Sarah y yo seguimos hablando sobre Nathan un rato más hasta que fuimos rodeadas por el resto del grupo de último año, con quienes compartíamos a diario.
Me senté junto a Romina, la chica más inteligente de mi clase, para repasar con ella temas de Literatura. Debía sacar una nota mayor en la evaluación de ese día o tendría problemas con mi padre, no iba a perdonarme otra «nota media».
Era muy buena con los números y más aún, con los deportes, pero la Literatura y las materias teóricas, como Historia o Geografía, me ponían nerviosa.
Procuré concentrarme en los temas para hacer mi mejor esfuerzo, sin embargo, el mundo dentro del aula cambió cuando el director entró para realizar un anuncio.
—Quiero presentarles a Nathan Montgomery, quien desde ahora será su compañero en esta y en otras materias. Recibimos su traslado desde Providence para que culmine el año escolar con ustedes, espero le den un cálido recibimiento.
Los cuchicheos se desataron. Todos se mostraron alterados por la presencia de Nathan. Las chicas comentaban lo atractivo que era y los chicos lo misterioso que se veía, no había pasado desapercibido para nadie.
Él estuvo callado y serio, asumió un semblante enfadado con el que pretendió mantener a todos alejados. Lo veía desde la distancia, algo inquieta, sin saber qué hacer.
¿Rompía su burbuja y lo obligaba a mezclarse, o lo dejaba en paz, a solas con sus conflictos?
Aunque procuraba atender la clase, en ocasiones lanzaba ojeadas hacia él. Se había sentado atrás, a dos filas de distancia de la mía. Nuestras miradas chocaban en ocasiones produciéndome estremecimientos.
Comencé a irritarme, porque sabía que mi calma se había acabado, tanto en casa como en el instituto. Odiaba verme en esa situación.
En los recesos él se quedaba en su mesa, se ponía sus auriculares para no escuchar a nadie y no ser molestado. Si alguno se animaba y le buscaba conversación, él lo cortaba enseguida, así que empezaron a verlo con recelo.
Pasaron los días y, a pesar de haberse incorporado hacía poco, participó en una evaluación de Ciencias demostrando el buen nivel académico que poseía. Intervenía con seguridad y parecía manejar con destreza los temas de las materias teóricas, incluso, mejor de los que llevábamos semanas estudiando con esos profesores. No pude evitar sentir cierta envidia mezclada con curiosidad.
—¡Un ocho, Becca, es una buena nota! —celebró Romina cuando nos entregaron los resultados de la segunda evaluación de Literatura.
Disimulé una mueca de desagrado, aunque era mejor que el siete de la primera evaluación, no resultaba el nueve que mi padre esperaba.
—Tú obtuviste un diez —me quejé con desánimo.
—No te exijas demasiado, estás entre los favorecidos que lograron pasar el examen. Casi la mitad del salón está por debajo de cinco.
Me costaba sentir alegría por ese hecho. La profesora de Literatura estaba bastante enfadada. En la primera evaluación sucedió igual, eso demostraba que el grupo no se hallaba en condiciones para avanzar.
Debía dedicar un tiempo a repasar los temas y realizar un examen recuperatorio antes de seguir, o los estudiantes tendrían problemas más serios cuando llegaran a los finales con tan bajo nivel.
Aunque yo no entraba dentro del grupo que debía recuperar, me tocaría rogar para que me permitiera participar y subir la nota de la primera evaluación, o las cosas se me complicarían en casa.
—Dile a Nathan que te ayude —propuso Sarah, la única que comprendía mi angustia—. Le pidió a la profesora que le hiciera un examen oral para cubrir la nota de la primera evaluación, porque había visto esos temas hace poco en su instituto en Providence, y se sacó un diez al igual que en esta prueba.
—¿Un diez? —repetí sorprendida.
—Debe comprender bien los temas —comentó Romina—. Sucedió igual en Ciencias. Si domina a la perfección cada materia, se convertirá en el favorito de los profesores.
Suspiré hondo sin saber qué agregar.
—Su padre murió hace poco y tan solo tiene días en este instituto y ¡ya es sobresaliente! Eso lo hace raro —pinchó Sarah y obtuvo un asentimiento de Romina, quien además lanzó una mirada desconfiada hacia Nathan.
—Los chicos dicen que es engreído. No habla con nadie porque se cree superior.
—Él no es así —lo defendí. Fue una reacción instintiva.
Me parecía injusto que opinaran así de Nathan, no le daban oportunidad a conocerlo, pero debía aceptar que yo tenía algo de culpa. Mis inseguridades me empujaron a mantenerme alejada y él parecía respetar mi decisión.
Entre las clases, los entrenamientos y el trabajo de él, casi no nos veíamos en casa, y cuando podíamos compartir un rato juntos, papá, mamá o Maya estaban cerca y lo acaparaban. A mí me dejaban a un lado.
No estaba acostumbrada a estar en segundo plano, por eso me fastidiaba su presencia, pero debía madurar y comportarme como una persona adulta y no como una niña malcriada. Nathan era un joven golpeado por duras circunstancias, que trataba de salir adelante como podía. Solo, sin amigos.
Reflexionar su situación me hizo sentir miserable. Estaba tan ahogada en mis propios conflictos mentales que me costaba ser empática con otros. Debía cambiar mi actitud.
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Editado: 31.03.2026