La melodía de un nuevo amor.

Capítulo 68

Nunca pensé que una despedida pudiera ser tan dulce. Mi madre se quedó un tiempo más en Escocia, y verla abrazar a mis hijas mientras nos marchábamos me dio paz. Jannet y Lidia se quedaron felices, con la promesa de que les traeríamos muchos recuerdos del viaje. James me miró sonriendo mientras metía las maletas en el coche.

—¿Lista para una pequeña aventura? —preguntó con ese brillo en los ojos que siempre consigue desarmarme.

—Siempre que sea contigo —le respondí sonriendo.

No me había querido decir adónde íbamos exactamente. Solo me aseguró que sería “un recorrido por la historia, como los libros que tanto te gustan”. Y así comenzó nuestra luna de miel.

El primer destino fue Stirling Castle. Subimos hasta la colina bajo un cielo despejado; el viento movía mi cabello y el olor a hierba húmeda lo impregnaba todo. Caminamos por las murallas tomados de la mano. James me hablaba de las batallas, de los reyes, y yo no podía evitar pensar en cómo la vida me había traído justo allí, a un castillo escocés, con un hombre que me miraba como si el pasado no existiera.

—Mira ese horizonte —me dijo—. Todo lo que hay detrás es historia; todo lo que está delante… es nuestro futuro.

Me quedé callada, solo apreté su mano. No necesitaba más palabras. En su mirada encontré todo lo que alguna vez busqué: calma, seguridad, amor sincero.

Después fuimos hasta Dunnottar Castle, una fortaleza suspendida sobre el mar. El viento era tan fuerte que tuve que sostenerme de su brazo para no perder el equilibrio. James se rio y me abrazó por detrás, cubriéndome con su abrigo.

—¿Sabes? A veces me cuesta creer que esto sea real —le confesé mirando al horizonte—. Siento que si cierro los ojos, todo desaparecerá.

—No va a desaparecer, Nuria —me susurró cerca del oído—. No soy un sueño. No te despertarás sola otra vez.

Sus palabras me estremecieron. Había una ternura en su voz que me desarmó. Cerré los ojos, respiré el aire salado y me dejé llevar.

En el coche, de camino a Kilchurn Castle, hablamos de las niñas, de cómo se adaptaron al colegio, de los planes que teníamos. Yo me di cuenta de algo: ya no hablábamos del pasado. No mencionábamos a David, ni a los años difíciles. Todo giraba en torno al presente, a lo que estábamos construyendo juntos.

Llegamos a Kilchurn al atardecer. El sol se escondía detrás del lago y el reflejo dorado bañaba las ruinas del castillo. Caminamos en silencio por la hierba húmeda hasta el borde del agua. James me abrazó y apoyé la cabeza en su pecho.

—Cuando era niña soñaba con esto —le dije—. Estar en Escocia, ver castillos, sentir que el amor no duele.

—Y ahora lo estás viviendo —susurró—. Te prometo que haré todo lo posible para que nunca te vuelva a doler.

Me giré hacia él, lo miré a los ojos y sentí ese nudo en el pecho que mezcla felicidad y miedo. Me besó despacio, con ternura, y ese beso no fue solo amor, fue refugio.

Esa noche dormimos en una pequeña posada cerca del lago. Había una chimenea encendida, el fuego iluminaba su rostro y me quedé observándolo mientras él me preparaba una taza de té.

—¿En qué piensas? —preguntó al verme sonreír.

—En que, por fin, mi vida tiene calma. Y que no me da miedo amarte.

Se acercó y me acarició el rostro.

—¿Sabes qué es lo mejor de este viaje? —dijo—. Que no es una escapada… es el comienzo de todo lo que nos queda por vivir.

Me besó con esa dulzura que solo él tiene, sin prisa, sin exigencias, solo con amor. Y en ese instante comprendí que lo mío con James no era un destino, sino una elección. Una elección de paz, de respeto, de amor maduro y real.

Al amanecer, salimos a pasear junto al lago. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo. Me giré hacia él, lo abracé y pensé que, si mi prima pudiera verme, sonreiría. Quizás fue ella quien lo puso en mi camino, para que entendiera que el amor verdadero no duele, sino que sana.




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