Mi padre siempre me dijo que debía luchar con todas mis fuerzas por lo que quería, nunca debía rendirme, porque no estaba sola ni me faltaba nada. Era una chica privilegiada.
—¡Lánzamela! —grité a Sarah, una de mis compañeras del equipo de hockey sobre césped, quien había robado la bola a una contrincante y ahora venía a toda velocidad hacia el arco.
Su piel oscura y sudorosa, y sus cabellos largos y encrespados, aprisionados en trenzas terminadas en un moño, la hacían intimidante.
Yo me hallaba más cerca y libre de marcaje, a ella la rodeaban dos competidoras ansiosas por quitarle el dominio.
Cuando Sarah cumplió con mi petición, atrapé la bola con el palo y giré el cuerpo hasta alcanzar una posición que me permitiera golpearla con fuerza hacia la red. La arquera, quien supuso que dirigiría el tiro a un costado, se movió un poco dejando el centro solo.
Por allí entró la bola sin inconvenientes, logrando el gol que nos puso por encima de las rivales y nos dio el triunfo de ese día.
Un grito ensordecedor resonó, tanto en las gradas como dentro de la cancha, que me hizo sentir más viva que nunca y dueña de un poder sobrenatural. La adrenalina era intensa.
Minutos después, cuando al fin hicieron sonar el pitazo del final del partido, las Tigresas, que así se llamaba nuestro equipo, nos abrazamos rugiendo con ferocidad.
Apenas habíamos comenzado el torneo escolar y ya contábamos con tres victorias. Éramos indetenibles.
En el instituto Harley confiaban en que mejoraríamos el logro del año pasado, cuando nos coronamos campeonas aunque luego de superar una temporada difícil.
Este año me habían elegido como su capitana. Todo tenía que salir perfecto.
La capitana anterior había entrado en la universidad, por eso obtuve la distinción. Era mi último año en la preparatoria, solo tenía una oportunidad para demostrar mi valía en este deporte y alcanzar la profesionalización.
—¡Eres una diosa, Becca! Nos diste un éxito más en el torneo. ¿Me concedes una foto para el diario escolar?
Al día siguiente del partido, Naty, la fotógrafa del periódico del instituto, una chica rubia y algo regordeta a quien nunca había visto sin sus gruesos anteojos de pasta puestos, me interceptó mientras salía de mi aula.
Yo vestía la chaqueta reversible celeste que identificaba a las Tigresas, las integrantes del equipo de hockey femenino del instituto Harley, en Cranston, Rhode Island.
En una de las solapas del frente, y más grande en la parte trasera, estaba bordado el logo de una tigresa de pelaje dorado y mirada desafiante. Una que me identificaba en ese momento. Así me sentía.
Me detuve y le concedí mi mejor sonrisa haciendo la señal de la victoria con ambas manos.
Como toda una experta, Naty comenzó a disparar la cámara atrapando varias imágenes desde diversas posiciones, los alumnos que pasaban por allí me miraban con adoración y me felicitaban. No podía negar que toda esa atención aumentaba mi ego.
—Además de estupenda jugadora, eres preciosa —me alabó la chica al ubicarse a mi lado para caminar juntas por el largo pasillo, al tiempo que revisaba las fotos que había tomado—. Tu cara es como la de los ángeles, mírate —invitó y me acercó la pantalla de la cámara para que viera una de las imágenes—. Tus facciones son delicadas. Esos enormes ojos castaños rodeados por pestañas gruesas y esa sonrisa dulce te hacen ver adorable, pero cuando estás en la cancha, sudando como un cerdo, con el rostro rojo por el esfuerzo y con esos gestos fieros mientras gritas maldiciones cuando fallas un tiro, pareces una verdadera tigresa. Das miedo —bromeó.
Yo resoplé y batí mi larga cabellera castaña que estaba atada en una coleta alta, como si desestimara su comentario, aunque en realidad, me importaba muchísimo.
Quería que me vieran como una niña buena fuera de la cancha y dentro de ella como una jugadora salvaje y peligrosa, que trasmitía seguridad a mis aliadas y amedrentaba a mis oponentes.
—Soy la misma persona siempre, solo que me tomo muy enserio lo que hago.
—Das el ciento cincuenta por ciento en las actividades que llevas a cabo, así me dijeron tu entrenadora y tu tutora. Tanto en los deportes como en los estudios te esfuerzas al máximo.
Sonreí con orgullo, no podía evitarlo. Era cierto que me esforzaba casi al extremo en cada cosa que hacía. Mi padre me decía que no tenía excusas para no hacerlo, pues, «era una chica privilegiada».
—Eres muy dulce Naty y una gran profesional —dije, viendo como la chica se afanaba por tomar apuntes de lo que hablábamos en una libreta, material que luego usaría para sus fantásticos reportajes—, ¿cuándo Lorna te valorará por lo que eres? —pregunté en referencia a la directora del diario, una joven estudiante del último año de personalidad orgullosa y arrogante que fungía como su jefa.
Lorna tenía como meta personal ganar ese año el premio a la excelencia periodística escolar que entregaba la Alcaldía y la ayudaría a optar por una beca universitaria. Para eso había organizado el diario poniendo en los cargos de importancia a puros aduladores y fieles soldados.
Los periodistas espontáneos y con inagotable creatividad, como Naty, quedaron relegados a cargos secundarios, atados por cientos de limitaciones.
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Editado: 11.03.2026