso ir si no es muerta.
De pronto, sacó una pequeña navaja del bolso.
—¡¿Qué haces?! —gritó Minerva aterrada. Beatriz abrió los ojos asustada.
Antes de que alguien pudiera detenerla, Cassandra deslizó la hoja sobre una de sus muñecas.
La sangre comenzó a brotar de inmediato.
—¡Cassandra! —gritó su madre desesperada.
Dylan dio un paso hacia ella completamente impactado.
—¡¿Estás loca?!
Cassandra, con lágrimas en los ojos y la mano ensangrentada, lo miró fijamente.
—Si tú no estás conmigo... no quiero seguir viviendo. No creas que podrás deshacerte de mí tan fácilmente. Jamás lo permitiré, prefiero morir y tú conmigo.
Minerva rompió en llanto.
—¡Alguien llame a una ambulancia! ¡Por favor!
Los empleados corrieron de un lado a otro mientras Beatriz ayudaba a Minerva con su hija.
Dylan permaneció inmóvil.
Sentía que toda su vida se estaba desmoronando frente a sus ojos.
Había perdido a Samantha.
No entendía qué había ocurrido aquella noche, él la engañó y ella aparentemente lo dejó por otro.
Y ahora Cassandra acababa de amenazar con quitarse la vida frente a él, asegurando que esperaba un hijo suyo cuando él ni siquiera recordaba absolutamente nada.