La luna se tiñó de rojo la noche en que Elara ascendió al trono. No hubo cantos, ni fiestas, ni bendiciones. Solo silencio. Un silencio tan denso que pesaba sobre los pechos como una losa de plomo.
Antiguos pergaminos, escondidos en rincones olvidados, cuentan una historia que nadie se atreve a pronunciar en voz alta.
Hace siglos, cuando el frío llegó, no fue la familia de Elara quien detuvo la helada. Fueron ellos quienes la invocaron. Sembraron el miedo, dejaron que la desesperación creciera entre los pueblos, y entonces aparecieron como si fueran su única salvación. Exigieron sumisión, riquezas y tributos a cambio de mantener a raya lo que ellos mismos habían desatado. Y la gente, aterrorizada, se arrodilló.
Así nació el reino de Voryn: sobre mentiras, sangre y servidumbre.
Y ahora, tras generaciones, Elara ocupa el trono. Es hermosa, sí: cabello blanco como la calma antes de la tormenta, ojos rojos que brillan con el fuego de una ambición que nunca se sacia. Pero su belleza es una trampa. Bajo ella hay hielo. Hay crueldad. Hay un abismo donde debería estar un corazón.
—Que aprendan a temerme —murmuró esa noche, observando desde su balcón cómo la luna teñía de carmesí los techos de los pueblos a sus pies—. Porque quien no teme, no obedece. Y quien no obedece… no tiene razón de existir.
La sangre de la luna iluminó su sonrisa: fría, afilada, mortal. Y en los reinos más allá de sus fronteras, un escalofrío recorrió la tierra. Algo despertaba. Algo terrible.
Ella no era su guardiana. Era su pesadilla. Y ahora, la pesadilla tenía hambre de más tierras, más súbditos, más poder.
Editado: 21.10.2026