Es impresionante como se puede cambiar la opinión que se tiene de una persona luego de darle una oportunidad.
Sin darme cuenta había creado una barrera entre Nathan y yo. Lo alejé, a pesar de la poderosa atracción que ejercía sobre mí. Me empeñé en imputarle defectos y malas intenciones que tan solo vivían en mi mente, sin darme cuenta lo que perdía al ser tan cerrada.
Luego de acercarlo a mi grupo, no quise apartarlo de nuevo. Me gustaba sentir su presencia a mi alrededor. Con él se podía hablar de cualquier cosa, tanto en compañía de los chicos, como estando a solas. Hasta los silencios a su lado eran agradables.
Había días en que caminábamos juntos al instituto sin decir una sola palabra. Él me pasaba uno de sus auriculares para que oyera la música que lo acompañaba a diario y acoplábamos nuestros pasos a los ritmos variados y estridentes que escuchaba. Era diferente y entretenido, como si me mostrara que también en la calma podía estarse a gusto.
Nathan era distinto a todos los chicos con los que había estado y despertaba en mí una curiosidad poderosa.
Quizás Sarah tuviese razón y él fuese así porque su mente era mucho más clara que la de otros de su edad. Tenía una actitud tranquila, aunque había algo en el brillo de su mirada que impedía que estuvieses del todo confiado.
No vivía al filo de la adrenalina, como lo hacía yo, sino a través de una serenidad que no resultaba monótona, pero que tenía sus sombras.
Como si yo fuese una tormenta y él una lluvia con algo de vientos turbulentos, unos que no resultaban peligrosos, aunque tampoco debían ser tomados a la ligera porque en cualquier momento serían capaces de cambiar su curso y volverse caóticos.
Su condición de vida de por sí lo transformaba. Estaba solo, sin familiares a quienes recurrir.
Por lo que sabía, su familia de California lo había abandonado. No quisieron presentarse en el funeral de su padre, mucho menos, lo habían invitado a ir con ellos.
Una vez oí a mi padre justificarlos ante Nathan. Le decía que tal vez ellos consideraban la cercanía peligrosa, que no les tuviera rencor, pero el chico aseguraba que ellos ya se habían alejado mucho antes de que aparecieran los problemas.
Tenía muchas ganas por saber cuál era ese peligro al que se referían. De seguro, tenía mucho que ver con Abraham Montgomery, pero no me atrevía a preguntar. Apenas nacía en mí una intención por hurgar en esa herida, mi padre me silenciaba con sus miradas de advertencia.
Así que para llevar la fiesta en calma dejaba que pasaran los días como si en casa lo único extraño que hubiese sucedido fuera la llegada de Nathan.
La muerte que la originó y la forma dramática y misteriosa en que se comportaron mis padres bien pudiesen haber sido producto de mi imaginación.
En mi familia no se hablaba de esa perdida, ni de las consecuencias que ocasionó. Abraham Montgomery se convirtió en un tema tabú, pero yo tenía una extraña fijación por las cosas prohibidas.
—¿Dónde aprendiste a dibujar? —quiso saber Maya al ver como Nathan trazaba con gran facilidad, en una hoja de papel, una sirena de largos cabellos.
—No sé, un día tomé un lápiz y comencé a unir líneas para formar figuras.
—Yo también hago eso y no me salen los dibujos como a ti.
—Porque tú no tienes los lápices mágicos que tiene Nathan —la pinché, logrando que mi hermana me viera con el ceño fruncido.
Las dos estábamos sentadas en la mesa del comedor. Mirábamos embobadas como él dibujaba con destreza y sin descuidar ningún detalle, como si estuviese armando una bomba nuclear.
—Los lápices mágicos no existen —se quejó Maya.
—Sí existen. Nathan tenía uno —continué, solo para fastidiarla.
—Pero mis lápices no son mágicos y él puede hacer dibujos bonitos con ellos.
—Porque les traspasa su magia —porfié.
Maya se mostró más desconcertada y Nathan sonrió divertido sin dejar de trabajar en el diseño.
—Tienes una gran creatividad, Becca —comentó mi padre al aparecer de repente. Su imprevista intervención me puso nerviosa, en su tono seco podía intuir un regaño—. Deberías usar esa creatividad en tus clases de Literatura.
La vergüenza cayó encima de mí como si se tratara de un balde de agua helada. Bajé la cabeza para que él no pudiera notar que había apretado la mandíbula con rabia. Mi padre odiaba mis arranques de malcriadez.
Nathan no dijo nada, y no sé si llegó a dirigir su mirada hacia mí o hacia mi padre, solo pude notar que había dejado de dibujar.
—La uso, papá —respondí. Si no lo hacía, el momento incómodo sería peor.
Apreté levemente las manos en puños mientras rogaba que parara. Mi padre solía ser despiadado cuando comenzaba a desvelar mis fallas. No quería que lo hiciera delante de Nathan, la vergüenza me carcomía las entrañas como si fuese gusanos sobre carne muerta.
—Si así fuese, traerías mejores notas a casa —expuso mientras se aproximaba a un estante y buscaba algo en el interior de una gaveta—. No entiendo como alguien que no hace nada sea incapaz de obtener mejores resultados en sus estudios —expuso utilizando un tono duro que parecía confundirse con una burla.
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Editado: 31.03.2026