Llegué a la parada de bus y me detuve al final de la fila en espera del transporte, a pesar de que nunca lo utilizaba, ya que siempre conseguía a algún amigo que me diera un aventón a mi casa.
Esa era una de las ventajas de ser la jugadora estrella del instituto. Mi popularidad estaba por las nubes y cualquiera que se acercara a mí subía como la espuma, por eso muchos se desvivían por complacerme.
Sin embargo, mi padre me inculcó muchísimo la humildad. Me repetía cada día que «el más grande debía comportarse siempre como el más pequeño, para así nunca perder esa grandeza».
Todos amaban al fuerte que ocultaba sus talentos bajo una imagen débil, como pasaba con el maestro Yoda o con Gandalf. Cuando ellos sacaban su grandeza a la luz sorprendían de tal manera a quienes les rodeaban que quedaban como dioses.
Yo quería ser una diosa, deseaba atención y tener influencias, ser la dueña de la confianza de mis compañeros, ¿por qué negarlo?
Hasta ahora, cumplir con buena parte de mis anhelos me había resultado demasiado fácil, porque según mi padre, «lo tenía todo, no me faltaba nada».
Ray, el capitán del equipo de hockey sobre césped masculino, pasó frente a la parada en su Jeep Wrangler de última generación cuando yo esperaba el bus. Se detuvo frente a mí y tocó la bocina mirándome sonriente.
—¿Te llevo a casa, belleza?
Le devolví la sonrisa y me mordí el labio inferior como respuesta, gesto que él adoraba.
Donovan, uno de sus compañeros de equipo y su mejor amigo, saltó al asiento trasero cuando yo me acerqué a la camioneta.
Ray y yo no éramos novios, pero sabía que él estaba interesado en mí y muchas veces me lo hizo entender, aunque sentía que debía hacerlo luchar un poco para que valorara nuestra relación.
Él era el típico chico rubio, súper atractivo y popular, que tenía babeando a decenas de chicas. Como yo, contaba con infinidad de herramientas para tenerlo todo, pero uno de mis lemas de vida era: «si no amas con pasión, olvidas con facilidad».
Yo quería que él me amara con pasión, no deseaba ser un éxito efímero que engrandeciera su ego por un tiempo, o un simple capricho. Lo quería todo, ese siempre había sido mi deseo.
—Ayer las Tigresas de nuevo nos sorprendieron con un triunfo.
—¿Nos sorprendieron? Lo dices como si fuera una novedad —apunté con altanería. Ray se carcajeó divertido.
—Ahhh, ahí está la vanidad de las Tigresas —pinchó Donovan desde el asiento trasero mientras jugaba con su móvil. Le dediqué una mirada letal, aunque sin dejar de sonreír.
—¿Los Tigres sangran por la herida? —rebatí arrancándoles más risas y en referencia al equipo masculino.
—No digas eso delante de Juno, o de algún otro de su grupo. Te odiarán por siempre —habló refiriéndose a uno de sus jugadores, con quien no tenía una buena relación.
—Ya me odian —dije sin importancia y me dediqué a encender el estéreo y poner una canción llena de energía.
Desde antes de que iniciara el torneo escolar, los Tigres atravesaban una mala racha deportiva. En los partidos amistosos obtuvieron puras derrotas, al igual que en los tres partidos oficiales que llevaban de esta temporada. Solo alcanzaron un empate y de manera poco heroica en el último juego. Aquella cadena de pérdidas tenía al equipo dividido.
Por un lado estaba Ray y su grupo, quienes ya estaban cansados de dar todo por ese deporte y solo deseaban disfrutar de su último año en la preparatoria con fiestas y diversión antes de entrar en la universidad y ser agobiados por nuevas preocupaciones.
Por otro, estaba Juno y su grupo, chicos de primero y segundo año de la última etapa, quienes querían destacarse para asegurar con el hockey su pase a la universidad, pero no encontraban en el resto del equipo un apoyo. Se sentían traicionados.
Juno y sus compañeros no ocultaban el rencor que sentían por las Tigresas. No solo por los éxitos que nosotras alcanzábamos, que aseguraban ser producto de la suerte y no del talento, sino que además afirmaban que por nuestra causa una buena parte de los Tigres no colaboraba, porque los seducíamos para arrastrarlos a fiestas y evitar que se concentraran en los entrenamientos.
Las discusiones entre nosotros eran habituales, hasta que las Tigresas decidimos ignorarlos. Aquel era un problema interno de los Tigres que debían resolver entre ellos.
Llegamos a mi casa en medio de risas y mientras discutíamos por una salida a una nueva heladería que habían abierto en la ciudad.
Me negué, aseverando que esa noche debía estudiar para un examen de Literatura que tendría al día siguiente y, aunque conocía el contenido, no había tenido oportunidad de repasar mis apuntes por culpa de los entrenamientos para el juego en el que había participado el día anterior.
Excusa que era muy cierta. En las materias teóricas no era muy buena, había que leer demasiado y jamás conseguía la motivación, por eso debía prestarles más atención que a las demás.
Ray insistía asegurando que me devolvería temprano a casa, pero ya había caído varias veces en esa trampa. Si descuidaba mis estudios, bajando aunque sea, un poco mi nivel, mi padre se enfadaría y él tenía un carácter muy difícil de manejar cuando le fallaba.
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Editado: 11.03.2026