Había pasado una semana y aún mi padre no regresaba de Providence. En casa se vivía un ambiente pesado. Mi madre siempre estaba entristecida y mi hermanita procuraba hacer el menor ruido posible para no molestarla, me mandaba a callar cada vez que me oía hablar fuerte o hacía un ruido sonoro.
En las noches, mi madre se encerraba en su habitación para comunicarse vía telefónica y por mucho rato con mi padre. En una ocasión la escuché rogarle porque le permitiera ir a Providence a ayudarlo, que era injusto que estuviera solo, que mientras la policía estuviese cerca ella no atravesaría ningún peligro. Todo eso me desconcertó.
¿Papá estaba solo? ¿Qué había sucedido con la familia de Montgomery que vivía en California? ¿Por qué la policía debía estar cerca? ¿Qué peligro lo acechaba?
A pesar de mis dudas nunca me animé a preguntarle nada a mi madre porque siempre salía de allí con el rostro hinchado por el llanto, de hombros caídos y con un aura de tristeza cubriéndole el cuerpo.
Ella tampoco nos decía nada por su cuenta, solo aseguraba que todo marchaba bien, que debíamos ser pacientes y buenas niñas mientras papá no estuviera en casa para nunca decepcionarlo.
Al final de ese tiempo comencé a sentirme incómoda en mi propio hogar.
Como en realidad no había conocido a Abraham Montgomery más allá de saludarlo a través de la pantalla del computador, sin haber estado con él cara a cara o conversado de forma privada, me costaba hacer duelo por su muerte.
Sin embargo, me esforzaba por respetar el dolor de su partida, aunque me extrañaba la forma dramática y misteriosa en que mis padres enfrentaban aquel suceso.
Para no crear problemas, preferí pasar más tiempo en el instituto que en casa.
A pesar de contar con un cupo asegurado en la universidad de Rhode Island, porque me había destacado en el examen previo realizado a principios del año escolar, luchaba por mantener mis notas y realizar un buen desempeño en la cancha que aumentara mis méritos y me permitiera ganar una beca deportiva.
Mi padre deseaba que estudiara Economía, ya que decía que con esa carrera tendría infinidad de oportunidades de empleo, sobre todo, en la firma contable donde él laboraba, pero yo anhelaba cursar la carrera de Educación física. Mi sueño era vivir del hockey sobre césped hasta que las energías no me dieran para más.
El problema era que mi padre me obligaba a obedecerlo con la excusa de que él pagaba todos los gastos, por eso, yo buscaba medios que me ayudaran a reducir mi dependencia.
Obtener una beca sería el primer paso, aunque debía hacerlo a escondidas de él. Si se enteraba me cortaría la financiación e impediría que siguiera con el hockey. Esa amenaza ya me la había hecho llegar varias veces.
Sin embargo, el clima de luto asentado en mi hogar me desequilibraba y no dejaba que me concentrara. Para evitar ver sufrir a mi madre, después de clases entrenaba con las Tigresas hasta tarde y llegaba a casa cansada, dispuesta a darme una ducha, cenar y al final encerrarme toda la noche en mi habitación haciendo mis deberes hasta que se hiciera la hora de dormir.
Ray la mayoría de las veces me rogaba que aceptara ir con él a algún otro sitio cuando me daba un aventón a casa, prometiendo regresarme para antes de las diez, pero no me gustaba abandonar por tanto tiempo a mi familia. Si bien escapaba de la tristeza que la consumía, me era imposible huir del todo.
Pero de repente, las cosas cambiaron un día.
Al llegar a casa hallé todo iluminado y se oían voces y risas en el patio. Dejé la mochila en la entrada y corrí para saber qué ocurría. Allí lo vi.
Era un chico un poco más alto que yo, con el cabello tan negro como el carbón, espeso y algo despeinado. Delgado, con una espalda ancha y de caderas estrechas.
Ese día se encontraba de espaldas a mí, parado como un soldado y de brazos cruzados. Veía como Maya se lanzaba por el tobogán que mi padre le había instalado para que se entretuviera y conversaba con ella sobre la escuela. Le preguntaba si le gustaban sus maestras.
A varios metros de ellos se hallaba mi madre sentada en la mesa del jardín. Tomaba café con Anna Davis, la esposa de uno de los compañeros de trabajo de mi padre. Mi madre hablaba con ánimo y hasta reía, algo que me impactó.
—¡Becca! —me saludó Anna al verme y enseguida se puso de pie para ir a mi encuentro. La conocía. Ella y su esposo habían cenado en varias ocasiones en casa y estuvieron invitados al último cumpleaños de mi hermanita. Eran muy cercanos a mi padre—. Me alegra verte. Pensé que llegarías luego de que nos marcháramos.
Anna Davis era una mujer diminuta que vestía siempre como una señora vieja a pesar de no haber llegado a los cincuenta. Era risueña, tenía una de las sonrisas más amigables que había visto en mi vida.
Se abalanzó sobre mí para darme un abrazo apretado que correspondí con una sonrisa confusa. Aún estaba desconcertada por los cambios que se habían producido ese día.
—Hola, ¿viniste sola? —pregunté y lancé una ojeada hacia el chico.
Sentí un golpe de emociones en el pecho al toparme con su mirada profunda. Sus ojos negros me traspasaron mientras él me veía con curiosidad y me repasaba de pies a cabeza.
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Editado: 11.03.2026