A veces pienso en todo lo que viví y me pregunto cómo pude soportarlo. Las lágrimas, las noches sin dormir, las veces que me sentí sola incluso estando acompañada. Pero también entiendo ahora que cada una de esas heridas me preparó para lo que vino después.
Durante mucho tiempo pensé que el amor era aguantar, complacer o esperar que alguien cambiara. Hoy sé que el amor no duele, no humilla, no obliga. El amor te hace sentir en paz.
Escocia me dio algo más que un nuevo hogar: me dio la oportunidad de reencontrarme conmigo misma. De volver a ser la mujer que había dejado escondida entre los miedos y las culpas. Allí, entre montañas, lluvia y castillos, volví a sonreír sin miedo, volví a confiar y a creer en los milagros cotidianos.
James llegó cuando dejé de buscar, cuando ya no esperaba nada. Y quizá por eso lo encontré. Porque el amor no se persigue; se reconoce. En su mirada encontré la calma que siempre soñé.
Y en mis hijas, la fuerza para seguir caminando.
Hoy, cuando las veo correr por la playa o dormir tranquilas, entiendo que todo valió la pena. Que incluso el dolor tenía un propósito.
Y cuando miro al cielo, sé que ella —mi prima— sigue conmigo. Que me acompaña en cada paso, en cada risa, en cada amanecer.
Porque al final, la vida no se trata de olvidar lo que duele, sino de aprender a seguir amando a pesar de ello.
Y yo… yo volví a amar.