La noche del regreso de mi padre cenamos con Henryk y con Anna Davis. Todo estuvo tan lleno de alegría y felicidad que mi madre, obsesionada con el ahorro y enemiga declarada de la comida comprada, convenció a mi padre de pedir pizzas porque era la preferida de Nathan, así como algunos platos tailandeses de un restaurante cercano que solían visitar los Davis.
La mesa de la cocina por primera vez estaba repleta de cajas de envíos. Maya se mostraba tan contenta que se pidió una para pintarla y decorarla luego, porque le parecían muy lindas.
Quedé impresionada al ver a mi madre comer con gusto la comida grasosa y condimentada en exceso que nos había llegado. Ella cuidaba mucho de la salud de todos, por eso su cambio me llenó de tantas emociones confusas que el estómago se me selló.
Pocos alimentos pude probar ese día, tan solo un trozo de pizza.
Henryk Davis y mi padre no paraban de hablar del trabajo desde una de las esquinas de la mesa mientras mi madre y Anna Davis se ponían al día con chismes de la ciudad. Maya jugaba con Nathan a formar familias de palabras y yo observaba todo como si esa noche hubiese entrado a una casa diferente.
Me resultaba perturbador el cambio tan brusco que se había efectuado solo por la llegada de aquel chico. Pasamos de la pena a la alegría de un salto, como si la muerte de Abraham Montgomery jamás hubiese sucedido.
Además, rompimos con cada una de nuestras exigentes costumbres familiares sin el más mínimo remordimiento.
—¿Juegas hockey sobre césped?
La pregunta de Nathan me tomó desprevenida. Picoteaba restos de pizza tratando de formar alguna figura, mientras me mantenía hundida en mis pensamientos.
—¿Qué? —consulté para aclarar mi mente y regresar al presente.
—Te pregunté por el hockey —repitió él con tranquilidad. Su voz era arrulladora. Si me cantara nanas antes de dormir, quedaría inconsciente por más de ocho horas—. Solo quería iniciar una conversación. Roger ya me había dicho que eres la capitana del equipo de tu instituto y por la chaqueta que tenías puesta cuando llegaste, pude confirmar sus palabras.
Me esforcé por sonreír.
¿Si ya sabía lo que hacía, para qué iniciaba una conversación preguntándome sobre ese tema?
Ese chico podía ser irritante.
—Sí, juego hockey desde pequeña, pero este año me eligieron capitana.
—Vaya, debes ser muy buena.
—Digamos que… sí. Doy lo mejor de mí en la cancha.
Él dibujó una sonrisa demasiado atractiva para mi gusto y fijó sus ojos escrutadores en mí, lo que generó un debate de emociones en mi estómago. Comenzaba a sentirme mareada.
—Y tú, ¿también practicas hockey sobre césped? —pregunté, para evitar que siguiera evaluándome como si yo fuera un filete jugoso que exhibían en una vitrina.
Recordé que su padre y el mío habían jugado juntos en el equipo de hockey de su universidad, y mi papá una vez me dijo que Abraham Montgomery había sido uno de los mejores defensores laterales de la época.
Si mi padre me inspiró a amar ese deporte, supongo que el suyo había hecho lo mismo con él.
—Lo practico muy poco. Nunca tuve suficiente tiempo para participar en algún equipo —dijo y bajó su atención al trozo de pizza que tenía en su plato.
Su confesión me produjo curiosidad. ¿No tenía suficiente tiempo? ¿Qué podía hacer un chico de diecisiete años que no fuera estudiar?
Porque suponía que él tendría mi edad y estaría cursando también en el último año de la preparatoria. A mí tan solo me faltaban meses para ser «adulta» y cumplir mis dieciocho años.
Eso me generó otra duda: si iba a vivir con nosotros un tiempo, ¿cómo iba a terminar sus estudios? ¿Lo trasladarían a mi instituto?
Aquello me llenó de tanta ansiedad que no pude evitar reflejarla en mi cara y asumir un semblante espantado. Para mí tranquilidad, ni él ni nadie captó mi expresión.
—¿Por qué, no? ¿No jugaban al hockey en tu instituto o cerca de dónde vivías? —insistí—. Sé que en Providence hay buenos clubes. Me he enfrentado a varios de ellos ganando algunos partidos.
Nathan sonrió con poca gracia y alzó la vista de nuevo hacia mí. El reflejo de la vergüenza que logré divisar en sus ojos me conmovió.
—Sí los había, solo… no tenía tiempo para jugar. Al salir de clases, debía trabajar.
Mis cejas se alzaron en un arco prefecto. Su respuesta no me la esperaba.
—¿Trabajar? ¿Por qué? ¿Tu padre no lo hacía?
Él se tensó ante mis dudas y quedó mudo un instante. Por alguna razón volví a sentirme miserable luego de decir en voz alta todo lo que se me cruzaba por la cabeza.
Nathan iba a responderme, pero la intervención de mi padre lo detuvo.
—¿Les gustaría ir a comer helado afuera? Hace poco abrieron una nueva heladería que está a unas cuantas calles de distancia.
Su pregunta los animó a todos y ayudó a Nathan a relajarse, pero a mí me produjo amargura, sobre todo, al recibir el reproche de mi padre con la mirada. Era evidente que él había escuchado parte de la conversación, al menos, mis últimas preguntas y me reprendía por haber sido tan indiscreta.
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Editado: 31.03.2026