Cuando llegamos a Inverness, sentí una mezcla de emoción y nostalgia. Había sido un viaje hermoso, lleno de momentos que guardaré siempre, pero extrañaba a mis hijas. Llevábamos días viendo castillos y paisajes que parecían sacados de un sueño, y aun así, lo que más deseaba era abrazarlas.
James me tomó la mano mientras caminábamos.
—Apuesto a que Jannet y Lidia estarán esperándonos junto a la ventana —dijo sonriendo.
—Y mi madre detrás, fingiendo que no está nerviosa —añadí, riéndome.
Tenía razón. En cuanto abrimos la puerta de casa, escuché el grito de Lidia.
—¡Mamá, papá James! —corrió hacia nosotros con los brazos abiertos. Detrás venía Jannet, sonriendo de oreja a oreja.
Las abracé fuerte, sintiendo el calor de sus pequeños cuerpos, el olor a su champú y esa sensación de hogar que ninguna otra cosa puede darte.
—Te hemos echado de menos —susurró Jannet.
—Yo también, cielo. Más de lo que imagináis.
James se agachó para abrazarlas. Lidia se le lanzó al cuello y él la levantó riendo.
—¿Me habéis cuidado a la abuela? —les preguntó.
—¡Sí! Pero nos ha hecho sopa de verduras todos los días —se quejó Lidia.
Todos reímos.
Mi madre apareció en el pasillo, con esa sonrisa que solo una madre tiene cuando ve feliz a su hija.
—Te veo distinta —me dijo mientras me abrazaba—. Tienes otra mirada, Nuria.
—Tal vez sea la paz, mamá. Por fin.
Esa noche, mientras cenábamos todos juntos, James sacó su cámara y empezó a enseñar las fotos. Las niñas se sentaron a su lado, fascinadas.
—Mira, aquí está el castillo de Stirling —les explicó—. Y este es Dunnottar, donde casi se nos lleva el viento.
—¿Y este lago? —preguntó Jannet.
—Kilchurn Castle —contesté yo—. Allí papá James me prometió que siempre cuidaría de nosotras.
James me miró con ternura y me apretó la mano debajo de la mesa. Ese gesto valía más que mil palabras.
Después de cenar, las niñas quisieron ver una por una todas las postales que habíamos comprado. Les regalé un colgante con un pequeño trébol y James les dio una piedra de cada castillo, “para que tengan siempre suerte”, dijo él.
Cuando las acostamos, Jannet me pidió que me quedara un rato más con ellas.
—Mamá, ¿tú eres feliz ahora? —me preguntó con esa inocencia que a veces duele.
—Sí, cariño. Mucho.
—Entonces yo también soy feliz —dijo Lidia medio dormida.
Salí del dormitorio con el corazón lleno. En la sala, James hablaba con mi madre, contándole anécdotas del viaje. Reían como si se conocieran de toda la vida. Me quedé un momento observándolos desde la puerta: él escuchándola con respeto, ella mirándolo con cariño. No pude evitar pensar que, de algún modo, mi familia se estaba completando.
Más tarde, cuando mi madre se fue a descansar, James y yo nos quedamos en el sofá, con una manta y una taza de té.
—¿Sabes? —me dijo—. Antes de conocerte, pensaba que el amor era solo una emoción… pero ahora entiendo que es un hogar.
—¿Un hogar? —pregunté sonriendo.
—Sí. No un lugar, sino una persona a la que vuelves, sin importar a dónde vayas.
Apoyé la cabeza en su hombro. La chimenea crepitaba suavemente, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí completa.
—Gracias por hacerme creer de nuevo —le susurré.
—Gracias por dejarme hacerlo —contestó él, besándome la frente.
Esa noche me quedé despierta un rato más, mirando por la ventana. Las luces de Inverness brillaban a lo lejos, y en el reflejo del cristal vi mi propia sonrisa. Una sonrisa tranquila, sincera. No la de alguien que sobrevive, sino la de alguien que, por fin, vive.
Cerré los ojos y pensé en todo lo que había pasado para llegar hasta allí. En mis hijas dormidas, en mi madre, en mis amigos, y sí… también en mi prima.
Miré hacia el cielo y susurré:
—Gracias, porque sé que fuiste tú quien puso a James en mi camino.