Cuando bajé a desayunar, Nathan ya estaba en la cocina comiendo cereal con mi hermana. Me sentí agitada al recibir su mirada. Disimulé mientras me sentaba a su lado y preparaba mi ración.
Había dormido poco la noche anterior recordando sus planes de futuro. Conocer sus ideas hizo que repensara las mías.
—¿Hoy tienes entrenamiento? —consultó mi padre al entrar en la cocina y servirse café.
—Sí. Mañana será el cuarto partido del torneo. Si seguimos ganando, tendremos seguro el pase a los cuartos de final.
—Tu madre me ha dicho que has llegado tarde toda esta semana, pero que además, tuviste una nota media en una de tus evaluaciones de Literatura.
—Obtuve un siete de diez, papá. Eso no es una nota media —respondí con desagrado. Me molestaba que me reprendiera delante de extraños.
—Para ti esa es una nota media. No tienes excusa para sacar menos de nueve.
—Tengo encima un torneo. Además, el ambiente estuvo muy tenso en casa y me desconcentró —insistí, sintiendo como se ataba un nudo en mi estómago que me cortaba el hambre.
Mi madre, en silencio, entró a la cocina y apuró a mi hermana para que terminara su desayuno y así llevársela. Su rostro preocupado indicaba que mi padre estaba enfadado por lo que había dicho.
—No se te ocurra decir que bajaste tus notas por la muerte de mi amigo —me advirtió mi padre señalándome con un dedo acusador.
Mi pecho se comprimió por la vergüenza. Lancé una ojeada hacia Nathan y lo vi con la cabeza gacha terminando de tomar su desayuno con rostro tenso. ¿Se molestaría conmigo por haber incluido a su padre en esto?
—A mí también me dolió esa partida —dije con los ojos húmedos por la cantidad de emociones que se atoraron en mi pecho.
—Tú poco conociste a Abraham, además, tenemos un acuerdo. El hockey está permitido si tus notas se mantienen.
—¡Me esforzaré en los próximos exámenes! —mascullé irritada, sin mirarlo a la cara.
—¿Qué dijiste? —insistió mi padre.
Sí me había escuchado, pero él aseguraba que sin determinación era imposible alcanzar alguna meta, por eso me obligaba a repetir mis palabras restándole el tono malcriado y asumiendo una pose más firme y respetuosa.
Alcé la cabeza para verlo a la cara, al tiempo que controlaba mis emociones para mostrarme serena, así le gustaba que hablara.
—Me esforzaré en los próximos exámenes.
Mi padre sonrió satisfecho luego de eso, se tomó su café con rapidez y dejó la taza sobre una encimera. Mi madre ya había salido de la estancia.
—Te esperaré en el auto, Nathan.
El mencionado no dijo nada, eso causó una reacción extraña en mi padre, como si se sorprendiera por su silencio. A él le molestaba no tener respuestas claras y prontas a sus preguntas u órdenes. Sin embargo, no insistió como lo hacía conmigo, solo se marchó.
Aquello me crispó. Lo consideraba injusto.
En medio de un suspiro de resignación me puse de pie, tiré lo que quedaba de mi desayuno y lavé apresurada la taza antes de dirigirme a la sala, donde había dejado mi mochila.
Salí a la calle sin despedirme y mientras enviaba un mensaje a Sarah, mi amiga, compañera de clases y miembro de las Tigresas.
Ambas pertenecíamos a la línea de delanteros en el hockey sobre césped. Nos decían «las gemelas feroces» a pesar de que nuestra apariencia era en extremo distinta.
Yo era de piel blanca y ella una negra de ojos almendrados y seductores. Cuando nos disponíamos a atacar, la mayoría de las veces lo hacíamos en equipo, resultando muy efectivas.
Conocí a Sarah una década atrás, cuando ella llegó a Cranston venida de Providence. Por la mudanza y el cambio de trabajo de su padre perdió un año escolar, por eso tenía un año más que yo. Ya había cumplido sus dieciocho años.
Desde que nos habíamos visto congeniamos a la perfección, creo que fue «amor de amigas a primera vista». Enseguida nos volvimos inseparables, logrando compartir juntas momentos muy significativos que moldearon nuestras personalidades.
Como las alegrías, cuando alcanzábamos alguna meta escolar o deportiva; las tristezas, cuando el padre de ella falleció por culpa de un accidente de tráfico estando a punto de perder otro año escolar, teniendo ambas que esforzarnos por evitarlo; los desafíos, cuando escapábamos de la rigurosa vigilancia de mi padre para ir a alguna fiesta clandestina o alguna salida con chicos; los miedos, cuando perdimos nuestra virginidad un año atrás con unos universitarios y probamos por primera vez las drogas; e incluso, las riesgosas, cuando planificamos escapar de Cranston meses atrás porque pensamos que ella estaba embarazada y su madre la encerraría de por vida como castigo por haber lanzado su vida por un despeñadero.
Compartimos además, los momentos de furia. Como aquel cuando mi padre me impidió que participara en los juegos juveniles con la selección del estado porque debía prepararme para el examen previo de la universidad.
Sarah también rechazó la oferta por solidaridad conmigo. Si yo no iba, ella tampoco. Así que las dos nos quedamos soportando la rabia viendo por la televisora local aquel torneo que nos hubiese llevado aún más a la fama.
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Editado: 31.03.2026