La melodía de un nuevo amor.

Capítulo 67

El sonido de la gaita me envolvía mientras cruzaba la puerta de piedra. Mi corazón latía con fuerza, y cada paso que daba sobre aquel suelo antiguo parecía resonar con los recuerdos de toda mi vida. No veía a nadie, solo a él.

James estaba frente al altar, de pie, vestido con su kilt verde oscuro, con una mezcla de nervios y ternura en los ojos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que estaba exactamente donde debía estar.

Las niñas fueron las primeras en caminar por el pasillo. Lidia llevaba los anillos con una sonrisa radiante; Jannet y María Jesús, tan elegantes y dulces, iban lanzando pétalos blancos. Yo las seguía, sosteniendo mi ramo de lavanda y rosas. En ese instante, todo el ruido del mundo desapareció.

A mi izquierda, reconocí los rostros de mi familia y amigos. Vi a mi madre llorando, a mis hermanos sonriendo con orgullo, a Carmen saludándome con los ojos brillantes, a Angelita con sus hijos, a Marta y hasta a Jesús, que me guiñó un ojo desde el fondo de la sala.

Y allí, frente a la primera fila, la vi: la silla vacía, decorada con flores blancas y una cinta lavanda.

Sentí un nudo en la garganta.

“Esa es tuya, prima”, susurré en silencio. “No podía hacerlo sin ti”.

James extendió su mano hacia mí. La tomé y sentí cómo mi corazón se calmaba al instante.

El oficiante, con acento escocés, empezó la ceremonia hablando de los nuevos comienzos, de los amores que sanan y de los caminos que se cruzan cuando más se necesitan.

James me miró fijamente y pronunció sus votos con la voz temblorosa pero firme:

—Nuria… cuando llegaste a mi vida, no solo me diste amor, sino calma. Contigo aprendí lo que significa cuidar sin miedo, amar sin prisa y confiar sin reservas. Prometo acompañarte, protegerte y reír contigo hasta el último de mis días.

Tuve que respirar hondo antes de hablar. Mis manos temblaban.

—James… llegaste cuando yo ya no creía en los milagros. Sanaste heridas que pensé que durarían toda la vida. Contigo aprendí que el amor puede ser suave, sincero y sin condiciones. Prometo amarte, respetarte y caminar contigo, aunque el camino sea largo o el cielo esté nublado.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas al decir “sí, quiero”. Y cuando él lo repitió, sentí que una parte de mí se reconstruía para siempre.

El beso fue cálido, puro. Los aplausos llenaron la pequeña capilla, y las niñas corrieron hacia nosotros.

—¡Mamá, lo hiciste! —gritó Lidia, abrazándonos a los dos.

—Ahora sí somos una familia completa —dijo Jannet con una sonrisa que me rompió el alma de emoción.

Durante el banquete, las risas llenaron el gran salón iluminado por velas. Los invitados brindaban, las gaitas sonaban de fondo, y mi madre no dejaba de repetir lo guapo que estaba James. Jesús, fiel a su estilo, levantó su copa.

—Brindo por ti, Nuria —dijo con la voz firme—. Por la mujer valiente que decidió volver a creer en el amor. Y por ti, James, por hacer lo que muchos no supieron: cuidarla.

Todos aplaudieron. Yo lo abracé con cariño y le agradecí en voz baja.

—Gracias por estar aquí —le dije.

—No podía faltar —respondió sonriendo—. Eres familia.

Cuando creí que el día no podía ser más perfecto, James se levantó y pidió silencio.

—Hoy no solo celebramos una boda —dijo mirando a Jannet—. Mañana es el cumpleaños de una niña muy especial, y no podíamos dejarlo pasar.

Las puertas se abrieron y entraron dos camareros con una tarta preciosa decorada con flores lilas y una figura de la Barbie encima. Jannet se tapó la boca con las manos, al borde del llanto.

Todos empezaron a cantar “Happy Birthday” en inglés y, por insistencia de mi madre, también en español. Jannet no podía dejar de sonreír.

—¿De verdad hiciste esto por mí? —preguntó emocionada.

—Claro —dijo James acariciándole la mejilla—. Porque tú y tu hermana sois lo mejor que me ha pasado junto a vuestra madre.

Ella se lanzó a abrazarlo con tanta fuerza que sentí que el corazón se me desbordaba.

—Gracias, papá James —dijo sin pensarlo.

El silencio fue breve, pero lo suficiente para que todos sintiéramos el peso de esas palabras.

James la abrazó, mirándome con los ojos húmedos.

—No hay regalo más grande que eso —susurró.

La música volvió a sonar. Mi madre bailaba con mi tío, Carmen con su padre y Angelita con sus hijos. Yo me senté un momento frente a la silla vacía.

—Lo logré, prima —dije en voz baja—. Hoy sí soy feliz.

Sentí un escalofrío suave, una especie de abrazo invisible que me erizó la piel. Y supe, con certeza, que estaba allí conmigo.

Cuando cayó la noche, James y yo salimos a la terraza del castillo. Las luces reflejadas en el lago hacían brillar el agua como si fueran estrellas.

—¿Feliz? —me preguntó abrazándome por detrás.

—Más de lo que imaginé jamás —respondí, entre lágrimas y risas.

Apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón. Por fin estaba en paz.

Mi historia, la que tanto dolió, había encontrado su final feliz.

Y lo más hermoso era que apenas comenzaba.




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