La vida a través de tus ojos

Capítulo 9. Quiero celebrarlo contigo.

Esa noche, luego de la cena, me quedé en la cocina ayudando a mi madre a lavar los platos y limpiar. Maya y mi padre se habían dirigido a la sala, veían televisión al tiempo que armaban un rompecabezas. Nathan estaba desaparecido, siempre lo hacía.

Él no era de quedarse mucho tiempo haciendo sobremesa o reunido charlando con la familia, ni siquiera permanecía a nuestro alrededor más de cinco o diez minutos. Si no tenía algo puntual qué hacer, desaparecía, se encerraba en su habitación o salía a dar una vuelta.

A veces lo veía sentado en el patio, en el rincón más lejano de la casa, con un libro entre las manos y sus audífonos puestos en las orejas. Parecía distante.

Cuando solo faltaba que terminara de ordenar la losa que había secado, mi madre se marchó a su cuarto de costura. Se quedaba allí por horas para diseñar manteles, lencería o arreglar alguna prenda de vestir. Estuve sola terminando la tarea en la cocina, aunque pronto descubrí que había alguien más conmigo.

—¿Qué haces aquí? ¿Quedaste con hambre? —pregunté a Nathan cuando lo vi parado tras de mí, con la espalda recostada de una encimera y los brazos cruzados en el pecho.

Me miraba de esa forma inquietante y evaluativa que solía utilizar y desestabilizaba mis acciones.

—¿Estás enfadada conmigo?

Su pregunta me irritó. En parte, sí estaba enfadada con él, por haber empeorado la discusión con mi padre esa tarde, por eso lo trataba con cierto recelo y fui algo seca durante la comida.

—Solo estoy cansada. Leer mucho me pone de mal humor.

Y era cierto. Más aún, si no comprendía ni la mitad de las cosas que leía. Sentía que perdía mi tiempo, hubiese preferido salir a pasar el rato dominando la bola con el palo de hockey que leer temas que no entendía, ni me interesaban. Pero eran mis apuntes de Literatura, de alguna forma debía sellarlos en mi mente.

—¿Quieres que te ayude con eso? —preguntó. Lo observé de reojo, con cierta desconfianza—. La literatura que dan en el instituto es para mostrar el valor formativo de una obra, pero muchas veces es difícil ver qué es lo que pretenden enseñar. Para entenderlas busco guías o material adicional en internet.

Apreté el ceño, confundida.

—¿No estudias lo que da la profesora?

—Sí, pero lo complemento con más lecturas. Tengo guías que imprimí en mi instituto anterior. Si quieres, te las puedo prestar.

Me interesó su información, nunca se me hubiese ocurrido buscar material adicional. No soportaba el que ya nos daban en clases y consideraba una pérdida de tiempo leer más de la cuenta si supuestamente los exámenes los hacían en base a lo que la profesora dictaba.

—La literatura es como el hockey —continuó él, atrapando por completo mi atención. Cuando decían «hockey» era como si me estuviesen llamando por mi nombre completo—. ¿Te quedas solo con lo que te enseña tu entrenador?

—No, aprendo técnicas al practicar con mis compañeras, o mirando partidos profesionales para analizar jugadas.

—¿Ves? Todo en la vida es así, hay que complementarlo. ¿Aceptarás el material que tengo?

Lo observé con atención. Trataba de indagar los motivos por los que él me tendía su mano. ¿Me veía como una chica débil que no podía salir por su cuenta de un aprieto?

No pude evitar sentir cierta molestia. Allí estaba el chico maduro al que mi padre alababa, quien conseguía con facilidad soluciones a todos los problemas mientras yo me daba golpes mentales por no saber reparar un inconveniente.

—No necesito que me defiendas cuando discuto con mi padre. Sé cómo manejar una situación con él —aclaré, para intentar tomar algo de control en mi vida.

—Disculpa por haberme entrometido. No pude evitarlo. No entiendo como él no puede ver lo fantástica que eres.

Sus palabras generaron una descarga eléctrica en mi interior que me sacudió por completo.

Estaba acostumbrada a los halagos, los amaba, no solo subían mi ego, sino también mi ánimo, pero, que vinieran de él… resultaban diferentes.

Provocaban extrañas sensaciones en mí que no sabía cómo describir. Agitaban todo mi organismo, hasta dejarme excitada.

—Me gustaría revisar luego ese material que tienes —respondí para regresar a la conversación anterior.

No esperé una contestación de él, solo salí de la cocina en dirección a mi habitación, a esconderme. Estaba tan encendida por dentro que si volvía a hundirme en la profundidad de su mirada, o escuchaba alguna otra palabra de alabanza hacia mí, me derretiría.

Desde ese día, Nathan y yo tuvimos algo más para compartir. Ya nos solo nos hacíamos compañía al estar en clases, sino también, compartíamos material adicional que encontrábamos sobre algún tema. Me enseñó a utilizar la biblioteca del instituto, un lugar al que muy poco había entrado porque no comprendía su razón de ser en una era tan digital.

Cuando supe defenderme dentro de ella, arrastré a Sarah a ese sitio para sumergirnos entre los estantes de libros. Estaba sorprendida por la cantidad de información que podía hallarse sobre un tema sin necesidad de estar conectada a una red de wifi.

—Esto es peligroso, una vez que entras aquí no tienes cómo salir —se quejó ella haciéndome reír.




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