La melodía de un nuevo amor.

Epilogo

Había pasado un año desde mi boda con James, y todavía me sorprendía despertar a su lado. A veces lo miraba en silencio, mientras dormía, y me costaba creer que, después de tanto dolor y desengaño, la vida me hubiera regalado un amor tan limpio, tan tranquilo.

Aquel verano decidimos pasar las vacaciones en Benalmádena, mi tierra. Era la boda de Paula, mi hermana, y toda la familia iba a reunirse. No solo la mía: también venían la madre y los hermanos de James desde Escocia. Las niñas estaban emocionadas. Jannet no paraba de hablar de lo bien que se iban a llevar sus tíos escoceses, y Lidia soñaba con enseñarles la playa.

Llegamos un jueves por la tarde. El calor del sur me envolvió nada más bajar del coche. Olía a mar, a sal, a casa. Mi madre nos esperaba en la puerta, con los brazos abiertos. Detrás, estaban mis hermanos, riendo, y Paula corriendo de un lado a otro con los preparativos de la boda.

—¡Por fin estáis aquí! —exclamó abrazándome.

—No podía faltar —le dije sonriendo—. Hoy la protagonista eres tú.

Esa noche cenamos todos juntos en el jardín. Las luces colgaban sobre la mesa y el sonido del mar se mezclaba con las risas. Ver a mi familia y a la de James tan unidas me llenó de una alegría serena. Su madre me hablaba en un español torpe, pero dulce, y mi madre la escuchaba con paciencia. Era un cuadro que jamás imaginé: mi pasado y mi presente, sentados en la misma mesa.

Al día siguiente fuimos a Selvo Marine. Las niñas estaban radiantes. Verlas tan felices me emocionaba.

—Mamá, ¡mira! ¡Nos están saludando! —gritó Lidia, mientras un delfín saltaba.

James, con su cámara, no dejaba de hacer fotos. Se acercó a mí y me rodeó con el brazo.

—Quiero recordar cada segundo de esto —me susurró al oído.

Esa tarde paseamos por el puerto. Mis sobrinas —las hijas de los hermanos de James— correteaban junto a mis niñas. Jannet las guiaba como si fuera la anfitriona. Me senté un momento en un banco, mirando el horizonte. El atardecer teñía el mar de tonos dorados. James se sentó a mi lado.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En que la vida, al final, sabe recomponerse sola. En que el dolor no se borra, pero te enseña a valorar lo que llega después.

Él me apretó la mano. No dijo nada. No hacía falta.

Llegó el día de la boda. Paula estaba preciosa, radiante, nerviosa como nunca. Yo la ayudé a vestirse, y cuando me miró en el espejo, las dos sonreímos.

—¿Sabes? —le dije—. Te mereces todo lo bueno que venga.

—Como tú, hermana. Tú también lo merecías.

Durante la ceremonia, mientras mi madre lloraba discretamente, yo no podía evitar mirar hacia el cielo. Sentía un nudo en el pecho, el mismo que siempre aparecía cuando pensaba en mi prima. Había pasado tiempo, pero su ausencia seguía siendo un hueco imposible de llenar.

En el banquete, había una silla vacía, con una rosa blanca sobre el plato. Mi hermana también tuvo ese detalle. James se acercó y, sin decir palabra, puso su mano sobre mi hombro.

—Tu prima tuvo que ser alguien especial —me dijo suavemente.

—Lo era, era muy cariñosa y este detalle demuestra que siempre está en nuestros pensamientos.

Después del baile, nos fuimos a caminar por la playa. Las luces del paseo se reflejaban en el agua. Las niñas jugaban haciendo castillos de arena con mis sobrinas. Me descalcé y caminé junto a James, que me rodeó con su brazo.

—¿Recuerdas cuando me dijiste que Escocia era tu nuevo comienzo? —me preguntó.

—Sí… y ahora siento que este viaje cierra un ciclo.

Nos detuvimos frente al mar. Me giré hacia él, nerviosa, con el corazón latiéndome deprisa.

—James, hay algo que quiero decirte —susurré.

Él me miró preocupado.

—¿Pasa algo, cariño?

Sonreí y tomé su mano, llevándola hasta mi vientre.

—Vamos a ser padres.

Por un instante se quedó en silencio, y luego su rostro se iluminó.

—¿De verdad? —dijo con los ojos brillantes.

Asentí. Él me abrazó con fuerza, levantándome del suelo mientras reía.

—Te juro que voy a cuidaros —me dijo con la voz temblorosa.

Miré al cielo, sintiendo el rumor del mar y el tacto cálido de su abrazo.

Y en ese momento lo entendí: el amor verdadero no siempre llega cuando lo esperas, sino cuando estás preparada para recibirlo.

El mar, la luna, el olor a jazmín, las risas de mis hijas… Todo formaba parte de ese instante perfecto que guardaría para siempre.




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